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viernes, 3 de julio de 2009

Nuts

Lo mismo te dicen
Lo mismo te dicen "te quiero" que "me cago".

Las once de una calurosa mañana veraniega en un vagón de metro. Una mujer de mediana edad toma asiento frente a mí. En un ademán apresurado, echa un vistazo a su imagen reflejada en el cristal de la ventana. Parece estar pasando lista a todos los elementos faciales necesarios para afrontar la jornada, como si temiese haber dejado alguno olvidado en casa: Flequillo, cejas, pendientes, lápiz de labios... Pero me doy cuenta de que evita mirar detenidamente a sus ojos. Huye de su propia mirada; lo más singular, llamativo e incluso alarmante de su persona. Tensa, cansada y vidriosa. Instintivamente, me viene a la mente una sentencia que repito en no pocas ocasiones. “Esta tía se medica”.

Suena mi teléfono móvil y el sonido parece despertarla de alguna hibernación dopaminérgica. Arrancada de su standby farmacológico y arrojada a la realidad, me brinda una mirada de molestia, generosa en desaprobación. Yo, que rara vez me amilano ante los desaires de una desconocida psicótica, mantengo la vista fija en ella, en clara declaración de desafío, mientras hablo por teléfono con mi madre. Al adentrarnos en un túnel, pierdo la señal. Marco la tecla de rellamada, pero ella pierde la paciencia. “No marques”, me dice. Yo no doy crédito. “¿Perdona?”, tengo a bien contestar. “Que no marques” insiste; y apostilla.“La maquina al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la maquina”. Acabáramos. “Una de dos”, pienso. “O su patología viene perlada de los clásicos argumentos filosóficos de tres al cuarto o esta mujer ha tenido una nefasta experiencia con el contrato de permanencia de su operador de telefonía móvil”.

Retomo la conversación telefónica. Ella comienza a respirar profunda y entrecortadamente con los ojos cerrados. Parece estar invocando a un espíritu ancestral que pueda dotarle de los poderes propios de un inhibidor de frecuencias. La sintomatología empieza a pasarse de castaño oscuro. Llegado a mi parada, cuelgo y me dispongo a abandonar el vagón. Al abrirse las puertas, la buena mujer se planta a mi lado y con una amplia sonrisa me pregunta qué salida debe tomar para acceder a cierta calle. Sus ojos derrochan buenas intenciones y amnesia a partes a iguales. Su capacidad de negación de nuestra reciente y manifiesta animadversión me deja flaseado. Tras mi indicación, se muestra muy agradecida. Subiendo las escaleras, noto que alguien tira de la pernera de mi pantalón para llamar mi atención. Bajo la vista y allí permanece ella: “El naranja” dice, señalando mi camiseta. “Es el color de la felicidad”. “Aha”, afirmo con estupor. Pienso en echar a correr, pero no precisamente para desvelar la superchería cromática que me había sido revelada. La gente, que está jamada.

Escrito por Natxoman | 12:48h | comentar
miercoles, 3 de junio de 2009

A mi juicio

¡Claro, claro! Lo que tu digas
¡Claro, claro! Lo que tu digas

Quien diga que los informes escolares sólo sirven para subyugar al alumnado y que son inútiles a la hora de aprender valiosas lecciones, miente. Este repentino clima estival, este olor a fin de curso me ha hecho recordar una anécdota infantil de considerable valor testimonial.

Una calurosa tarde de junio, mi padre me vino a recoger al colegio. Esa misma jornada me habían entregado las notas de la ultima evaluación. Al montar en el coche y tras un par de sudorosos besos, le mostré el informe a mi padre. Era poco frecuente que él viera las notas antes que mi madre. Ella era la que me esperaba invariablemente en casa con la merienda preparada y solía tener la primicia. Al caer la noche, mi padre llegaba a casa del trabajo y juntos escenificábamos el segundo pase del espectáculo titulado “Bien hecho, hijo".

Pero el azar quiso que esta ocasión fuera diferente. Mi padre detuvo el motor del coche y leyó con gesto grave y fingida atención. Yo siempre fui un alumno notable, en el sentido matemático de la palabra. Mis calificaciones raramente variaban del siete u ocho. Al ver que en un par de asignaturas tan sólo había obtenido un bien, carraspeó en señal de desaprobación y dijo: “Estos bienes no me gustan un pelo, Natxo. Eres un chico muy listo y deberías esforzarte más”. Una apreciación de lo más coherente, a primera vista. Pero la fingida solemnidad de su tono, cierta artificiosidad en su pedagogía hicieron que saltaras las alarmas en mi. Me descubrí dudando de su capacidad de decir cuantas asignaturas cursaba, si existían exámenes globales, repescas o si el curso se dividía en semestres, trimestres o cuatrimestres. A pesar de ello, una ancestral conciencia de su masculinidad, o un escurridizo sentimiento de culpa parecía empujarle a hacer ver que estaba al tanto de esta asunto paterno-filial.

Lo más llamativo del asunto no era mi precoz divagación interior, sino la elección de la expresión exterior con la que le respondí: “Tienes razón, aita. No volverá a pasar”. Desconozco si fue este el día en el que hice uso por vez primera del más adulto de los comportamientos, la falsedad; pero he de reconocer que me ha acompañado en innumerables ocasiones. Lo que sí sé a ciencia cierta es que gracias a experiencias como esta, comprendí una valiosísima lección: Nunca busques la aceptación de aquel cuyo criterio no te merezca la más mínima estima. Sonríe y dale la razón.

Escrito por Natxoman | 21:44h | 6 comentario(s)
lunes, 12 de enero de 2009

Relax

descoyúntamelo todo
descoyúntamelo todo

Tras un vuelo transoceánico, no hay nada más reconfortante que me recoja en el aeropuerto mi novio, de brazos abiertos, con una preciosa sonrisa como bienvenida, una pícara promesa en el brillo de los ojos y un plan sorpresa. Su objetivo, pasar las próximas 48 horas juntos en acogedoras suites y circuitos spa con motivo de su cumpleaños.

En primer lugar, nos sometimos plácidamente a toda una suerte de chorros, burbujas, surtidores y cascadas en canica picada. Éramos los únicos en el recinto y el borbor subacuático permitía un más que discreto chapoteo free-style. Después, unas prudentes muchachas nos acompañaron a nuestras respectivas cabinas. Mi servicial masajista tendió un objeto no identificado (plegado y envuelto) sobre mi camilla. “Póngaselo, por favor; yo vuelvo enseguida” dijo, antes de cerrar la puerta silenciosamente. Desenvolví aquello, hecho de celulosa y gomas elásticas. En un principio pensé que era un antifaz, pero su gran tamaño me hizo dudar. Tal vez se trataba de un gorro de ducha. Pero su caprichoso diseño no cubriría las orejas, ni los lados de la cabeza. Enseguida di con su utilidad anatómica real. Era una especie de taparrabos desechable. Tragué saliva. Imaginarme tendido en aquella garita, remojado como un pollo, con semejante descorazonador atuendo, encendió mi piloto luminoso de la vergüenza con insistencia alarmante.

Con las manos hábiles de la masajista sobre mis piernas, intenté sustituir la incomodidad que sentía por cierto remanso de paz en mí. Me concentré en inmaculada nieve cayendo lánguidamente, varas de junco, nenúfares bajo la escarcha. Lo conseguí, me evadí. Pero siempre que la masajista ascendía en su relajante trazo hasta la altura de mis nalgas, volvía en mí. “¿Serán mis glúteos sensibles de ser relajados también?” pensaba. Pero no lo fueron.

Una vez concluido el masaje, salimos ligeros como plumas de aquellos cubículos del relax. Nuestra media sonrisa expresaba todo el placer que aun cosquilleaba por nuestro cuerpo. Pero tal semblante se esfumó en el vestuario, al descubrir que los señores glúteos de Alex bien que fueron sensibles de ser relajados. Me salía humo por las orejas. ¡Menuda injusticia! Todo un torbellino de sentimientos encontrados se arremolinó en mi pulso adormecido. ¿Era mi masajista más remilgada que la fresca de la “manos largas” de su compañera? ¿O acaso la falta de tono muscular y mis cartucheras me convertían en un monstruo despreciable? Alex se reía de aquellas elucubraciones. Viendo cómo se vestía enérgicamente, concluí que yo tampoco dejaría pasar la oportunidad de toquetear sus robustas, kilométricas e irresistibles piernas hasta donde hiciera falta. Resulta tan satisfactorio cuando, con sólo mirarle de reojillo, me convierte en un viejo verde.

Escrito por Natxoman | 23:58h | 2 comentario(s)
sábado, 20 de diciembre de 2008

Roaming

La Aida Nizar americana
La Aida Nizar americana

En esta vida todo es un toma y daca. En nuestro reciente viaje a Nueva York, mi hermano y yo lo pusimos en práctica. Él fingía no estar sufriendo un fatal ataque de claustrofobia en los grandes almacenes. A cambio, yo le acompañé al museo Guggenheim. Fue una experiencia agotadora. Menos mal que al final de la espiral ascendente del interior del museo, nos esperaba una video-instalación de relativo interés, pero compuesta de unos pufs hiper-apetecibles. Unos mastodónticos y reconfortantes pufs donde poder tumbarte y, por ejemplo, caérsete el móvil del bolsillo del pantalón.

La tragedia consiste en darte cuenta de ello en la habitación del hotel, a docenas de manzanas de distancia. Tras un inútil intento de ponerme en contacto con el departamento de “Lost&Found” de la pinacoteca (la locución que escuché no tenía el más mínimo espíritu de colaboración), decidí ir en busca del Nokia perdido. Me enfundé el abrigo y salí a la calle, no sin antes comprobar en el mapa cual era la avenida más conveniente para coger un taxi. Ni lo alarmante de la situación, ni la indefensión propia del turista paleto en la megalópolis iban a frenar mi natural tendencia a dármelas de listo. Fue inútil. Jamás accedí a ella. Estresado, no conseguía avanzar. La gente se interponía en mi camino. Era como Enrique Iglesias en uno de sus videos. A cámara lenta, todo el mundo parecía ir en dirección contraria a mí y la chica se escapaba ante mis ojos. Ante mis abobados e impotentes ojos de Enrique Iglesias. A mi alrededor, judios ortodoxos entrando y saliendo de tiendas de compra-venta de diamantes. Cuando por fín consigo asomarme a la avenida, estaba tomada por la policía. Completamente escudada de vallas metálicas. ¿Qué demonios estaba pasando a las 16:45 del 3 de Diciembre en la 5º avenida? El encendido de las luces del árbol de navidad del Roquefeller Center. “Great!” me dije, de vuelta al hotel, tras tirar la toalla.

Al día siguiente, me planté en el Guggenheim con la cara de niño bueno que pongo a la gente de la que necesito un esfuerzo extra para salvarme el culo. ¡Bingo! El amable conserje cuarentón custodiaba mi teléfono. Mientras firmaba, exultante, un documento de entrega, me preguntó de qué parte de España provenía. Todos los estereotipos sobre la ignorancia geográfica del estadounidense medio se pusieron en funcionamiento. “Será inútil explicárselo” me dije. Aun así, contesté desesperanzado “I´m from Bilbao, in the Basque Country, in the north, you know?. En mi arranque de despotismo había pasado por alto un pequeño dato gracias a el cual el bienintencionado hombre podía tener una ligera idea de mi origen. Un dato de 11.000 metros cuadrados llamado Guggenheim Bilbao Museoa. “Sure” contestó “There´s a Guggenheim museum there too, isn´t it?”. A lo que añadí sonriente “There is. Actually” mientras me esforzaba por no proyectar el auto-concepto de retrasado mental que me cantaba.

Esa misma tarde intenté insuflarme un poco de sensación de suficiencia y renovado esnobismo haciendo jogging alrededor de Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir en Central Park. En el taxi de vuelta al hotel, anocheciendo, observé las fastuosas fachadas de Manhattan. Sonreí, empapado de sudor, consciente de ser un minúsculo testigo de una ciudad a la que resultaba rematadamente insignificante.

Escrito por Natxoman | 23:23h | 5 comentario(s)
lunes, 10 de noviembre de 2008

El rio suena

La gente me señala, Me apunta con el dedo.
La gente me señala, Me apunta con el dedo.

Me encanta tener una memoria de elefante (para lo que me interesa) y poder recuperar (a mi manera) mis primeras experiencias infantiles. Con todos los puntos sobre todas las íes. Como la primera vez que intuí que la democracia era una estafa.

No tendría ni 11 años. Era una jornada escolar como otra cualquiera. Los empollones remataban sus ejercicios velozmente y los repetidores pensaban en las musarañas, despatarrados, mientras se acariciaban su incipiente bigotito pre-puber. Entre ellos, yo me debatía entre ofrecer mi atención al enriquecimiento académico o la socialización con las niñas de mi entorno. Hasta que una de ellas rompió a llorar. Nuestra tutora, que con todo mi Edipismo campaba a sus anchas de la mano de mi madre en el Olimpo de las mujeres semi-diosas, se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Ambas salieron del aula, donde se impuso una confusión y un revuelo que ni en el 23F. A los pocos minutos la profesora volvió a tomar su asiento frente al encerado. Todos guardamos silencio. Su inquisidora mirada proyectaba más de un “¡Se sienten, coño!”. Extrajo del bolsillo un papelucho arrugado, en el que estaba escrito un mensaje insultante con sus no menos ofensivas faltas ortográficas. Alguien lo había dejado en el pupitre de la víctima. “¿Quién ha escrito esto?”; preguntó. Nadie asumió la autoría. La profesora estaba dispuesta a esclarecer todos los hechos. Nos ordenó que escribiéramos en un pedazo de papel el nombre de quien considerábamos lo había perpetrado. Esta nominación secreta, esta caza de brujas en EGB, me resultó de lo más estimulante.

Unas horas más tarde, charlaba distendidamente con mi compañera de atrás. De pronto, mi idolatrada profesora alzó la voz y, con tono inculpador, aseveró: ¡Natxo, ya vale por hoy! ¡Bastante daño has hecho ya!” Me quedé atónito; boquiabierto de impotencia. ¡Una amplia mayoría de los alumnos me había considerado culpable! Pasé a engrosar la abochornante lista de personas condenadas por un crimen que jamás cometieron, como el equipo A o la primera imputada del caso Rocio Vanincof. Descubrí que los indicios jugaban en mi contra. Me pasaba el día escribiendo notitas, mensajes cifrados y demás soplapolleces. Sufrí en mis carnes el dañino efecto de los estereotipos. Estaban equivocados de cabo a rabo. La pobre muchacha no despertaba en mí mayores antipatías, no así como muchas de sus amigas, que lloraban fingidamente en las celebraciones religiosas como tonadilleras viudas, para ganarse el favoritismo del curilla de turno.

De golpe y porrazo, me vía atenazado por tres tentáculos emocionales. Uno, la desazón de saberme señalado por mis prejuiciosos compañeros. Otro, la desilusión de ver lo ilícitamente que obraba nuestra tutora. ¿Cómo no cotejó sus fuentes? ¿Por qué me sometió a juicio sumarísimo y me sentenció a arder en plaza pública cual bruja de la Inquisición? Mi profesora se despeñó del Olimpo de las mujeres semi-diosas. Y por último, el tentáculo más nihilista de todos. Se apoderó de mí una creciente desconfianza por los procedimientos democráticos, que me hace recelar ante jurados populares, finales de reality-show, elecciones generales y comunidades vecinales.

Escrito por Natxoman | 23:1h | 7 comentario(s)
sábado, 11 de octubre de 2008

Por los pelos

Tres eran, tres, las hijas de Elena
Tres eran, tres, las hijas de Elena

Ya está. Ya lo tengo. Ya he dado con un tema con el que estoy totalmente a favor. No lo digo con el sarcasmo acostumbrado. Lo digo de corazón. Si hay algo que me produce una satisfacción inmediata es ver un trío compuesto por una rubia, una morena y una pelirroja. Es como la Santísima Trinidad de la coloración capilar. El círculo cerrado, un Todo armónico y heterogéneo. La emoción que me produce es muy parecida a la que Amelie Nothomb expone en sus novelas. A ella se la produce degustar chocolate blanco o nadar como una sirena. Es una sensación de efervescente voluptuosidad, como si me espolvoreasen Peta Zetas en pleno hipotálamo.

Yo creo que su origen es tan remoto como el nacimiento de Jesucristo. Los Reyes Magos fueron los primeros en hacer esta mella cromática en mí. ¿Cómo poder decantarse por uno sólo? ¿El del pelito cano? ¿El pelirrojo o el negrito? Son un conjunto indisoluble y lo saben. Si Baltasar fuera un poco más ambicioso, se hubiera apoyado en el amplio favoritismo que despierta para emprender su carrera en solitario, como Beyoncé.

En mi infancia tardía la cosa adquirió tintes (nunca mejor dicho) de auténtica obsesión con dos tríos. Uno musical. Bananarama. El otro, cinematográfico. El compuesto por Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon en la imprescindible “Las brujas de Eastwick”. ¿Qué niño inminentemente gay podría no pirrarse por tal derroche de talento Hollywoodiense, estrógenos al galope y matas de pelo alborotadas?

“Las Supernenas” sirvieron a las nuevas generaciones para consolidar el clásico recurso estilístico de asociar personalidades al color del cabello. Moreno iguala a carácter. Rubio equivale a dulzura e inocencia. Pelirrojo es sinónimo de exotismo y de pérfida feminidad. El mayor fracaso de dúos como “Modern Talking” o “Los Pecos” radica en no contar con un tercer miembro pelirrojo. Lo mismo sucede con el estilismo de la primera Monica Naranjo; mitad rubio, mitad moreno. Era demasiado bipolar, no abarcaba la totalidad, la trinidad. Del mismo modo, siempre opiné que en las “Spice Girls” sobraban dos morenas. Incluir la variable de “estrato social-tribu urbana” en el caso de la pija o la de “Hobby” en el de la depor, supuso todo un error de concepción artística.

Esta apuesta por la diversidad tonal no resultó fructífera a “Ole Ole”, en la búsqueda de una sustituta para Marta Sánchez. Después de la primera morena Vicky Larraz y tras el altísimo listón de la rubia platino, decidieron apostar por una cantante pelirroja. Fue elegida entre las miles de aspirantes que grabaron una cassette en sus hogares y la enviaron al apartado de correos correspondiente. El programa matinal de Maria Teresa Campos tuvo el honor de hacer la presentación en sociedad. Fue un descalabro. La ocasión la pintan calva.

Escrito por Natxoman | 13:41h | 4 comentario(s)
sábado, 6 de septiembre de 2008

Deshonra

Hace falta ser choni...
Hace falta ser choni...

Mi psicoanalista me anima a que invierta toda la energía que dedico a sufrir y denunciar la mediocridad de los demás en pulir ciertas asperezas de mi personalidad. Cuando me lo dijo, pensé que la noche anterior había visto la enésima reposición de “El silencio de los corderos” en Canal Satélite Digital. En cierto momento álgido del metraje, Clarice Starling le viene a Hanibal Lecter con la monserga de la paja, la viga y los ojos. Consciente de que rogarle que no me viniera con tópicos equivalía a darle la razón, sonreí y me puse manos a la obra. Pero piano, piano. De todas las cosas que detesto de mi self, he aquí las que menos conflicto me causa reconocer.

Odio mi letra. La considero del todo bochornosa. Menuda y atropellada, propia de una niña perezosa. Desearía escribir con el trazo viril y autosuficiente de un honorable académico de posguerra, o con el de una mujercita lozana y esmerada. Pues no. Escribo como la amiga torda de la mejor estudiante de la clase. La típica pazguata gafosa a la que siempre pillan copiando.

Mi firma corona la mediocridad de mi caligrafía. Un churro oval terminado en flecha desairada, carente de esos envidiables giros inverosímiles, tan barrocos y enérgicos. En su diseño original, que data de 1990, pretendía ser una N engarzada en un símbolo del genero masculino. Con las ínfulas iconográficas de un Prince de segunda regional y afectado por la maldición del arquitecto Santiago Calatrava, el resultado dejó mucho que desear. Una vez tuve que firmar un documento a mi padre. Al ver semejante despropósito, se puso hecho un basilisco. Frases lapidarias como “¡Con ese garabato impresentable no puedes ir a ningún sitio!” o “¡Te van a robar todo el dinero del banco, chaval!” mi padre minó mi autoestima; y con toda la razón. Una cosa era aceptar mi manifiesta e innegable homosexualidad. Pero tolerar que uno de sus vástagos, sangre de su sangre, fuera por ahí con tal chapucera y pueril rúbrica, era demasiado pedir a un hecho y derecho hombre de negocios patriarcal.

Mi modo de comer es tres cuartos de lo mismo. No hace falta ser Montignac para comprender que mi facilidad para coger kilos se alimenta de mi atropellada y ansiosa forma de deglutir. Me avergüenzo al comprobar como invariablemente soy el primer comensal en terminar de dar buena cuenta de mi plato. Engullo con fiereza y apetito insaciable. Soy goloso con alevosía. Desearía ser la clase de persona que se deleita largo y tendido saboreando los alimentos pacientemente. Aunque con tener la costumbre de masticarlos me conformaría.

Hice dos preguntas a mi psicoanalista: ¿Estaba proyectando en mi grafismo cierto complejo de inferioridad asociado a mi orientación sexual? ¿Mi nula capacidad de frustrar temporalmente la inmediata satisfacción de mis necesidades podría llevarme a la bulimia u otro trastorno alimenticio? Sonrió, exhaló y me dijo que no fuese tan duro conmigo mismo. ¿En qué quedamos? Así andamos todo el santo día.

Escrito por Natxoman | 17:58h | 8 comentario(s)
miercoles, 13 de agosto de 2008

Chirigota

¡Qué bien lo pasemos anoche! ¡Cantemos y bailemos!
¡Qué bien lo pasemos anoche! ¡Cantemos y bailemos!

Existe un mecanismo de uso muy extendido para hacer frente al temor o, en muchos casos, convicción de que los demás vayan a tener una opinión negativa sobre uno. Consiste en adelantarse a su juicio y exponerlo abiertamente, en voz alta. Algo así como entrar en una habitación repleta de desconocidos y soltar un acelerado “Hola, me llamo Natxo y, efectivamente, tengo un innegable granazo descomunal en la nariz”. Pongámoslo en práctica. Comenzaré por el final. Conclusión: Estoy amargado; soy un carroza o un snob. Táchame de lo que quieras. Por severo que sea tu agravio, habrá sido ecuánime. Eso sí, no pretendas que disfrute de las Fiestas Populares.

¡No puedo con ellas! Se me pasó el arroz; y eso que he sido un acérrimo defensor del día de Paellas getxotarras. No experimento ninguna satisfacción al beber litros de brebajes alcohólicos, drenados finalmente contra puertas de garaje. Entre abrirme camino a través de una horda de sudorosos borrachuzos u ofrecer en sacrificio mi corazón latiente al sumo sacerdote de la tribu de “Indiana Jones en el templo maldito”, prefiero lo segundo, por su marcado componente exótico y antropológico. Las fiestas populares brindan una inigualable oportunidad de reencontrarte con viejos conocidos que hace años no saludas. Razón de más para quedarse en casa. Siendo un marco tan supuestamente distendido, pocos parecen haber superado esa presión protocolaria del “¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!” y demás entradillas de conversación de ascensor. Yo sufro un handicap añadido. Siendo el maricón del colegio, todos recuerdan mi nombre y yo no nunca recuerdo los suyos. Que si Natxo por aquí, que si Natxo por allá y yo callado como una puta. Me llena de culpabilidad (y satisfacción).

Creo fervientemente que el asunto se agrava en esta Comunidad Autónoma y que existe un feismo institucionalizado con gran arraigo popular. Tal vez esté influenciado por las formas contundentes, frías y austeras de los emblemáticos artistas vascos; o motivado por la animal brabuconada testosterónica subyacente en nuestro folklore. Sea como fuere, me espanta. Llegué a esta conclusión en las pasadas Fiestas de Algorta. La plaza de San Nicolás estaba atestada de gente con aparente alergia a la belleza, la compostura o la sutileza. Pensé que empleaban un curioso mecanismo para obtener placer de la fealdad. Cuanto más sudados estén, cuanto más Kalimotxo se derrame sobre su ropa, cuanto más roña cubra sus pisamierdas al llegar a casa con la boca pastosa, cuanto más empujones rollito ska se den o cuanto menos les favorezcan las sudaderas con las camisetas borrokoides y las faldas de arrantzale, más satisfechos estarán. Por supuesto el Dj les obsequiaba con su más fea música feista: Furra-furra, rockeradas e incluso un tema de corte terrorista, a cuyo ritmo bendije no vivir en USA. Aferrándose a la segunda enmienda, más de uno de los allí presentes estaría alicatado de munición hasta los dientes. Aitaren, semearen eta Ispiritu Santuaren izenean, Amen.

No aspiro a que cuelguen una bola de discoteca y me deleiten con filigranas sonoras mientras inmaculados ciudadanos de sonrisa resplandeciente perfeccionan sus coreografías. Tan sólo abogo por iluminar un poco el oscuro modus-festejandi. Less guns and more roses.

Escrito por Natxoman | 16:44h | 9 comentario(s)
sábado, 5 de julio de 2008

Fíate tú

Desayuno con farsantes
Desayuno con farsantes

La treintena me ha vuelto una persona sumamente desconfiada y ha aumentado mi necesidad de denunciar y preveniros de algunas personas. Por ejemplo, un admirador de Audrey Hepburn puede resultar un tipo de lo más fiable. Pero si al visitar su vivienda, descubres que decora sus estancias con reproducciones baratas y horteras de su imagen, inventa una rápida excusa y escapa de ahí pitando. Directo al top 10 de la lista negra. Por pura profilaxis. Esa persona guarda ciertas semejanzas con los maltratadores de los telediarios. “La amaba tanto, que le propiné una paliza mortal”, dirían éstos. Pues bien. Alguien que, conmovido por la inmaculada belleza de Audrey, no duda en profanar su memoria al saciar su sed de lirismo comprando cuadrículas multicolores con su rostro en bazares chinos, tarde o temprano, te la juega. Mi psicoanalista me confronta al decir que yo admiro a Madonna y forro mi casa de su merchandising. Intento explicarle que no son casos análogos, pues Madonna es la Gran Sacerdotisa de la Mercadotecnia, el McMenú del Pop. Mi psicoanalista sonríe con inútiles esfuerzos por maquillar su falta de convencimiento. Juraría que no le parece una idea tan descabellada, pero desearía que fuera suya. Por cierto, no os fiéis de todo lo que dice un psicoanalista.

Y de un peluquero menos. El ministerio de educación debería homologar una titulación superior de “Traducción e Interpretación de la interacción peluquero-cliente”. Tras explicarle a un estilista el corte que deseas lucir, éste expresa un convencido “de acuerdo”, pero en realidad quiere decir “no tengo ni idea de cómo lograrlo, pero veamos qué es lo que sale”. Yo acudo a una cadena de peluquería super-baratilla. Adoro pagar menos por las cosas, casi tanto como pagar más. La encargada perpetuamente intenta aumentar la cuenta vendiéndome un champú anti-caída. Yo siempre sonrío, convencido de no comprarlo. Otra de mis grandes aficiones es la de decir NO. No me fío un pelo. Ella intenta condimentar sus supercherías capilares con estudiados eufemismos técnicos; Nutrientes, aportes revitalizantes... Medio pitonisa, medio dermatóloga.

Pero sin duda, la peor calaña en la que uno puede depositar su confianza es aquel ser que denuncia en los demás los defectos y vicios que posee él mismo. Por ejemplo; Yo. No escatiméis en recelo y miradas por el rabilla del ojo conmigo. Si de algo disfruto, a parte de decir no y de pagar menos, es de criticar los devastadores efectos de la globalización. Recientemente una persona muy querida me preguntó: “¿Tú sólo escuchas música cantada en inglés?”. Descubrí con asombro que así era. Nada de localismos, ni aires del mundo. Ni boleros, ni fados, ni tarantelas. Todo a base de phrasal verbs. Soy un fiasco. Esta persona muy querida, que me expone frente a un espejo para plantarme cara a mi mismo, es de la clase de personas que merecen toda mi confianza, y por ende, mi gratitud.

Escrito por Natxoman | 16:56h | 5 comentario(s)
miercoles, 18 de junio de 2008

Empleo demandan

ni mezclado, ni agitado
ni mezclado, ni agitado

Aunque los recientes diluvios parecen anunciar lo contrario, llega el verano y con él, todos sus conocidos efectos colaterales: El aumento de la transpiración social en transportes inter-urbanos o la tendencia a la socialización indiscriminada, por ejemplo. Aumentan las temperaturas; se reducen las faldas y pantalones. El índice de idiotización televisiva, de marcada tendencia inflacionista, parece amenazar con más de un jueves negro. Con los críos en la playa haciendo caso omiso a los fundamentales cuadernillos de vacaciones Santillana, yo me quedo sin curro. Así que un Julio más, me veo ante un incierto futuro estival, teñido del color sepia de las hojas de ofertas de empleo periodísticas.

Suspiro y enciendo el televisor, el gran analgésico global. Emiten “Al pié de la letra”, espacio musical donde los concursantes deben entonar las entradillas y estribillos de temas populares. Entre el presentador con voz de galán caduco, bailarinas minifalderas, coristas derivados de OT y demás estrepitosa mano de obra, llama mi atención una pareja de trompeta y saxofón que durante todo el programa, y cada día, fingen tocar sus instrumentos de un modo desaforado y jovial, con la barba de ciertos días y el nudo de la pajarita deshecho. Como imbuidos por el espíritu de una gala pregrabada de nochevieja, parece que después de haber cerrado todos los afters de la periferia, hubieran acabado en el mismísimo Cotton Club. ¿Podría desempeñar yo tal puesto de trabajo? Tal vez con un esfuerzo titánico pudiera darle esquinazo a mi archi-conocido miedo escénico. No así como a la vergüenza de verme en la pantalla amiga haciendo el canelo de esa guisa.

Algo más tarde emiten mi programa placebo favorito: “Tú sí que vales”, concurso de talentos a grosso modo. Uno de los concursantes era todo un as en lo suyo. Lamentablemente, lo suyo era una de las cosas más horteras que en este mundo existen. El propio aspirante lo denominó eufemísticamente como “coctelería acrobática”. ¡Hacer malabares y filigranas con las botellas, vaya! No puedo con esta disciplina. Hasta la mismísima Grace Kelly parecería una choni coctelera en ristre. Jamás me podría dedicar a ello con la entrega necesaria para mantener mi puesto de trabajo.. Pero hay gente para todo. Incluso hay quien hace chiri-vueltas y triple tirabuzón con la masa de la pizza.

El gran acierto de “Tú sí que vales” consiste en poner de manifiesto que el talento, la gracia y el tronío son más competencia del jurado, compuesto por los Reyes Magos del saber hacer televisivo: Angel LLacer, el Melchor de la expresividad y la resolución. Noemí Galera, el Gaspar de la asertividad y el fino hijoputismo. Y por último, Los Morancos, carismáticos Baltasares de la casta Made in Spain. En eso me veo más. De jurado. Mordisqueando bolígrafos con gesto de desaprobación. Sentando cátedra. Alimentando artificialmente las ilusiones de la juventud del pelotazo para que acabe por recaer todo el peso de mis impunes veredictos sobre ella. No cruzas la pasarela.

Escrito por Natxoman | 13:31h | 7 comentario(s)