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viernes, 11 de abril de 2008

Sota, Caballo y Rey

Mi abuela en su kilométrico pasillo
Mi abuela en su kilométrico pasillo

A pesar de que cualquiera que haya compartido mantel conmigo pueda dar buena cuenta de que tengo un apetito voraz, de crío no comía nada. Sí. Era el clásico hijo pequeño pegado a las faldas de ama con serios problemas de adaptación a otros hábitos alimenticios. Esencialmente me alimentaba a base de croquetas, patatas fritas, pechuga de pollo y todo tipo de dulces no derivados de la fruta. Lo que mi abuela denominaba Sota, Caballo y Rey. Ahora entiendo el papel fundamental que mi abuela cumplió en la consolidación de mi personalidad. Cuando iba a pasar algunos días con ella, siempre respetaba mi menú con la firmeza de una entrenadora china de gimnasia rítmica. Jamás puso un pero, ni cuestionó mis gustos. También guardaba con celo una muñeca Barbie con docenas de retales de sus labores para que pudiera jugar a ser el Enfant Terrible de la moda de Mattel. Mi abuela me ofreció un cálido oasis de seguridad donde uno estaba tranquilo y contento de ser quien era.

Mi madre, La Txiki, se moría de la preocupación. Mi hermano Iván había sido un niño bien comido, rubio platino y fastuosamente guapo. A pesar de mi hipercalórica dieta, yo era más rollo “heroin-chic”, . Moreno, pálido y escuálido. La caída de los dientes de leche aumentó el efecto vampírico. Miss Transilvania. Alarmada e impotente, mi madre decidió consultar con una pediatra. Me realizó un completo estudio, incluyendo una prueba que yo consideraba a todas luces innecesaria. Con unos hipoalergénicos guantes de látex, me desnudó e intentó retirarme la piel del prepucio. La patada que recibió la buena mujer en pleno seno derecho le debió de hacer cuestionar su vocación doctoral durante unos cuantos días. Volví a casa ultrajado pero arrepentido por mi violento comportamiento. Frente al espejo del baño, alcé el puño cerrado y tirándome el moco Hollywoodiense, juré: A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a rebelarme si alguien amaga con tocarme el miembro.

Una de las manías alimenticias que persisten sólidamente a día de hoy es la de no masticar nada de carne en forma de polla. Salchichas y embutidos. Me resisto a hincarle el diente a nada fálico. Es como respirar debajo del agua. Tal vez sea porque al más puro estilo de la Electra Freudiana, no pueda evitar pensar en mi propia castración. Rebuscando en mi infancia para dar con el episodio traumático original, recuerdo que una compañera de clase trajo una revista porno. Señalando el miembro rojizo y morcillón de uno de los modelos, sentenció: Es como las salchichas que ponen en el comedor todos los jueves. Desde entonces, nada de salchichas. Y a Dios pongo por testigo nuevamente.

Os lo tengo dicho. La versatilidad y la flexibilidad son la clave de la felicidad. De un tiempo a esta parte vengo poniendo en práctica esta afirmación. Por X circunstancias (sabrosas) de la vida, estoy aprendiendo que nuestras manías son directamente proporcionales a nuestra testarudez. Por ejemplo, a pocos días de cumplir 30 años, he bajado la guardia y he empezado a comer tomate. Buen chico.

Escrito por Natxoman | 10:34h | 8 comentario(s)