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miercoles, 20 de febrero de 2008

Prendas delicadas

Lo que me faltaba
Lo que me faltaba

Aunque soy un hombre de lo más obsesivo, que lleva a cabo toda clase de rituales con nada flexibles liturgias personales, nunca he dado gran importancia a las supercherías populares. Los gatos negros me producen la misma indiferencia que los blancos. Jamás pisaría un escenario vestido de amarillo, ni de ningún otro color, por la simple razón de que sufro de un agudo miedo escénico. Ni doces más unos, ni saleros derramados. Eso sí; tengo la más firme convicción, apoyada en mi absurda experiencia empírica, de que hay ciertas prendas asociadas al buen o mal sino.

La maldición del calcetín mojado es todo un clásico. No hace referencia al fenónemo poltergeist que Andy Warhol definió en su magistral libro “mi filosofía de la A a la B y de la B a la A”, según el cual impepinablemente en cada colada pierdes un calcetín que queda desparejado. Me refiero a todas aquellas (malditas) veces en las que arropado y estúpidamente confiado por el calor de tu hogar, entras en la cocina o en el baño con tus piececitos cubiertos únicamente por tus más domésticos calcetines. Entonces, irremediablemente, pisas la única junta de baldosas que aún no se ha secado. Tu calcetín absorbe todo el agua con la avidez de un nómada tuareg, catapultándote al exilio de la comodidad casera. ¡Maldición! Esa es la palabra que te exorciza de la mini-putada diaria.

Yo no gano para disgustos, ni para bañadores. Mucho menos para los disgustos que me chupo cada vez que me olvido el speedo en las duchas de la piscina. Recientemente subastaron un bañador que Nicole Kidman se olvidó en Suecia en 2002 durante el rodaje de Dogville por unos 1.700 euros para la compra de nueve vacas indias. No se si con tan sacros propósitos, pero debe de haber media docena de fetichistas frotándose las manos y aguardando a que me convierta en una celebrity para vender mis negros farda-huevos. Yo es que me quito la ropa y pierdo la noción del tiempo y el espacio. Es la única explicación que encuentro a mi despiste polideportivo.

La otra agridulce cara de la moneda la forman mis leotardos de la suerte. Hasta en 3 ocasiones he salido en especialmente frías noches de invierno dispuesto a darlo todo y no precisamente a cambio de nada. Es matemático. Siempre pillo. En la borágine del calentón no resulta tan patético despojar a un hombre atractivo de unos leotardos de colegiala carmelita. Verle calzándoselos tras acabar la faena es otra cosa. Dicen que una sólida autoestima no abdica ante el qué dirán y vive con la esperanza de ser querida tal como es. Si les gusto, no me juzgarán por verme en páteticos leotardos, pensé. Ninguno de ellos me pidió matrimonio. Mala suerte.

Escrito por Natxoman | 23:35 | Comentar

Comentarios

jajajajajaja
nada que añadir

sublime!

Enviado por vernie | 2008-02-21 14:51

arrampla con todo

creo que es uno de tus textos con los que más me he reido. Si me echan del curro por ello te haré culpable de todo aunque, mejor pensado,cuando te hagas celebrity, que está al caer, pienso vivir de las rentas.
¿Y que me dices del cinturón de Gucci que perdiste en quién sabe que faena de las tuyas? seguro que se lo encontró la misma zorra que tendrá todas las gafas de sol luxury que he perdido yo en mi vida.

Enviado por mirakle | 2008-02-21 16:14

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