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Existe un mecanismo de uso muy extendido para hacer frente al temor o, en muchos casos, convicción de que los demás vayan a tener una opinión negativa sobre uno. Consiste en adelantarse a su juicio y exponerlo abiertamente, en voz alta. Algo así como entrar en una habitación repleta de desconocidos y soltar un acelerado “Hola, me llamo Natxo y, efectivamente, tengo un innegable granazo descomunal en la nariz”. Pongámoslo en práctica. Comenzaré por el final. Conclusión: Estoy amargado; soy un carroza o un snob. Táchame de lo que quieras. Por severo que sea tu agravio, habrá sido ecuánime. Eso sí, no pretendas que disfrute de las Fiestas Populares.
¡No puedo con ellas! Se me pasó el arroz; y eso que he sido un acérrimo defensor del día de Paellas getxotarras. No experimento ninguna satisfacción al beber litros de brebajes alcohólicos, drenados finalmente contra puertas de garaje. Entre abrirme camino a través de una horda de sudorosos borrachuzos u ofrecer en sacrificio mi corazón latiente al sumo sacerdote de la tribu de “Indiana Jones en el templo maldito”, prefiero lo segundo, por su marcado componente exótico y antropológico. Las fiestas populares brindan una inigualable oportunidad de reencontrarte con viejos conocidos que hace años no saludas. Razón de más para quedarse en casa. Siendo un marco tan supuestamente distendido, pocos parecen haber superado esa presión protocolaria del “¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!” y demás entradillas de conversación de ascensor. Yo sufro un handicap añadido. Siendo el maricón del colegio, todos recuerdan mi nombre y yo no nunca recuerdo los suyos. Que si Natxo por aquí, que si Natxo por allá y yo callado como una puta. Me llena de culpabilidad (y satisfacción).
Creo fervientemente que el asunto se agrava en esta Comunidad Autónoma y que existe un feismo institucionalizado con gran arraigo popular. Tal vez esté influenciado por las formas contundentes, frías y austeras de los emblemáticos artistas vascos; o motivado por la animal brabuconada testosterónica subyacente en nuestro folklore. Sea como fuere, me espanta. Llegué a esta conclusión en las pasadas Fiestas de Algorta. La plaza de San Nicolás estaba atestada de gente con aparente alergia a la belleza, la compostura o la sutileza. Pensé que empleaban un curioso mecanismo para obtener placer de la fealdad. Cuanto más sudados estén, cuanto más Kalimotxo se derrame sobre su ropa, cuanto más roña cubra sus pisamierdas al llegar a casa con la boca pastosa, cuanto más empujones rollito ska se den o cuanto menos les favorezcan las sudaderas con las camisetas borrokoides y las faldas de arrantzale, más satisfechos estarán. Por supuesto el Dj les obsequiaba con su más fea música feista: Furra-furra, rockeradas e incluso un tema de corte terrorista, a cuyo ritmo bendije no vivir en USA. Aferrándose a la segunda enmienda, más de uno de los allí presentes estaría alicatado de munición hasta los dientes. Aitaren, semearen eta Ispiritu Santuaren izenean, Amen.
No aspiro a que cuelguen una bola de discoteca y me deleiten con filigranas sonoras mientras inmaculados ciudadanos de sonrisa resplandeciente perfeccionan sus coreografías. Tan sólo abogo por iluminar un poco el oscuro modus-festejandi. Less guns and more roses.
Escrito por Natxoman | 16:44h | 9 comentario(s)