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En esta vida todo es un toma y daca. En nuestro reciente viaje a Nueva York, mi hermano y yo lo pusimos en práctica. Él fingía no estar sufriendo un fatal ataque de claustrofobia en los grandes almacenes. A cambio, yo le acompañé al museo Guggenheim. Fue una experiencia agotadora. Menos mal que al final de la espiral ascendente del interior del museo, nos esperaba una video-instalación de relativo interés, pero compuesta de unos pufs hiper-apetecibles. Unos mastodónticos y reconfortantes pufs donde poder tumbarte y, por ejemplo, caérsete el móvil del bolsillo del pantalón.
La tragedia consiste en darte cuenta de ello en la habitación del hotel, a docenas de manzanas de distancia. Tras un inútil intento de ponerme en contacto con el departamento de “Lost&Found” de la pinacoteca (la locución que escuché no tenía el más mínimo espíritu de colaboración), decidí ir en busca del Nokia perdido. Me enfundé el abrigo y salí a la calle, no sin antes comprobar en el mapa cual era la avenida más conveniente para coger un taxi. Ni lo alarmante de la situación, ni la indefensión propia del turista paleto en la megalópolis iban a frenar mi natural tendencia a dármelas de listo. Fue inútil. Jamás accedí a ella. Estresado, no conseguía avanzar. La gente se interponía en mi camino. Era como Enrique Iglesias en uno de sus videos. A cámara lenta, todo el mundo parecía ir en dirección contraria a mí y la chica se escapaba ante mis ojos. Ante mis abobados e impotentes ojos de Enrique Iglesias. A mi alrededor, judios ortodoxos entrando y saliendo de tiendas de compra-venta de diamantes. Cuando por fín consigo asomarme a la avenida, estaba tomada por la policía. Completamente escudada de vallas metálicas. ¿Qué demonios estaba pasando a las 16:45 del 3 de Diciembre en la 5º avenida? El encendido de las luces del árbol de navidad del Roquefeller Center. “Great!” me dije, de vuelta al hotel, tras tirar la toalla.
Al día siguiente, me planté en el Guggenheim con la cara de niño bueno que pongo a la gente de la que necesito un esfuerzo extra para salvarme el culo. ¡Bingo! El amable conserje cuarentón custodiaba mi teléfono. Mientras firmaba, exultante, un documento de entrega, me preguntó de qué parte de España provenía. Todos los estereotipos sobre la ignorancia geográfica del estadounidense medio se pusieron en funcionamiento. “Será inútil explicárselo” me dije. Aun así, contesté desesperanzado “I´m from Bilbao, in the Basque Country, in the north, you know?. En mi arranque de despotismo había pasado por alto un pequeño dato gracias a el cual el bienintencionado hombre podía tener una ligera idea de mi origen. Un dato de 11.000 metros cuadrados llamado Guggenheim Bilbao Museoa. “Sure” contestó “There´s a Guggenheim museum there too, isn´t it?”. A lo que añadí sonriente “There is. Actually” mientras me esforzaba por no proyectar el auto-concepto de retrasado mental que me cantaba.
Esa misma tarde intenté insuflarme un poco de sensación de suficiencia y renovado esnobismo haciendo jogging alrededor de Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir en Central Park. En el taxi de vuelta al hotel, anocheciendo, observé las fastuosas fachadas de Manhattan. Sonreí, empapado de sudor, consciente de ser un minúsculo testigo de una ciudad a la que resultaba rematadamente insignificante.
Escrito por Natxoman | 23:23h | 62 comentario(s)