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En el verano de 5º a 6º de EGB tendría yo 11 años. ¿O fue en el verano de 6º a 7º? Era una calurosa y reluciente mañana de julio. Como cada día, barrí las hojas del roble que daba sombra a la terraza del chalet y pasé la fregona, alegre cual ratita presumida. Mi hermano, reincidente en suspensos, se libraba de esta tarea doméstica, pues tenía que asistir a clases particulares. Después de desayunar y hacer un dictado, mi madre y yo fuimos a la playa en bici, mientras mi pobre padre, aun en mangas de camisa, se las veía con las calurosas jornadas laborales bilbaínas. Parecía una jornada playera como otra cualquiera; distendida y placentera. Pero mi vida estaba a punto de dar un giro radical sin posibilidad de marcha atrás y como sucede con los grandes acontecimientos de nuestras vidas, yo era totalmente ajeno a ello.
El mar tiene la culpa. Nos dimos un chapuzón. Mi madre, friolera y temerosa, prefería los cortos chapuzones cerca de la orilla. En unos minutos volvió a la toalla. Yo continué con mi enérgico baño, lleno de buceadas e inofensivo oleaje. Desde muy pequeño había asistido a clases de natación, por lo que mis padres, confiados, no se veían en la necesidad de extremar sus precauciones. Una vez solo, decidí aventurarme mar adentro. Me quité el bañador y me lo enrosqué a la muñeca. Se lo había visto hacer a mi padre en varias ocasiones. Nadar desnudo debía de ser una especie de acto de libertad máxima y de entrega a los sentidos. El agua allí era más fresca, transparente y mansa que en la orilla. Alejado del bullicio, me retuvo una agradable sensación de intimidad. No alcanzaba el fondo del mar con los pies y mantenerme a flote me obligaba a mover constantemente las piernas, muy separadas. Os lo dije, el mar tiene la culpa. El agua y su efervescente cosquilleo entre mis nalgas. El roce de los muslos dio paso a unas imprevistas caricias, torpes pero efectivas. Allí y entonces, con el agua al cuello, tuve mi primer orgasmo. Cuando volví y me tumbé boca arriba en la toalla, mi madre me preguntó: ¿Qué tal el baño?. Yo no pude más que soltar un gemidillo fatigado y, exhalando todo el aire de mis pulmones preadolescentes, contesté: “Bien”. De vuelta a casa me compró un polo de limón, sin saber que su amado hijo acaba de empezar a dejar de ser un niño.
Desde entonces ha sido un no parar. Curiosamente, en mis primeros meses de onanismo el agua fue un elemento imprescindible. Era el medio en el que reproducía mi recién estrenada vocación. La bañera se convirtió en una especie de santuario donde día sí, día también, me ofrecía en sacrificio al gran Dios del Falo. (¡Oh, señor todopoderoso!) Algo de milenaria tenía también la técnica masturbatoria en sí. Nada que ver con el actual y globalizado movimiento de muñeca que se conoce como”paja”. Era más bien como quitarle el polvo a una bombilla con un trapo. La verdad es que me hacía saltar chispas.
Escrito por Natxoman | 18:17h | 6 comentario(s)
Ya lo tengo. He dado con un par de temáticas con las que estoy totalmente a favor y hacia las que no profeso ningún tipo de enemistad (significativa). A saber, el veraneo indiscriminado y la masturbación, dos materias sólidamente ligadas en mi biografía.
Con el paso de los años y el cambio de los siglos se está abandonando la sana costumbre de irse de veraneo al pueblo. Cada vez son menos las familias que se pueden permitir el anacrónico lujo de mantener una casa de veraneo en un reconstituyente pueblo costero o de montaña. Aún son menos las que pueden hacer los malabares socio-laborales necesarios para que al menos uno de los cónyuges vayan a disfrutar de ella con su/s descendiente/s durante los 3 largos meses de vacación escolar. Yo fui uno de aquellos afortunados niños veraneantes. Un chaval remilgadito, bronceado y bien peinado que disfrutaba de su helado sentado en la terraza de la cafetería de la plaza del pueblo junto a sus padres y demás familiares adultos, mientras los niños del pueblo jugaban al balón y se retorcían por el suelo.
Décadas más tarde, visitando a mis padres en su acomodada embajada veraniega en Cantabria, descubro que las cosas no han cambiado tanto. Tras comer armoniosamente en la terraza, cada uno ocupa un lugar en el jardín donde leer apaciblemente hasta que, achispados por el vino, caemos dormidos. Estamos juntos pero apenas hablamos, sumido cada uno en su propio y onanista estado de concentración. A media tarde, vamos a la playa a darnos un breve chapuzón que borre de nuestras caras los efectos de la siesta.
Estos rituales representan lo que considero el legado más importante de mis padres. El compromiso de mimar a uno mismo y de vivir sosegadamente. Ese es el estado anímico a perseguir. Torear los reveses y bandazos impepinables de la vida debe de conducirnos a ese estado, y ayuda saber a qué sabe, a qué huele y qué temperatura tiene. Cuando alguna malintencionada relación amenaza con arrastrarme en su autodestructiva espiral de amargura tiendo a asirme a esos recuerdos de paz y felicidad y me digo: “por aquí sí que no paso”. Así que lo dicho: Take care.
Escrito por Natxoman | 15:10h | 3 comentario(s)
Un licenciado en Psicología trabajando de profesor particular tiene mucho tiempo para divagar acerca de los temas más divinos y más humanos. Mientras mis alumnos intentan con desigual suerte y aplicación desgranar sus ejercicios, yo tiendo a darle vueltas al coco en busca de un tema jugoso que tratar en mis próximos textos, como por ejemplo: La función que ciertos conceptos psicológicos cumplen a la hora de elegir un tipo de música favorito.
La bombilla se me encendió un día dando clase a mi alumno estrella, ese mozalbete que se ha presentado a la selectividad pensando que las revueltas coloniales son unas movidas que pasan en los campamentos de verano. Resulta que a pesar de sus paquidérmicas carencias culturales, el bienintencionado muchacho también siente la llamada de las letras. Le encanta escribir versos de hip-hop. En más de una ocasión he topado con algunas estrofas anotadas clandestinamente en las hojas de su cuaderno. Hablan de balas, de respeto en el barrio, de hermanos, de gente consumida por la coca, de unión y libertad de expresión. En definitiva, son corta-pegas de frases extraídas de sus admirados temas rap, en rima consonante, cuyo significado desconoce por completo. ¿Qué pasa por la cabeza de un imberbe para que adopte esta carcasa musical hueca de contenido real?
Pues que el hip-hop es de pringaos. Muchos hip-hoperos hablan de lo putos amos que son, los number one, y llevan un rollo justiciero poderoso y eficiente que, en mi opinión, esconde una bajísima autoestima y una necesidad de integración mediante el éxito social. Estoy convencido de que mi sobreprotegido y acomodado alumno no disfruta en su colegio de la popularidad de Brandon Walch.
Lo mismo pasa con las divas del pop y sus seguidores, entre los que me encuentro. En este caso la histeria tiene mucho que ver y bailar. La incesante necesidad de resultar sexualmente irresistibles de Madonna, Kylie, Paulina Rubio, Beyonce o Shakira con sus vaginales playbacks, hacen pensar en gatos encerrados y en perros poco mordedores. Yo, al igual que ellas, tiendo a sexualizar hasta los villancicos navideños. A todo le saco una connotación de polla, mamada, enculada o derivados. Para ser un viejo verde solo me falta ser viejo. ¿Estaré solventando cierta baja autoestima y cierta necesidad de aceptación a través de sentirme sexualmente deseado? ¿Será por ello que disfruto como una perra al ver los videos de Madonna, fantaseado que cada una de sus victorias sexuales es una victoria propia? La respuesta es concisa. ¡Por supuesto que sí!
Escrito por Natxoman | 18:14h | 15 comentario(s)