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lunes, 28 de enero de 2008

The Non-ambition

Soy un jubilado atrapado en el cuerpo de un joven
Soy un jubilado atrapado en el cuerpo de un joven

Tengo para todos. Para mí, el primero. Tengo una serie ilimitada de defectos: Soy impaciente y puedo resultar sumamente intolerante. Soy un resabidillo que ha tenido que agachar la cabeza y tragarse sus palabras más de una vez. Pero entre todas mis taras, de la que más estoy tomando conciencia es de mi absoluta y evidente falta de ambición. Soy super poco Madonna. A los 23 años de caer rendido ante los encantos artísticos de la italo-americana más famosa del globo tras escuchar por primera vez “Material girl”, de esta señora se me ha pegado menos que poco. Cero patatero. Yo jamás podría plantarme en Times Square con 35 dólares en el bolsillo y acabar siendo un histórico icono pop mega-ventas como hizo ella. Yo es que no tengo paciencia. No tengo el cromosoma necesario para tragar saliva y ascender en la empresa, hacer una dieta proteínica para ganar masa muscular, presentarme a un concurso de maquetas o sembrar la semillita de la seducción hoy para ligarte al chulo de turno mañana.

Ha sido así desde pequeño. De niño era un acérrimo espectador del concurso 1,2,3. Pero puestos a elegir, no quería ser ni Mayra, ni Chicho y mucho menos ser concursante y darme de porrazos en la eliminatoria para ir a la subasta. Demasiadas responsabilidades. Yo me veía más de azafata. Sentadita en paños menores (otra de mis aficiones infantiles que aun conservo), haciendo un par de multiplicaciones sencillitas con la calculadora y cogiendo un objeto con tarjetita del escenario temático semanal y acercarlo a la mesa grácilmente.

La gente con ambición me inspira sentimientos encontrados. Antes, solía verles como víctimas de su hambre de crecer, ganar, enriquecerse, ascender o crear. El ambicioso invierte mucho tiempo y esfuerzo en la consecución de sus metas. Esto es, el ambicioso madruga. Yo carezco totalmente de la ambición necesaria para levantarme de la cama a las 6 y media de la mañana. Precisamente, la última vez que recuerdo haber madrugado fue para ser el primero en comprar las entradas de un concierto de Madonna en un cajero Servicaixa.

Pero de un tiempo a esta parte, desde que en mi cabeza de veinteañero resuena el tic-tac de la amenaza (o promesa) de los 30 años, me estoy viendo víctima de mi falta de ambición. Al no hacer esfuerzo alguno por familiarizarme con términos como “hipoteca”, “contrato de trabajo” o “cotización fiscal”, corro el riesgo de estancarme en un infructuoso estilo de vida. Así que para el 2008, aparte de encontrar y mantener un trabajo serio, me he propuesto meterle un poco de brea a un ambicioso proyecto. No es que quiera ser la primera mujer negra en llegar al despacho Oval de la Casa Blanca, (como Presidenta, claro, no como señora de la limpieza). No. Me he propuesto escribir una novela corta. Ya os contaré el año que viene si he sido fiel a mis frágiles propósitos.

Escrito por Natxoman | 12:36h | 10 comentario(s)
lunes, 14 de enero de 2008

Diagonal Walkers

Caminante, se hace camino al andar RECTO
Caminante, se hace camino al andar RECTO

El egocentrismo es el instinto más primario del ser humano, aparte del reflejo de succión. Casualmente, no ando falto de ninguno de ellos. La supervivencia del débil recién nacido se sostiene en esa inquebrantable orientación hacia sus propias necesidades. Podríamos decir que madurar consiste en ir aceptando que no eres el centro del mundo mundial y que no basta con lloriquear para que otra persona satisfaga todas tus carencias a la voz de ya. Madurar es un asco.

Detesto más cosas de las que admiro y admiro lo bien que detesto las cosas. Tal vez por ello no puedo dejar de darle vueltas a temas detestables para denunciar desde estas líneas. Aborrezco el egocentrismo de la gente, el egocentrismo que choca con mi egocentrismo, quiero decir. Me explico.

Resulta de lo más insolidaria una persona parapetada bajo un paraguas caminando junto a los edificios para resguardarse aún más de la lluvia, dejándote fuera de toda posibilidad de que tu olvidadiza cabeza de chorlito no quede empapada hasta el cráneo. Si a esta falta de consideración le añades la tendencia a quedarse de pie al lado izquierdo de las escaleras mecánicas, estamos hablando de un mayúsculo capullo. Pero el auténtico triunfo de la maldad se da en aquellas personas que ni siquiera se plantean la remota posibilidad de haber cometido un acto maligno. En ellas, la maldad habita repanchingada con los pies encima de la mesa y las victoriosas zapatillas de andar por casa puestas. Es el caso de los Diagonal Walkers.

Un Diagonal Walker es aquella (mala) persona que rompiendo cualquier protocolo urbanístico, traza un recorrido diagonal en la acera al caminar. Suele acompañar su paso de impredecibles cambios de velocidad. Ora se para, Ora acelera cual impuntual cabritillo. El conflicto surge cuando uno, que mantiene una velocidad constante y un trayecto recto, rítmicamente acompasado de sus temazos de engorile favoritos en el ipod, se ve obligado a maniobrar en contra de su voluntad por que un Diagonal Walker se cruza en su camino. Su egocentrismo es tan pérfido que han sido dotados de un poder sobrenatural, semejante al de los misiles termo-dirigidos. De este modo, cuando intentas corregir tu trayectoria para no darte de bruces con su chepa, intuyen tu presencia detrás de ellos y vuelven a colocarse en tu nueva dirección. ¡Es la caraba! Pero hay esperanza para la raza urbanita. Al más puro estilo troyano, he encontrado su talón de Aquiles. Literalmente. Ni ristras de ajos, ni agua bendita, ni balas de plata, ni estacas en el corazón. No hay nada que fastidie más a un Diagonal Walker y que neutralice mejor todos sus ataques que una buen pisotón o raspada con la punta de tu zapato en su talón. Y recuerda, cuando se den la vuelta con su careto de cuerno quemado... Dientes, Dientes, que eso es lo que les jode.

Escrito por Natxoman | 23:30h | 9 comentario(s)
lunes, 7 de enero de 2008

Yo te enseño (2ª parte)

ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ
ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ

4. El modus operandi: Teniendo al alumno contento, todo son ventajas. Matemáticamente hablando, pasas más horas con el alumno que con sus progenitores. En la breve conversación que mantienes antes y después de cada clase, puedes mostrar tu cara más disciplinada y responsable, pero una vez en el cuarto, la manga ancha es fundamental. No ejerces ningún poder sobre los alumnos; no puedes castigarles, ni suspenderles y ambos lo sabéis. Subestimar el poder de tus alumnos es una estrategia peligrosa. Son perezosos y pueden ser sumamente manipuladores. Los críos tienen muy interiorizado los discursos exculpantes y manejan términos como stress, falta de motivación y el clásico “me tienen manía”. Si un alumno te coge ojeriza, puede llegar a convencer a sus padres y quedarte sin una fuente de ingresos de la noche a la mañana.

Hoy en día se les da mucha cancha a los chavales. Yo he oído a padres desprestigiar impunemente la autoridad de sus profesores delante de sus hijos. Desbordados de notitas denunciando el mal comportamiento de los alumnos en el aula, los padres llegan a afirmar que no son más que una forma de echar balones fuera al ser incapaces de mantener al trasto de su hijo callado y sentado en una silla. Un tutor puede ser tan inepto como lo será su jefe cuando sea adulto, así que será mejor ir trabajando la tolerancia a la frustración pues no siempre van a tener en la oficina a Amatxu defendiéndole.

Recuerdo una ocasión en la que fui testigo de un lamentable espectáculo. Llegué a la hora convenida a dar una clase de Inglés. Madre e hija comenzaron a representar una patética escena en la que la hija fingía estar enferma de gripe, a pesar de no haberse quitado el uniforme escolar todavía y estar simplemente tumbada sobre la cama. Era atroz ver a una adolescente simular síntomas de malestar mientras su madre le daba la réplica en plan mejor actriz de reparto. Sospeché que mi alumna no tenía ninguna gana de dar la clase y la madre rumió que ese show casero era la mejor manera de no pagar por ella. Con la más falsa pero fidedigna expresión de comprensión y preocupación dije: “No hay ningún problema. Pero esta hora os la cobro, al no haberme avisado con antelación. Cuídate mucho y recupérate pronto”. Si fuera un poco más PaulAusteriano me hubiera quedado en el coche frente a su portal esperando al momento en el que mi alumna saliese toda emperifollada con rumbo a alguna cita en un centro comercial. Pero valoro demasiado mi tiempo libre, sobre todo si me pagan por él.

Escrito por Natxoman | 16:6h | 3 comentario(s)