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Tras un vuelo transoceánico, no hay nada más reconfortante que me recoja en el aeropuerto mi novio, de brazos abiertos, con una preciosa sonrisa como bienvenida, una pícara promesa en el brillo de los ojos y un plan sorpresa. Su objetivo, pasar las próximas 48 horas juntos en acogedoras suites y circuitos spa con motivo de su cumpleaños.
En primer lugar, nos sometimos plácidamente a toda una suerte de chorros, burbujas, surtidores y cascadas en canica picada. Éramos los únicos en el recinto y el borbor subacuático permitía un más que discreto chapoteo free-style. Después, unas prudentes muchachas nos acompañaron a nuestras respectivas cabinas. Mi servicial masajista tendió un objeto no identificado (plegado y envuelto) sobre mi camilla. “Póngaselo, por favor; yo vuelvo enseguida” dijo, antes de cerrar la puerta silenciosamente. Desenvolví aquello, hecho de celulosa y gomas elásticas. En un principio pensé que era un antifaz, pero su gran tamaño me hizo dudar. Tal vez se trataba de un gorro de ducha. Pero su caprichoso diseño no cubriría las orejas, ni los lados de la cabeza. Enseguida di con su utilidad anatómica real. Era una especie de taparrabos desechable. Tragué saliva. Imaginarme tendido en aquella garita, remojado como un pollo, con semejante descorazonador atuendo, encendió mi piloto luminoso de la vergüenza con insistencia alarmante.
Con las manos hábiles de la masajista sobre mis piernas, intenté sustituir la incomodidad que sentía por cierto remanso de paz en mí. Me concentré en inmaculada nieve cayendo lánguidamente, varas de junco, nenúfares bajo la escarcha. Lo conseguí, me evadí. Pero siempre que la masajista ascendía en su relajante trazo hasta la altura de mis nalgas, volvía en mí. “¿Serán mis glúteos sensibles de ser relajados también?” pensaba. Pero no lo fueron.
Una vez concluido el masaje, salimos ligeros como plumas de aquellos cubículos del relax. Nuestra media sonrisa expresaba todo el placer que aun cosquilleaba por nuestro cuerpo. Pero tal semblante se esfumó en el vestuario, al descubrir que los señores glúteos de Alex bien que fueron sensibles de ser relajados. Me salía humo por las orejas. ¡Menuda injusticia! Todo un torbellino de sentimientos encontrados se arremolinó en mi pulso adormecido. ¿Era mi masajista más remilgada que la fresca de la “manos largas” de su compañera? ¿O acaso la falta de tono muscular y mis cartucheras me convertían en un monstruo despreciable? Alex se reía de aquellas elucubraciones. Viendo cómo se vestía enérgicamente, concluí que yo tampoco dejaría pasar la oportunidad de toquetear sus robustas, kilométricas e irresistibles piernas hasta donde hiciera falta. Resulta tan satisfactorio cuando, con sólo mirarle de reojillo, me convierte en un viejo verde.
Escrito por Natxoman | 23:58h | 59 comentario(s)