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sábado, 6 de septiembre de 2008

Deshonra

Hace falta ser choni...
Hace falta ser choni...

Mi psicoanalista me anima a que invierta toda la energía que dedico a sufrir y denunciar la mediocridad de los demás en pulir ciertas asperezas de mi personalidad. Cuando me lo dijo, pensé que la noche anterior había visto la enésima reposición de “El silencio de los corderos” en Canal Satélite Digital. En cierto momento álgido del metraje, Clarice Starling le viene a Hanibal Lecter con la monserga de la paja, la viga y los ojos. Consciente de que rogarle que no me viniera con tópicos equivalía a darle la razón, sonreí y me puse manos a la obra. Pero piano, piano. De todas las cosas que detesto de mi self, he aquí las que menos conflicto me causa reconocer.

Odio mi letra. La considero del todo bochornosa. Menuda y atropellada, propia de una niña perezosa. Desearía escribir con el trazo viril y autosuficiente de un honorable académico de posguerra, o con el de una mujercita lozana y esmerada. Pues no. Escribo como la amiga torda de la mejor estudiante de la clase. La típica pazguata gafosa a la que siempre pillan copiando.

Mi firma corona la mediocridad de mi caligrafía. Un churro oval terminado en flecha desairada, carente de esos envidiables giros inverosímiles, tan barrocos y enérgicos. En su diseño original, que data de 1990, pretendía ser una N engarzada en un símbolo del genero masculino. Con las ínfulas iconográficas de un Prince de segunda regional y afectado por la maldición del arquitecto Santiago Calatrava, el resultado dejó mucho que desear. Una vez tuve que firmar un documento a mi padre. Al ver semejante despropósito, se puso hecho un basilisco. Frases lapidarias como “¡Con ese garabato impresentable no puedes ir a ningún sitio!” o “¡Te van a robar todo el dinero del banco, chaval!” mi padre minó mi autoestima; y con toda la razón. Una cosa era aceptar mi manifiesta e innegable homosexualidad. Pero tolerar que uno de sus vástagos, sangre de su sangre, fuera por ahí con tal chapucera y pueril rúbrica, era demasiado pedir a un hecho y derecho hombre de negocios patriarcal.

Mi modo de comer es tres cuartos de lo mismo. No hace falta ser Montignac para comprender que mi facilidad para coger kilos se alimenta de mi atropellada y ansiosa forma de deglutir. Me avergüenzo al comprobar como invariablemente soy el primer comensal en terminar de dar buena cuenta de mi plato. Engullo con fiereza y apetito insaciable. Soy goloso con alevosía. Desearía ser la clase de persona que se deleita largo y tendido saboreando los alimentos pacientemente. Aunque con tener la costumbre de masticarlos me conformaría.

Hice dos preguntas a mi psicoanalista: ¿Estaba proyectando en mi grafismo cierto complejo de inferioridad asociado a mi orientación sexual? ¿Mi nula capacidad de frustrar temporalmente la inmediata satisfacción de mis necesidades podría llevarme a la bulimia u otro trastorno alimenticio? Sonrió, exhaló y me dijo que no fuese tan duro conmigo mismo. ¿En qué quedamos? Así andamos todo el santo día.

Escrito por Natxoman | 17:58h | 8 comentario(s)