Menuda rabia da cuando tu cuerpo aborta la misión en mitad de un estornudo. La misma rabia tenía yo hace un par de semanas. Andaba de bajón. Me conozco perfectamente. Necesitaba ponerme a llorar; cerrar el ciclo del dolor. Aunque de desequilibrados esté el mundo lleno, el ser humano posee un mecanismo autorregulador mediante el cual el organismo mantiene cierta homeostasis o equilibrio. Igual que el kettle donde hiervo el agua para mis infusiones, que se desconecta al alcanzar cierto número de grados. Si no se saltasen los plomos de nuestros hogares, el exceso de energía podría resultar letal. Después de la tormenta emocional llega la calma. Es decir, si no rompía a llorar, no iba a conseguir levantar el vuelo e iba a arrastrar esa melancolía toda la jornada. Ni hablar del peluquín, me dije.
Misión: llorar. Mi primera baza no fue pensar en ningún niño del tercer mundo rebuscando en un inmenso vertedero. Pensé en los discursos de aceptación de las ganadoras del Oscar. Puedo estar impertérrito fingiendo escuchar las calamidades de algún amigo, evacuando por el oído derecho las palabras que se van colando por el oído izquierdo. Pero con los discursos de agradecimiento soy todo empatía. Siento la misma ilusión que ellas sienten. Al oír su nombre escrito en el sobre. Al subir la escalinata con el vestidazo. Al dedicárselo a sus padres allí presentes. Yo pienso en el orgullo de mi madre, la Txiki, al verme ganar un Oscar y se me saltan las lágrimas. Generalmente. Esta vez no dio resultado.
Me pasé al lado oscuro. Al parricidio. ¿Y si muriese mi madre? Edipismos aparte, mi madre es la mujer más fantástica del mundo. Su ausencia sería dolorosamente insoportable. Dolor. Dolor. Nada. Ni una gota brotaba de mí. Recurrí a algo más catastrófico. Algo que cambiase drásticamente el curso de los acontecimientos e hiciese mella en gran número de victimas inocentes. Pensé en mi muerte. Caput Natxoman. Imaginé mi funeral. La devastación en vuestros rostros. El lamento colectivo al escuchar a un coro de Gospel cantar “Like a prayer” de Madonna en la catedral; retransmitido en pantalla gigante para los desafortunados que no consiguieron un asiento, apelotonados a las puertas del santuario. Ni por esas.
Mi ánimo estaba echando un pulso a mi férrea voluntad por llorar. ¿Con que esas tenemos, eh? Me puse un chándal y me calcé, seguro de asestar el golpe letal, directo a la boca del estómago. Me fui a Burger King. Sólo. A las cinco y media de la tarde. No hay nada más auto-punitivo que un almuerzo anómalo a una hora irregular, mal vestido y sin compañía. Me saqué unas fotos con el temporizador para ser más consciente de la patética estampa. Fue en vano. Tiré la toalla. De camino a casa me entró un ataque de risa recapitulando las soplapolleces que pensé e hice. Fue un día fantástico.
Escrito por Natxoman | 19:40h | 65 comentario(s)
Aunque soy un hombre de lo más obsesivo, que lleva a cabo toda clase de rituales con nada flexibles liturgias personales, nunca he dado gran importancia a las supercherías populares. Los gatos negros me producen la misma indiferencia que los blancos. Jamás pisaría un escenario vestido de amarillo, ni de ningún otro color, por la simple razón de que sufro de un agudo miedo escénico. Ni doces más unos, ni saleros derramados. Eso sí; tengo la más firme convicción, apoyada en mi absurda experiencia empírica, de que hay ciertas prendas asociadas al buen o mal sino.
La maldición del calcetín mojado es todo un clásico. No hace referencia al fenónemo poltergeist que Andy Warhol definió en su magistral libro “mi filosofía de la A a la B y de la B a la A”, según el cual impepinablemente en cada colada pierdes un calcetín que queda desparejado. Me refiero a todas aquellas (malditas) veces en las que arropado y estúpidamente confiado por el calor de tu hogar, entras en la cocina o en el baño con tus piececitos cubiertos únicamente por tus más domésticos calcetines. Entonces, irremediablemente, pisas la única junta de baldosas que aún no se ha secado. Tu calcetín absorbe todo el agua con la avidez de un nómada tuareg, catapultándote al exilio de la comodidad casera. ¡Maldición! Esa es la palabra que te exorciza de la mini-putada diaria.
Yo no gano para disgustos, ni para bañadores. Mucho menos para los disgustos que me chupo cada vez que me olvido el speedo en las duchas de la piscina. Recientemente subastaron un bañador que Nicole Kidman se olvidó en Suecia en 2002 durante el rodaje de Dogville por unos 1.700 euros para la compra de nueve vacas indias. No se si con tan sacros propósitos, pero debe de haber media docena de fetichistas frotándose las manos y aguardando a que me convierta en una celebrity para vender mis negros farda-huevos. Yo es que me quito la ropa y pierdo la noción del tiempo y el espacio. Es la única explicación que encuentro a mi despiste polideportivo.
La otra agridulce cara de la moneda la forman mis leotardos de la suerte. Hasta en 3 ocasiones he salido en especialmente frías noches de invierno dispuesto a darlo todo y no precisamente a cambio de nada. Es matemático. Siempre pillo. En la borágine del calentón no resulta tan patético despojar a un hombre atractivo de unos leotardos de colegiala carmelita. Verle calzándoselos tras acabar la faena es otra cosa. Dicen que una sólida autoestima no abdica ante el qué dirán y vive con la esperanza de ser querida tal como es. Si les gusto, no me juzgarán por verme en páteticos leotardos, pensé. Ninguno de ellos me pidió matrimonio. Mala suerte.
Escrito por Natxoman | 23:35h | 2 comentario(s)
Lejos quedan los bucólicos paseos en bici al ritmo de melodías silbadas por chavales en jornadas calurosas de verano azul. Lejos quedan los placenteros gemidos de Millán de Martes y trece disfrazado de monja al mando de una bici sin sillín. Nadie se acuerda de las hazañas de Perico Delgado, las 5 victorias en el Tour de Francia de Indurain o el cáncer de testículo de Amstrong. Ni siquiera el buen ejemplo de los bici-polis ha cundido en nuestra sociedad. Somos la nueva tribu urbana a estigmatizar. Por nuestra bicicleta nos reconoceréis.
La sociedad avanza en ciertas materias pero se estanca o retrocede en otras. Personajes como Boris Izaguirre o Jesús Vazquez han influido en la visibilidad del homosexual patrio. Deduzco que por ello últimamente me increpan más en la calle por andar en bici que por ser maricón. Parafraseando a Alaska: La gente me señala, me apunta con el dedo, susurra a mis espaldas y a mí me importa un bledo. La animadversión que existe en Bilbao hacia el ciclista es alucinante. Los inmigrantes no son los únicos que debieran suscribir un contrato de respeto por las normas y costumbres. Todos, los de aquí y los de allá, caminan despreocupadamente por el bidegorri. No parecen ser sensibles a las luces de mi dinamo. Cierto es que alguno pide disculpas, pero la mayoría hace gala de toda la escala de mecanismos de defensa dirigidos a la no-aceptación de su irresponsabilidad directa. Me han gritado que vaya más despacio, que avise con el timbre, que mire por donde voy. Una anciana llegó a decirme que ella prefería andar por el bidegorri porque le resultaba más blandito. Me han amenazo y han injuriado a mis parientes más cercanos. Hacemos ejercicio y nos desplazamos resueltamente sin contaminar. Por todo ello, nos detestan.
Visto lo visto, ahora atajo a capricho por aceras o en dirección contraria. Lo hago por amor a Bilbao. Una ciudad no es realmente una metrópolis cosmopolita hasta que sus habitantes no se rigen por el más fiero de los individualismos. Si me increpan, me cabreo y tengo comprobado que cabrearme me aporta un plus de masculinidad que resulta de lo más atractivo. Como el tigre al oír el crujir de los cereales, despierta al Andoni que hay en mí. Andoni es el alter-ego heterosexual vasco que llevamos dentro todo gay o mujer heterosexual. El Mr Hyde de Natxoman. Suele apoderarse de mí también al volante, cuando algún pulpo borracho intenta sobrepasarse con alguna de mis niñas o cuando una vieja intenta colarse en la caja del super. Se me hincha la vena y soy capaz de crear polinomios de insultos tipo: “¡Cojones, mecagüen la hostia puta ya!”.
Escrito por Natxoman | 16:42h | 4 comentario(s)
La excitación de un niño calculando las miles de posibilidades de su nuevo juguete la misma mañana de Reyes. El orgullo de la folklórica que nunca pisa un escenario repitiendo bata de cola. La insípida adolescente que compra un top sexy en H&M con esperanzas de que la noche del sábado sea un poco más febril que de costumbre. Todos confluyen en el mismo punto. El poderoso atractivo que ejerce sobre nosotros la novedad de un producto. Su valor añadido. Curiosamente, aplicamos el mismo esquema a nuestras relaciones personales. Podemos no reparar en amabilidad hacia quien acabamos de conocer, pero no hacer ningún esfuerzo por contentar a quien alguna vez ha ocupado nuestro corazón.
En mi cacareada estancia en Oslo hace ya algunos años viví una agridulce experiencia. Menos plantarme en la Estación Central de Tren con un cartón en el que se leyera el desesperado lema “busco amigos”, cualquier alternativa que pudiera producir un contacto social era bienvenida. Sucedió en la lavandería del edificio. La primera impresión fue inmejorable. Una rubia platino leyendo un libro sentada encima de una secadora ronroneante. Era mi primera colada en aquella endemoniada sala repleta de mastodónticas y torpes lavadoras. Ruborizado ante mi insuperable torpeza, tuve que pedir auxilio. Ella me aclaró todas las instrucciones muy amablemente. Sonreía coquetamente y seguía mis movimientos por el rabillo del ojo. Me pregunté ¿La comunicación no verbal en los países escandinavos es diferente o mi inseguridad resulta tan atractiva que no quiere reparar en que soy gay? Entonces, metí el pié en una bolsa azul de Ikea vacía, tropecé y me caí. Nos partimos de risa. Tras las pertinentes presentaciones, me invitó a acompañarla a una fiesta Erasmus esa misma noche. Mi puesta de largo, la gran presentación en sociedad. Entramos juntos al local. Fuimos al centro de la pista de baile. Dijo: “Ahora mismo vuelvo”. No volví a verla. Nunca había pasado tan rápidamente de ser la promesa de una excitante amistad al cartucho vacío de un simple conocido más. Aguantando el tipo rodeado de adolescentes hiper-animados pensé: ¡Zorra!
No hay otro ambiente en el que este asunto sea moneda de cambio más común que en el ambiente de la promiscuidad gay. Me valdré de metáforas alimenticias. Una vez conocí por internet a un muchacho con una fantasía muy concreta: Comer helado de vainilla con un desconocido, con especial reparo en el cucurucho, claro. Me presté gustoso a ser tal desconocido. El muchacho quedó encantado con el desconocido, con la vainilla y con el cucurucho. Repetimos. Varias veces. Hasta que una vez disfrutamos del menú completo. Entrantes, primero, segundo, postre, café, copa y puro. 5 tenedores. Digno de ser incluido en la guía Michelin. Al día siguiente me dijo que había humanizado demasiado mi persona, que ya no era un desconocido para él y que había desaparecido el factor morbo en nuestro juego. No volví a verle. Me ví como el globo terráqueo de un estudiante de geografía, que una vez memorizados los nombres de las capitales de los países del mundo, no tiene el más mínimo interés por conocer todos aquellos fascinantes lugares. Jamás he sentido tan vivamente y en tan fugaz espacio de tiempo cómo se sienten un par de zapatos viejos.
Escrito por Natxoman | 17:59h | 4 comentario(s)