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Es matemático. En las tiendas me tratan mal. Es ley de vida. Les comprendo. Yo también he trabajado de dependiente y demás curros de careto al público. Sé que aflora cierto impulso sádico que todos llevamos dentro. De la que uno lleva una temporada en un puesto cuyas funciones y salario son de todo menos motivantes, no puede evitar el dulce capricho de frustrar al cliente a la mínima que pueda. Un aparentemente servicial “lo siento, ahora no te puedo atender” acompañado de una sonrisa bien falsa, produce un efecto balsámico en el carácter del dependiente como si de una cataplasma de romero se tratase.
Ahora, lo que no entiendo es la gente que excede el límite de sus responsabilidades. ¡Manda huevos, ya son ganas! En mi ilustre barrio hay una tienda de gominolas y demás chupitangas a la que, pese a lo práctico de su cercanía, no entro nunca. La culpable es la dueña del garito. Una dispuesta muchachita feucha, blanquecina y de larga coleta rubia. Tengo la teoría de que el sueño de su vida es abrir una boutique de moda y para sobrellevar la frustración que le produce vender paquetes de Matutano mortifica a sus clientes con toda una serie de atenciones y carantoñas más propias de una dependienta a comisión. Tal vez haya hecho un curso de marketing en el INEM y ha decidido que para diferenciarse de la competencia no hay nada como armarse de un servicio atento, rozando la sumisión. Eso, o no tiene amigos. Para más inri, en lo que debe de ser un intento de consolidar la hiperglucémica imagen corporativa, acompaña todas sus frases con un edulcorado y chirriante diminutivo: “¿Quieres que te ayude en alguna cosita? o “¿Bolsita te pongo?” y en ese plan.
Aunque la del videoclub también se las trae. El otro no sabía donde meterme. Mientras elegía arduamente una peli, la dueña escuchaba en la radio y tarareaba emocionada y melódicamente “O tú o ninguna” de Luis Miguel y “Le deseo” de Merche. Tela marinera, vaya. Tras decidirme por la última de Ken Loach, resulta que la tía no la encuentra por ningún lado. Presa del sentimiento de culpabilidad, no se le ocurrió nada mejor que darme un servicio personalizado. "¿Qué tipo de pelis te gustan?" o "¿Te gusta el cine español?" fueron algunas de las preguntas a las que no quise dar respuesta. No sabía como zafarme de tal embarazosa situación. No puedo ni imaginarme lo que hubiera llegado a hacer Mimoloco con sus conatos agorafóbicos en tal situación. Lo mismo le da un pampurrio. La buena mujer llegó a ofrecerme una de Jennifer Aniston. “¿Has visto esta? Pues ha gustado mucho” dijo. Un evasivo “Sí, ¿eh?” fue todo lo que pude decir. Ya se sabe, mejor solo que mal acompañado.
Escrito por Natxoman | 10:34h | 8 comentario(s)
Es lo típico que se dice. ¿Qué harías si te tocasen docenas de millones de euros a la lotería? Dar la vuelta al mundo. Sí fueramos celebridades y la redacción de la revista “Cosmopolitan” nos pidiese que completásemos su Cosmo-cuestionario, cuajado de tópicas consultas como “¿Qué te pones para dormir?”, la mayoría de nosotros confesaríamos que entre nuestras grandes pasiones está la de viajar. Nos chifla desconectar, conocer otras formas de vivir y re-evaluar la importancia que le damos a pequeños caprichos innecesarios de nuestras consumidas existencias.
Aunque me sorprende lo poco que se habla de lo sumamente frustrante que es viajar. No puedo evitar ver lo medio-vacia que está la botella. Por ejemplo, visitar una ciudad europea durante unos fugaces días es como completar una gincana de obligados rincones y monumentos de los que jamás vas a disfrutar. Llegas, los ojeas, los tocas, te sacas una foto; puede que incluso cierres los ojos y respires hondo en un quimérico intento de apoderarte de un momento re-editable. Pero es inútil. Eres un desconocido para esa plaza o fuente, y os tratais con distancia y reserva. Os falta la complicidad que sigue a la familiaridad. Y el tiempo corre en contra vuestra.
Si gozas de espíritu curioso, puede que te animes a perderte por un barrio fuera de la ruta establecida. Topas con una coqueta plazuela con su no menos doméstico Café. Tomas un descanso en su terraza, desde donde ves a un estudiante con una barra de pan entrando en un portal. Y te cagas en su puta madre. Es entonces cuando me entra una deprimente sensación de envidia e impotencia. Tomo conciencia de la pequeña, única y exclusiva vida que somos cada uno. Esa plazuela jamás será testigo de tu vida como lo es de la del estudiante.
En un quijotesco intento de luchar contra lo invencible, me fui a vivir a Oslo durante un año. A coquetear con la idea de ser “ciudadano del mundo”. Volví con la autoestima a tope, pues había sentido como muchas paradas de tranvía, rincones y cafés habían sido testigos de mi estancia. Y desde que vivo en Bilbao, ando por la calle con el pavo subido. Cuando voy al gimnasio en bicicleta, paso por delante del Museo de Bellas Artes, cuya cafetería tiene un espectacular ventanal para disfrutar del Parque de los patos. Con la bolsa de deporte en la cesta de la bici, me invade la satisfacción de pensar en los estresados turistas viéndome pedalear grácilmente. Sonrío y pienso: ¡Jódete, ahora soy yo aquel estudiante!
Escrito por Natxoman | 17:35h | 9 comentario(s)