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viernes, 3 de julio de 2009

Nuts

Lo mismo te dicen
Lo mismo te dicen "te quiero" que "me cago".

Las once de una calurosa mañana veraniega en un vagón de metro. Una mujer de mediana edad toma asiento frente a mí. En un ademán apresurado, echa un vistazo a su imagen reflejada en el cristal de la ventana. Parece estar pasando lista a todos los elementos faciales necesarios para afrontar la jornada, como si temiese haber dejado alguno olvidado en casa: Flequillo, cejas, pendientes, lápiz de labios... Pero me doy cuenta de que evita mirar detenidamente a sus ojos. Huye de su propia mirada; lo más singular, llamativo e incluso alarmante de su persona. Tensa, cansada y vidriosa. Instintivamente, me viene a la mente una sentencia que repito en no pocas ocasiones. “Esta tía se medica”.

Suena mi teléfono móvil y el sonido parece despertarla de alguna hibernación dopaminérgica. Arrancada de su standby farmacológico y arrojada a la realidad, me brinda una mirada de molestia, generosa en desaprobación. Yo, que rara vez me amilano ante los desaires de una desconocida psicótica, mantengo la vista fija en ella, en clara declaración de desafío, mientras hablo por teléfono con mi madre. Al adentrarnos en un túnel, pierdo la señal. Marco la tecla de rellamada, pero ella pierde la paciencia. “No marques”, me dice. Yo no doy crédito. “¿Perdona?”, tengo a bien contestar. “Que no marques” insiste; y apostilla.“La maquina al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la maquina”. Acabáramos. “Una de dos”, pienso. “O su patología viene perlada de los clásicos argumentos filosóficos de tres al cuarto o esta mujer ha tenido una nefasta experiencia con el contrato de permanencia de su operador de telefonía móvil”.

Retomo la conversación telefónica. Ella comienza a respirar profunda y entrecortadamente con los ojos cerrados. Parece estar invocando a un espíritu ancestral que pueda dotarle de los poderes propios de un inhibidor de frecuencias. La sintomatología empieza a pasarse de castaño oscuro. Llegado a mi parada, cuelgo y me dispongo a abandonar el vagón. Al abrirse las puertas, la buena mujer se planta a mi lado y con una amplia sonrisa me pregunta qué salida debe tomar para acceder a cierta calle. Sus ojos derrochan buenas intenciones y amnesia a partes a iguales. Su capacidad de negación de nuestra reciente y manifiesta animadversión me deja flaseado. Tras mi indicación, se muestra muy agradecida. Subiendo las escaleras, noto que alguien tira de la pernera de mi pantalón para llamar mi atención. Bajo la vista y allí permanece ella: “El naranja” dice, señalando mi camiseta. “Es el color de la felicidad”. “Aha”, afirmo con estupor. Pienso en echar a correr, pero no precisamente para desvelar la superchería cromática que me había sido revelada. La gente, que está jamada.

Escrito por Natxoman | 12:48h | 66 comentario(s)