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lunes, 10 de noviembre de 2008

El rio suena

La gente me señala, Me apunta con el dedo.
La gente me señala, Me apunta con el dedo.

Me encanta tener una memoria de elefante (para lo que me interesa) y poder recuperar (a mi manera) mis primeras experiencias infantiles. Con todos los puntos sobre todas las íes. Como la primera vez que intuí que la democracia era una estafa.

No tendría ni 11 años. Era una jornada escolar como otra cualquiera. Los empollones remataban sus ejercicios velozmente y los repetidores pensaban en las musarañas, despatarrados, mientras se acariciaban su incipiente bigotito pre-puber. Entre ellos, yo me debatía entre ofrecer mi atención al enriquecimiento académico o la socialización con las niñas de mi entorno. Hasta que una de ellas rompió a llorar. Nuestra tutora, que con todo mi Edipismo campaba a sus anchas de la mano de mi madre en el Olimpo de las mujeres semi-diosas, se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Ambas salieron del aula, donde se impuso una confusión y un revuelo que ni en el 23F. A los pocos minutos la profesora volvió a tomar su asiento frente al encerado. Todos guardamos silencio. Su inquisidora mirada proyectaba más de un “¡Se sienten, coño!”. Extrajo del bolsillo un papelucho arrugado, en el que estaba escrito un mensaje insultante con sus no menos ofensivas faltas ortográficas. Alguien lo había dejado en el pupitre de la víctima. “¿Quién ha escrito esto?”; preguntó. Nadie asumió la autoría. La profesora estaba dispuesta a esclarecer todos los hechos. Nos ordenó que escribiéramos en un pedazo de papel el nombre de quien considerábamos lo había perpetrado. Esta nominación secreta, esta caza de brujas en EGB, me resultó de lo más estimulante.

Unas horas más tarde, charlaba distendidamente con mi compañera de atrás. De pronto, mi idolatrada profesora alzó la voz y, con tono inculpador, aseveró: ¡Natxo, ya vale por hoy! ¡Bastante daño has hecho ya!” Me quedé atónito; boquiabierto de impotencia. ¡Una amplia mayoría de los alumnos me había considerado culpable! Pasé a engrosar la abochornante lista de personas condenadas por un crimen que jamás cometieron, como el equipo A o la primera imputada del caso Rocio Vanincof. Descubrí que los indicios jugaban en mi contra. Me pasaba el día escribiendo notitas, mensajes cifrados y demás soplapolleces. Sufrí en mis carnes el dañino efecto de los estereotipos. Estaban equivocados de cabo a rabo. La pobre muchacha no despertaba en mí mayores antipatías, no así como muchas de sus amigas, que lloraban fingidamente en las celebraciones religiosas como tonadilleras viudas, para ganarse el favoritismo del curilla de turno.

De golpe y porrazo, me vía atenazado por tres tentáculos emocionales. Uno, la desazón de saberme señalado por mis prejuiciosos compañeros. Otro, la desilusión de ver lo ilícitamente que obraba nuestra tutora. ¿Cómo no cotejó sus fuentes? ¿Por qué me sometió a juicio sumarísimo y me sentenció a arder en plaza pública cual bruja de la Inquisición? Mi profesora se despeñó del Olimpo de las mujeres semi-diosas. Y por último, el tentáculo más nihilista de todos. Se apoderó de mí una creciente desconfianza por los procedimientos democráticos, que me hace recelar ante jurados populares, finales de reality-show, elecciones generales y comunidades vecinales.

Escrito por Natxoman | 23:1h | 6 comentario(s)
sábado, 11 de octubre de 2008

Por los pelos

Tres eran, tres, las hijas de Elena
Tres eran, tres, las hijas de Elena

Ya está. Ya lo tengo. Ya he dado con un tema con el que estoy totalmente a favor. No lo digo con el sarcasmo acostumbrado. Lo digo de corazón. Si hay algo que me produce una satisfacción inmediata es ver un trío compuesto por una rubia, una morena y una pelirroja. Es como la Santísima Trinidad de la coloración capilar. El círculo cerrado, un Todo armónico y heterogéneo. La emoción que me produce es muy parecida a la que Amelie Nothomb expone en sus novelas. A ella se la produce degustar chocolate blanco o nadar como una sirena. Es una sensación de efervescente voluptuosidad, como si me espolvoreasen Peta Zetas en pleno hipotálamo.

Yo creo que su origen es tan remoto como el nacimiento de Jesucristo. Los Reyes Magos fueron los primeros en hacer esta mella cromática en mí. ¿Cómo poder decantarse por uno sólo? ¿El del pelito cano? ¿El pelirrojo o el negrito? Son un conjunto indisoluble y lo saben. Si Baltasar fuera un poco más ambicioso, se hubiera apoyado en el amplio favoritismo que despierta para emprender su carrera en solitario, como Beyoncé.

En mi infancia tardía la cosa adquirió tintes (nunca mejor dicho) de auténtica obsesión con dos tríos. Uno musical. Bananarama. El otro, cinematográfico. El compuesto por Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon en la imprescindible “Las brujas de Eastwick”. ¿Qué niño inminentemente gay podría no pirrarse por tal derroche de talento Hollywoodiense, estrógenos al galope y matas de pelo alborotadas?

“Las Supernenas” sirvieron a las nuevas generaciones para consolidar el clásico recurso estilístico de asociar personalidades al color del cabello. Moreno iguala a carácter. Rubio equivale a dulzura e inocencia. Pelirrojo es sinónimo de exotismo y de pérfida feminidad. El mayor fracaso de dúos como “Modern Talking” o “Los Pecos” radica en no contar con un tercer miembro pelirrojo. Lo mismo sucede con el estilismo de la primera Monica Naranjo; mitad rubio, mitad moreno. Era demasiado bipolar, no abarcaba la totalidad, la trinidad. Del mismo modo, siempre opiné que en las “Spice Girls” sobraban dos morenas. Incluir la variable de “estrato social-tribu urbana” en el caso de la pija o la de “Hobby” en el de la depor, supuso todo un error de concepción artística.

Esta apuesta por la diversidad tonal no resultó fructífera a “Ole Ole”, en la búsqueda de una sustituta para Marta Sánchez. Después de la primera morena Vicky Larraz y tras el altísimo listón de la rubia platino, decidieron apostar por una cantante pelirroja. Fue elegida entre las miles de aspirantes que grabaron una cassette en sus hogares y la enviaron al apartado de correos correspondiente. El programa matinal de Maria Teresa Campos tuvo el honor de hacer la presentación en sociedad. Fue un descalabro. La ocasión la pintan calva.

Escrito por Natxoman | 13:41h | 4 comentario(s)
sábado, 6 de septiembre de 2008

Deshonra

Hace falta ser choni...
Hace falta ser choni...

Mi psicoanalista me anima a que invierta toda la energía que dedico a sufrir y denunciar la mediocridad de los demás en pulir ciertas asperezas de mi personalidad. Cuando me lo dijo, pensé que la noche anterior había visto la enésima reposición de “El silencio de los corderos” en Canal Satélite Digital. En cierto momento álgido del metraje, Clarice Starling le viene a Hanibal Lecter con la monserga de la paja, la viga y los ojos. Consciente de que rogarle que no me viniera con tópicos equivalía a darle la razón, sonreí y me puse manos a la obra. Pero piano, piano. De todas las cosas que detesto de mi self, he aquí las que menos conflicto me causa reconocer.

Odio mi letra. La considero del todo bochornosa. Menuda y atropellada, propia de una niña perezosa. Desearía escribir con el trazo viril y autosuficiente de un honorable académico de posguerra, o con el de una mujercita lozana y esmerada. Pues no. Escribo como la amiga torda de la mejor estudiante de la clase. La típica pazguata gafosa a la que siempre pillan copiando.

Mi firma corona la mediocridad de mi caligrafía. Un churro oval terminado en flecha desairada, carente de esos envidiables giros inverosímiles, tan barrocos y enérgicos. En su diseño original, que data de 1990, pretendía ser una N engarzada en un símbolo del genero masculino. Con las ínfulas iconográficas de un Prince de segunda regional y afectado por la maldición del arquitecto Santiago Calatrava, el resultado dejó mucho que desear. Una vez tuve que firmar un documento a mi padre. Al ver semejante despropósito, se puso hecho un basilisco. Frases lapidarias como “¡Con ese garabato impresentable no puedes ir a ningún sitio!” o “¡Te van a robar todo el dinero del banco, chaval!” mi padre minó mi autoestima; y con toda la razón. Una cosa era aceptar mi manifiesta e innegable homosexualidad. Pero tolerar que uno de sus vástagos, sangre de su sangre, fuera por ahí con tal chapucera y pueril rúbrica, era demasiado pedir a un hecho y derecho hombre de negocios patriarcal.

Mi modo de comer es tres cuartos de lo mismo. No hace falta ser Montignac para comprender que mi facilidad para coger kilos se alimenta de mi atropellada y ansiosa forma de deglutir. Me avergüenzo al comprobar como invariablemente soy el primer comensal en terminar de dar buena cuenta de mi plato. Engullo con fiereza y apetito insaciable. Soy goloso con alevosía. Desearía ser la clase de persona que se deleita largo y tendido saboreando los alimentos pacientemente. Aunque con tener la costumbre de masticarlos me conformaría.

Hice dos preguntas a mi psicoanalista: ¿Estaba proyectando en mi grafismo cierto complejo de inferioridad asociado a mi orientación sexual? ¿Mi nula capacidad de frustrar temporalmente la inmediata satisfacción de mis necesidades podría llevarme a la bulimia u otro trastorno alimenticio? Sonrió, exhaló y me dijo que no fuese tan duro conmigo mismo. ¿En qué quedamos? Así andamos todo el santo día.

Escrito por Natxoman | 17:58h | 8 comentario(s)
miercoles, 13 de agosto de 2008

Chirigota

¡Qué bien lo pasemos anoche! ¡Cantemos y bailemos!
¡Qué bien lo pasemos anoche! ¡Cantemos y bailemos!

Existe un mecanismo de uso muy extendido para hacer frente al temor o, en muchos casos, convicción de que los demás vayan a tener una opinión negativa sobre uno. Consiste en adelantarse a su juicio y exponerlo abiertamente, en voz alta. Algo así como entrar en una habitación repleta de desconocidos y soltar un acelerado “Hola, me llamo Natxo y, efectivamente, tengo un innegable granazo descomunal en la nariz”. Pongámoslo en práctica. Comenzaré por el final. Conclusión: Estoy amargado; soy un carroza o un snob. Táchame de lo que quieras. Por severo que sea tu agravio, habrá sido ecuánime. Eso sí, no pretendas que disfrute de las Fiestas Populares.

¡No puedo con ellas! Se me pasó el arroz; y eso que he sido un acérrimo defensor del día de Paellas getxotarras. No experimento ninguna satisfacción al beber litros de brebajes alcohólicos, drenados finalmente contra puertas de garaje. Entre abrirme camino a través de una horda de sudorosos borrachuzos u ofrecer en sacrificio mi corazón latiente al sumo sacerdote de la tribu de “Indiana Jones en el templo maldito”, prefiero lo segundo, por su marcado componente exótico y antropológico. Las fiestas populares brindan una inigualable oportunidad de reencontrarte con viejos conocidos que hace años no saludas. Razón de más para quedarse en casa. Siendo un marco tan supuestamente distendido, pocos parecen haber superado esa presión protocolaria del “¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!” y demás entradillas de conversación de ascensor. Yo sufro un handicap añadido. Siendo el maricón del colegio, todos recuerdan mi nombre y yo no nunca recuerdo los suyos. Que si Natxo por aquí, que si Natxo por allá y yo callado como una puta. Me llena de culpabilidad (y satisfacción).

Creo fervientemente que el asunto se agrava en esta Comunidad Autónoma y que existe un feismo institucionalizado con gran arraigo popular. Tal vez esté influenciado por las formas contundentes, frías y austeras de los emblemáticos artistas vascos; o motivado por la animal brabuconada testosterónica subyacente en nuestro folklore. Sea como fuere, me espanta. Llegué a esta conclusión en las pasadas Fiestas de Algorta. La plaza de San Nicolás estaba atestada de gente con aparente alergia a la belleza, la compostura o la sutileza. Pensé que empleaban un curioso mecanismo para obtener placer de la fealdad. Cuanto más sudados estén, cuanto más Kalimotxo se derrame sobre su ropa, cuanto más roña cubra sus pisamierdas al llegar a casa con la boca pastosa, cuanto más empujones rollito ska se den o cuanto menos les favorezcan las sudaderas con las camisetas borrokoides y las faldas de arrantzale, más satisfechos estarán. Por supuesto el Dj les obsequiaba con su más fea música feista: Furra-furra, rockeradas e incluso un tema de corte terrorista, a cuyo ritmo bendije no vivir en USA. Aferrándose a la segunda enmienda, más de uno de los allí presentes estaría alicatado de munición hasta los dientes. Aitaren, semearen eta Ispiritu Santuaren izenean, Amen.

No aspiro a que cuelguen una bola de discoteca y me deleiten con filigranas sonoras mientras inmaculados ciudadanos de sonrisa resplandeciente perfeccionan sus coreografías. Tan sólo abogo por iluminar un poco el oscuro modus-festejandi. Less guns and more roses.

Escrito por Natxoman | 16:44h | 9 comentario(s)
sábado, 5 de julio de 2008

Fíate tú

Desayuno con farsantes
Desayuno con farsantes

La treintena me ha vuelto una persona sumamente desconfiada y ha aumentado mi necesidad de denunciar y preveniros de algunas personas. Por ejemplo, un admirador de Audrey Hepburn puede resultar un tipo de lo más fiable. Pero si al visitar su vivienda, descubres que decora sus estancias con reproducciones baratas y horteras de su imagen, inventa una rápida excusa y escapa de ahí pitando. Directo al top 10 de la lista negra. Por pura profilaxis. Esa persona guarda ciertas semejanzas con los maltratadores de los telediarios. “La amaba tanto, que le propiné una paliza mortal”, dirían éstos. Pues bien. Alguien que, conmovido por la inmaculada belleza de Audrey, no duda en profanar su memoria al saciar su sed de lirismo comprando cuadrículas multicolores con su rostro en bazares chinos, tarde o temprano, te la juega. Mi psicoanalista me confronta al decir que yo admiro a Madonna y forro mi casa de su merchandising. Intento explicarle que no son casos análogos, pues Madonna es la Gran Sacerdotisa de la Mercadotecnia, el McMenú del Pop. Mi psicoanalista sonríe con inútiles esfuerzos por maquillar su falta de convencimiento. Juraría que no le parece una idea tan descabellada, pero desearía que fuera suya. Por cierto, no os fiéis de todo lo que dice un psicoanalista.

Y de un peluquero menos. El ministerio de educación debería homologar una titulación superior de “Traducción e Interpretación de la interacción peluquero-cliente”. Tras explicarle a un estilista el corte que deseas lucir, éste expresa un convencido “de acuerdo”, pero en realidad quiere decir “no tengo ni idea de cómo lograrlo, pero veamos qué es lo que sale”. Yo acudo a una cadena de peluquería super-baratilla. Adoro pagar menos por las cosas, casi tanto como pagar más. La encargada perpetuamente intenta aumentar la cuenta vendiéndome un champú anti-caída. Yo siempre sonrío, convencido de no comprarlo. Otra de mis grandes aficiones es la de decir NO. No me fío un pelo. Ella intenta condimentar sus supercherías capilares con estudiados eufemismos técnicos; Nutrientes, aportes revitalizantes... Medio pitonisa, medio dermatóloga.

Pero sin duda, la peor calaña en la que uno puede depositar su confianza es aquel ser que denuncia en los demás los defectos y vicios que posee él mismo. Por ejemplo; Yo. No escatiméis en recelo y miradas por el rabilla del ojo conmigo. Si de algo disfruto, a parte de decir no y de pagar menos, es de criticar los devastadores efectos de la globalización. Recientemente una persona muy querida me preguntó: “¿Tú sólo escuchas música cantada en inglés?”. Descubrí con asombro que así era. Nada de localismos, ni aires del mundo. Ni boleros, ni fados, ni tarantelas. Todo a base de phrasal verbs. Soy un fiasco. Esta persona muy querida, que me expone frente a un espejo para plantarme cara a mi mismo, es de la clase de personas que merecen toda mi confianza, y por ende, mi gratitud.

Escrito por Natxoman | 16:56h | 5 comentario(s)
miercoles, 18 de junio de 2008

Empleo demandan

ni mezclado, ni agitado
ni mezclado, ni agitado

Aunque los recientes diluvios parecen anunciar lo contrario, llega el verano y con él, todos sus conocidos efectos colaterales: El aumento de la transpiración social en transportes inter-urbanos o la tendencia a la socialización indiscriminada, por ejemplo. Aumentan las temperaturas; se reducen las faldas y pantalones. El índice de idiotización televisiva, de marcada tendencia inflacionista, parece amenazar con más de un jueves negro. Con los críos en la playa haciendo caso omiso a los fundamentales cuadernillos de vacaciones Santillana, yo me quedo sin curro. Así que un Julio más, me veo ante un incierto futuro estival, teñido del color sepia de las hojas de ofertas de empleo periodísticas.

Suspiro y enciendo el televisor, el gran analgésico global. Emiten “Al pié de la letra”, espacio musical donde los concursantes deben entonar las entradillas y estribillos de temas populares. Entre el presentador con voz de galán caduco, bailarinas minifalderas, coristas derivados de OT y demás estrepitosa mano de obra, llama mi atención una pareja de trompeta y saxofón que durante todo el programa, y cada día, fingen tocar sus instrumentos de un modo desaforado y jovial, con la barba de ciertos días y el nudo de la pajarita deshecho. Como imbuidos por el espíritu de una gala pregrabada de nochevieja, parece que después de haber cerrado todos los afters de la periferia, hubieran acabado en el mismísimo Cotton Club. ¿Podría desempeñar yo tal puesto de trabajo? Tal vez con un esfuerzo titánico pudiera darle esquinazo a mi archi-conocido miedo escénico. No así como a la vergüenza de verme en la pantalla amiga haciendo el canelo de esa guisa.

Algo más tarde emiten mi programa placebo favorito: “Tú sí que vales”, concurso de talentos a grosso modo. Uno de los concursantes era todo un as en lo suyo. Lamentablemente, lo suyo era una de las cosas más horteras que en este mundo existen. El propio aspirante lo denominó eufemísticamente como “coctelería acrobática”. ¡Hacer malabares y filigranas con las botellas, vaya! No puedo con esta disciplina. Hasta la mismísima Grace Kelly parecería una choni coctelera en ristre. Jamás me podría dedicar a ello con la entrega necesaria para mantener mi puesto de trabajo.. Pero hay gente para todo. Incluso hay quien hace chiri-vueltas y triple tirabuzón con la masa de la pizza.

El gran acierto de “Tú sí que vales” consiste en poner de manifiesto que el talento, la gracia y el tronío son más competencia del jurado, compuesto por los Reyes Magos del saber hacer televisivo: Angel LLacer, el Melchor de la expresividad y la resolución. Noemí Galera, el Gaspar de la asertividad y el fino hijoputismo. Y por último, Los Morancos, carismáticos Baltasares de la casta Made in Spain. En eso me veo más. De jurado. Mordisqueando bolígrafos con gesto de desaprobación. Sentando cátedra. Alimentando artificialmente las ilusiones de la juventud del pelotazo para que acabe por recaer todo el peso de mis impunes veredictos sobre ella. No cruzas la pasarela.

Escrito por Natxoman | 13:31h | 7 comentario(s)
lunes, 2 de junio de 2008

Desconcierto

Corre, corre, que te pillo
Corre, corre, que te pillo

El pasado sábado 24 de Mayo asistí a una divertida e impecablemente organizada fiesta celebrada con motivo del irrisorio visionado de Eurovisión. El dress-code imponía amablemente a los invitados acudir a la cita con un atuendo que recordase a alguno de los protagonistas de la dilatada historia festivalera. Repasando el variopinto santoral de representantes españoles, un anecdótico capítulo de mi infancia emergió a la superficie de las oscuras aguas del olvido. El escenario, de tronío y pandereta, era la plaza de toros de Santoña. Sus protagonistas formaban una dicharachera formación musical. La Década Prodigiosa canta “Made in Spain”. Fue el primer concierto al que asistí y creo que tal vez por ello no soy hombre de directos. Soy más de estudio. De imposibles remezclas, featurings y productores estrella con su personal marchamo globalizado. Además, detesto estar de píe. Aguardo la cola del banco apoltronado en un asiento, no te digo más. Y en la cola del super me dan ganas de meterme dentro del carro.

Y ha sido así desde los 11 años. Tomé el asiento indicado en mi entrada. Fui solo. Mis padres aguardaban en el coche a la salida. Me dieron algunas pesetas para comprar una Fanta. Al volver a mi localidad, tropecé y se me derramó. Una madre a mi lado sentada, enternecida ante mi torpe y solitaria independencia, me compró un nuevo refresco. Agradecí el solidario gesto, sorprendido. Dio comienzo el espectáculo. La bienintencionada mujer volvió a dirigirme la palabra. Quería animarme a dejar mi privilegiada visión en la grada y bajar al mogollón del albero, donde la energía y la celebración eran mucho más intensas. “¿En qué está pensando esta señora?” me pregunté. “¿Acaso no ve que sólo soy un niño de 11 años sin compañía adulta? ¿Cómo me ve capaz de analizar las pegadizas coreografías rodeado de sudorosos botarates?”. Arrepentido de haber entablado contacto con ella, le sonreí fríamente mientras negaba con la cabeza, como cuando pasas de echar calderilla en la caja de puros de un acordeonista callejero rumano.

Y es que “La Decada Prodigiosa” merecía toda mi atención. Me chiflaban. No veía que eran poco más que una orquesta de verbena de pueblo fusilando éxitos populares a golpe de middle con arreglos cuatropeseteros. Para mí eran lo más. Dos chicos y dos chicas bailando al más puro estilo animador de resort turístico mediterráneo. Tenía todas sus cintas. La de “Lo mejor de los 60”, la de”Lo mejor de los 70” y la de “Lo mejor de los 80”. Los años 90 estaban a la vuelta de la esquina. Caí en la cuenta angustiosamente. ¿Qué futuro les deparaba? Tras un apuradísimo “Lo mejor de los 80 volumen 2” poco más se supo. En un vano intento de reciclaje musical y tras varios cambios en la plantilla (rollo Destiny´s child) volvieron bajo el agorero nombre de “La DecaDance”. Les salió el jueguecito de palabras por la culata. Fue la estocada final. 0 points.

Escrito por Natxoman | 13:9h | 4 comentario(s)
sábado, 10 de mayo de 2008

Friss Friss

Venga y venga de pulverizar
Venga y venga de pulverizar

Lo que son las cosas. Las dos últimas veces que Madonna ha publicado un álbum, voy yo y me mudo de casa. Recuerdo perfectamente cómo martiricé a mis tres nuevos compañeros (heteros) de piso mientras amueblaba y adecentaba, al ritmo del “Confessios on a dancefloor”, el que ha sido mi dormitorio los últimos 3 años. Una vez más, he sentido la llamada de la reinvención camaleónica. No es que me vaya a injertar un bollo suizo de Zuricalday en cada pómulo como ha hecho ella. No. He decidido emprender mi aventura en solitario. Así que aquí me encuentro, en mi flamante y accesible nuevo pisazo, escribiendo en un salón sin amueblar al ritmo de “Hard candy”, el nuevo disco de Madonna.

Voy en busca de la libertad, y la soledad es una variable dependiente en el éxito de mi proyecto. La soledad conlleva grandes ventajas, además de las asociadas al nudismo doméstico indiscriminado y la intensidad de las onomatopeyas en los encuentros sexuales. Ahora tengo la total libertad de usar una serie de artículos del hogar de la que antes no gozaba. Son lo que yo denomino "productos eyaculadores".

Siempre he querido tener mi propia casa para plantar en el enchufe del salón uno de esos ambientadores eléctricos que perfuman tu hogar con la regularidad deseada. Desconozco si en la balanza de la neurosis, la ilusión capitalista que me inspira este producto va a ganar la batalla por mucho tiempo a la hipocondría de pensar en las alteraciones cardio-respiratorias derivadas de una continua inhalación de sustancias químicas. Otro producto eyaculador que me fascina es el de la pastillita de gel aferrada al retrete que, con cada descarga de la cisterna, tiñe el agua de un color hiper-artificial ¿Permitiré que cumpla su cometido o lo retiraré en un arranque de conciencia ecológica? Voy a pedir a los Reyes Magos un lavaplatos para poder consumir los nuevos y revolucionarios ambientadores eyaculadores de limón que hacen de cada lavado una fiesta cítrica sin parangón.

Mi entusiasmo por los productos eyaculadores se desvanece con los líquidos desatascadores que compras, desprecintas y viertes por el desagüe sin ningún aliciente asociado. Yo soy más de negar lo que acaece en las cloacas y submundos de la sociedad del bienestar. Todos esos afluentes de putrefacción que discurren justo por debajo de la avenida perfectamente pavimentada que separa mi casa del más cercano Carrefour.

Escrito por Natxoman | 13:44h | 6 comentario(s)
viernes, 11 de abril de 2008

Sota, Caballo y Rey

Mi abuela en su kilométrico pasillo
Mi abuela en su kilométrico pasillo

A pesar de que cualquiera que haya compartido mantel conmigo pueda dar buena cuenta de que tengo un apetito voraz, de crío no comía nada. Sí. Era el clásico hijo pequeño pegado a las faldas de ama con serios problemas de adaptación a otros hábitos alimenticios. Esencialmente me alimentaba a base de croquetas, patatas fritas, pechuga de pollo y todo tipo de dulces no derivados de la fruta. Lo que mi abuela denominaba Sota, Caballo y Rey. Ahora entiendo el papel fundamental que mi abuela cumplió en la consolidación de mi personalidad. Cuando iba a pasar algunos días con ella, siempre respetaba mi menú con la firmeza de una entrenadora china de gimnasia rítmica. Jamás puso un pero, ni cuestionó mis gustos. También guardaba con celo una muñeca Barbie con docenas de retales de sus labores para que pudiera jugar a ser el Enfant Terrible de la moda de Mattel. Mi abuela me ofreció un cálido oasis de seguridad donde uno estaba tranquilo y contento de ser quien era.

Mi madre, La Txiki, se moría de la preocupación. Mi hermano Iván había sido un niño bien comido, rubio platino y fastuosamente guapo. A pesar de mi hipercalórica dieta, yo era más rollo “heroin-chic”, . Moreno, pálido y escuálido. La caída de los dientes de leche aumentó el efecto vampírico. Miss Transilvania. Alarmada e impotente, mi madre decidió consultar con una pediatra. Me realizó un completo estudio, incluyendo una prueba que yo consideraba a todas luces innecesaria. Con unos hipoalergénicos guantes de látex, me desnudó e intentó retirarme la piel del prepucio. La patada que recibió la buena mujer en pleno seno derecho le debió de hacer cuestionar su vocación doctoral durante unos cuantos días. Volví a casa ultrajado pero arrepentido por mi violento comportamiento. Frente al espejo del baño, alcé el puño cerrado y tirándome el moco Hollywoodiense, juré: A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a rebelarme si alguien amaga con tocarme el miembro.

Una de las manías alimenticias que persisten sólidamente a día de hoy es la de no masticar nada de carne en forma de polla. Salchichas y embutidos. Me resisto a hincarle el diente a nada fálico. Es como respirar debajo del agua. Tal vez sea porque al más puro estilo de la Electra Freudiana, no pueda evitar pensar en mi propia castración. Rebuscando en mi infancia para dar con el episodio traumático original, recuerdo que una compañera de clase trajo una revista porno. Señalando el miembro rojizo y morcillón de uno de los modelos, sentenció: Es como las salchichas que ponen en el comedor todos los jueves. Desde entonces, nada de salchichas. Y a Dios pongo por testigo nuevamente.

Os lo tengo dicho. La versatilidad y la flexibilidad son la clave de la felicidad. De un tiempo a esta parte vengo poniendo en práctica esta afirmación. Por X circunstancias (sabrosas) de la vida, estoy aprendiendo que nuestras manías son directamente proporcionales a nuestra testarudez. Por ejemplo, a pocos días de cumplir 30 años, he bajado la guardia y he empezado a comer tomate. Buen chico.

Escrito por Natxoman | 10:34h | 8 comentario(s)
lunes, 24 de marzo de 2008

Narciso online

¿Activo, pasivo o versatil?
¿Activo, pasivo o versatil?

Todo en esta vida no se puede. He llegado a la conclusión de que si todavía no he dado la campanada en este mundo en alguna de las áreas artísticas con las que coqueteo, es porque la cabeza no me da más de si. El espacio libre al desarrollo de ambiciones en el disco duro de mi cerebro se ha agotado, y todo por un archivo descomunal en el que almaceno y proceso toda una ingente cantidad de información absurda. Datos inútiles acerca de ceremonias de los Oscar, Festivales de Eurovisión, concursantes de reality-shows y demás bazofia que pudiese engullir a través del embudo televisivo.

Para asegurar el rendimiento de nuestra memoria resulta de lo más útil confiarle todos nuestros secretos y vericuetos a una persona de máxima confianza. Este es el caso de mi inmejorable amiga Mirakle, el pen-drive de mi corazón. Ella fue la que hace unos días me recordó una anécdota que por su contenido picantillo y su tinte agridulce resulta tan 100% Natxoman, que no puedo más que compartirla con vosotros.

Se trata de la clásica historia de amor imposible (revisited). Me hallaba yo enfrascado en el ligoteo online. Coincidí en un chat con un muchacho cuya descripción física parecía encajar bastante con mis gustos. Además parecía un tipo simpático. Nos retiramos a una más confiada conversación en el messenger. Con ánimo de ponerle cara (entre otras cosas) a mi interlocutor, le pedí una foto. Afirmó no tener ningún problema y me envió una. Al abrir el archivo, quedé estupefacto. Su mirada, su nariz, ese rictus de simpatía con cierto toque de soberbia me resultaron más que familiares. Era, a fin de cuentas, YO. Me estremecí en la silla como Nicole Kidman lo hiciera en "Los otros" al descubrir que era un espíritu. ¿Había muerto y a través de un nudo espacio-temporal tipo Matrix estaba ligando conmigo mismo? Valiente caradura, el muchacho.¡Había llegado a su poder una de mis fotos y tras usurpar mi identidad visual estaba puteando en el chat!

Esta anécdota, que guarda ciertas similitudes con la experiencia que tuvo Narciso al ver su propia imagen reflejada en la superficie del agua, conlleva su moraleja: Al loro con Internet. Que se lo digan al pobre Angel , uno de los concursantes más característicos de “Fama ¡A bailar!”, de quien circula un video en el que el apuesto muchacho se hace una manola vía cam. Visto lo visto, espero nunca dar la campanada. Hay demasiado material comprometido mío como para arruinar (¿o encumbrar?) la carrera más prometedora.

Escrito por Natxoman | 13:20h | 6 comentario(s)