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En la fotografía de velados colores, lo que delata su ochentera procedencia, aparece un pálido muchacho de ojeras y pelo oscuro, con un chaleco de lana roja y una pajarita roja con lunares blancos que su encantadora madre ha confeccionado para él. El niño sonríe frente a su tarta de cumpleaños y exhibe, sin inseguridades de adulto, su única paleta.
Recuerdo con nostalgia, sentimiento tan reconfortante como deprimente, las fiestas que mi servicial madre preparaba. Ni el más descastado de los hijos habría podido evitar caer rendido en los tibios brazos del Edipismo ante los halagadores cuidados de La Txiki. Toda suerte de chucherías sobre la mesa. La más paciente y cálida sonrisa para todos los diminutos e inquietos invitados que invadían su casa. Los últimos años incluso preparábamos durante días versiones domésticas de populares concursos televisivos como “La ruleta de la fortuna”, con paneles de cartulina y una mesa camilla como ruleta. Ganara quien ganara, todos los invitados sin excepción recibían un pequeño obsequio y una vez más proclamaban mi fiesta como la mejor.
Pero todo aquel colorín ocultaba una gris realidad que yo no compartía con nadie. En el colegio tan sólo me relacionaba con niñas. Los chicos eran individuos desconocidos e insultantes por los que me sentía dolorosamente inseguro, amenazado pero atraído. Al acercarse la fecha de mi cumple, debía elaborar una lista de invitados de un máximo de doce personas y por más que lo desease, temía presentarme en casa con doce niñas. No quería disgustar a mi madre. Temía que ello evidenciase mi homosexualidad y la avergonzase. Decidí invitar a tantos niños como niñas, con el subsiguiente problema. Debía descartar amigas no tan íntimas para invitar a chicos a los que no me unía ningún lazo de afecto. Ellos, aunque extrañados, aceptaban la invitación por no perderse tal esperado acontecimiento, aunque nunca sirvió para que tuviera una relación más cercana con ninguno.
A mis 31 años pienso: “¡Qué asco!” Me asquea que un enano de diez años piense en otra cosa que no sea pasárselo en grande el día de su cumple. Me encantaría poder hacer algo para evitar que eso pase, pero se que las silenciosas luchas intra-psíquicas de los niños son castillos mucho más infranqueables de lo que los adultos nos creemos.
Escrito por Natxoman | 12:24 | ComentarUy, a mí lo que me pasaba es que cuando íbamos de viaje de estudios no me dejaban compartir habitación con mis amigas y menudo follón para encontrar un chico.
Enviado por equisy | 2009-10-13 21:39Anyway, tus cumpleaños siguen siendo ahora tan divertidos como los que te preparaba la Txiki y sin conflictos intrapsíquicos.
La ruleta de la fortuna? voto por ello para tu próximo cumple
Te has olvidado de Chicho Iván Serrador. Yo llevaba la cámara y luego ponía en la tele las imágenes de tus amiguitos y amiguitas, que se descojonaban o sufrían ante las burlas de los demás.
Un asco lo que comentas, sí, pero aquellos cumples fueron la crema de la crema.
Aquellos cumples eran el acontecimiento anual al que TODOS/TODAS queríamos ir.
No eras nadie si no estabas invitado. Y nunca he visto tanta dedicación como el de la Txiki.