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viernes, 30 de marzo de 2007

Por los pelos

¡Nunca Máis!
¡Nunca Máis!

¡Basta ya! Durante largo tiempo he tanteado la necesidad de denunciar un peliagudo asunto. Temeroso de ofender a quien padece los efectos de este mal, siempre he optado por dejarlo para mejor ocasión y no arriesgarme a levantar ampollas. Pero visto lo visto en la reciente gala de elección de Mister España, la necesidad se ha convertido en urgencia, en alarma. Me refiero al criminal aumento del número de hombres que se depilan las cejas. ¡Aaaaaah!

El asunto corre el riesgo de igualarse a las más celebres pandemias y genocidios del siglo XX. Y es algo que nos afecta a todos. Seguro que todos tenemos un primo metrosexual o una amiga cuyo churri lo hace. Me hubiera gustado asistir al programa donde Zapatero afirmó que un café cuesta 80 céntimos para preguntarle si su programa electoral recoge medidas para erradicar esta lacra. Mi postura es radical: Tolerancia cero. Sin una denuncia frontal de la depilación de cejas masculinas no hay conversación posible.

Varios expertos en Psiquiatria han afirmado que este mal del siglo XXI tiene bastantes paralelismos con los trastornos de la alimentación. Como las personas afectadas de anorexia, los “cejas-depiladas” tienen una visión distorsionada del contorno de sus cejas. Las ven demasiado gordas y no dudan en atentar contra su integridad estética y su salud social por adelgazarlas. Todo puede comenzar con un sencillo “quitarse esos pelillos que sobran del entrecejo” y el resultado final es devastador. Si algún ser querido se encuentra en esta fase temprana de la patología, bríndale todo tu apoyo y aliéntale a que se ande con ojo.

Si bien yo soy hombre de grandes principios (traicionados). Aun recuerdo el día en el que fuimos a la playa la Puli y yo y pusimos a parir a toda la cantidad de tios que se afeitaban las pelotas, tachándoles de antinaturales. Pero en mi experiencia noruega descubrí que dejarse intacta la zona cero era algo muy mediterraneo y que si queremos dejar de estar a la cola de Europa, más nos vale afeitarnos los cojones y sus aledaños. Desde entonces soy un europeista acérrimo. Pero lo de las cejas es como la cumbre de las azores; algo que jamás debería haberse gestado. En esas no me pillaréis, amigos. ¡A Dios pongo por testigo de que nunca me depilaré las cejas!

Escrito por Natxoman | 0:23h | 9 comentario(s)
viernes, 16 de marzo de 2007

Malamente

Damien, mi ídolo de la infancia
Damien, mi ídolo de la infancia

No seré yo quien me ande con paños calientes: Soy mala persona. Si no en su totalidad, sí en un significativo porcentaje. Hijoputilla, vamos. Al menos tengo la capacidad de reirme de mí mismo; y de los demás, ni te cuento, como concluye una buenísima amiga. ¿Reconocer que se tiene un problema no es acaso el primer paso de la salvación Freudiana? Aunque mi novio corrigió que no soy mala persona por pensar maldades sobre el prójimo, sino por no mostrar atisbo alguno de arrepentimiento y vanagloriarme de ello. Ante esta acertadísima anotación no pude más que soltar una sonora, malévola y autosuficiente carcajada que hubiera hecho las delicias de la mismísima Cruella Deville. La culpa es de Walt Disney. ¿No son los villanos personajes mucho más atractivos que los heroes? ¿Quien quiere ser Chase Gioberti pudiendo ser Angela Channing? ¿Prefieres ser Crystal en vez de Alexis Colby en "Dinastia"? Con lo que mola Diana en "V". Sea como fuere, se jodió la salvación Freudiana. Arderé en el infierno.

Esta conclusión sobre mi persona (¿humana?) ha venido de la mano de una antigua compañera de colegio, a la que no veía desde mi más noventera juventud. Una buenaza empollona que yo siempre consideré demasiado alta para ser grácil y no lo suficientemente inteligente para ser graciosa. La clase de muchacha que por su robusta complexión, su tesón y cierto punto de brutalidad marimacha podría haber sido lo que se hubiera propuesto, desde medallista olímpica en tiro de martillo a lesbiana, pero nunca Miss. Recientemente me encontré con la mujer en la que se había convertido. Abrazaba triunfalmente un ramo de rosas que alguien le había regalado por su reciente cumpleaños. Volver a ver su rostro me retrotrajo a una anécdota de la infancia que suelo recordar de ver en cuando.

En el cole jugando a campo quemado eramos el dream team. Entre los trallazos que metía la tía al lanzar el balón y mi serpenteante habilidad para esquivar los lanzamientos contrarios, éramos invencibles. Junto a otras dos chicas ganamos un concurso de playbacks en el colegio imitando a "La década prodigiosa", gracias a una fresca y completa coreografía que yo y nadie más que yo concebí. Mi madre tenía la teoría de que de niño siempre andaba con chicas porque era un mandón y las manejaba a mi antojo. A esta explicación, Freud más que una teoría la denominaría "mecanismo de defensa de racionalización dirigido a la no aceptación de la inminente homosexualidad de su vástago". Animados por el éxito, nos presentamos a un concurso de playbacks que se celebraba en el Parque Infantil de Navidad (PIN). El jurado estaba compuesto por 3 miembros que emitian votos del 1 al 10. Nos dieron 24 puntos y mi amiga dijo: "Eso significa que uno nos ha dado 4 puntos sólo". Entornando los ojos por tal mentecatez le corregí: "¡No, eso significa que probablemente nos habrán dado 8 puntos cada uno, lista!" "¿Cómo pueden sacarse tantos sobresalientes y ser tan corta?" pensé.

En otra ocasión en la que le jugué una mala pasada en el recreo, fui a su pupitre y fingiendo arrepentimiento le pedí disculpas. Cuando ella las aceptó, yo me reí y le dije que jamás le pediría perdón. Ella se quedó algo cortada y yo me quedé hecho polvo. En el mismo momento de realizar tal mezquina acción me arrepentí. Esta es la versión de mí de la que me hizo tomar conciencia volver a encontrarme con ella. El Natxo capaz de jugar y reirse de los sentimientos de las personas. Mi mala conciencia debe de haberse personificado en su figura para perseguirme, pues ese mismo día volví a encontrarme con ella. "¡Hombre, otra vez tú, va a parecer que te estoy siguiendo!" dijo. Con una helada e inexpresiva sonrisa de cautela y preocupación sólo pude contestar: "Sí, eso parece".

Escrito por Natxoman | 10:19h | 8 comentario(s)
miercoles, 7 de marzo de 2007

Spot

¿Y a esta qué le pica?
¿Y a esta qué le pica?

De casta le viene al galgo. A mí el tema de la publicidad me fascina y me desquicia. La campaña que más me crispa los nervios últimamente es la de "Gillete Fusion", en la que se plasma como unos científicos super entendidos en la materia realizan una prueba definitiva de alto secreto en el desierto con todo un despliegue de medios high-tech. El objeto de su análisis no es la fusión del átomo ni el enriquecimiento de plutonio, sino la creación de una puta cuchilla de cinco sanguinarias hojas, con otra por el otro lado. Aunque el anuncio de la paralítica que baila "Satisfaction" de "Benny Benassi" sobre un escenario también se las trae.

El asunto es que recientemente he descubierto que esta fijación por el análisis del lenguaje publicitario me viene de familia. De mi abuela Aca, concretamente. Es un acha, la tía. A sus ochenta años es absolutamente incapaz de mantener la atención en lo que estás diciendo más de tres minutos. Tampoco presenta demasiadas muestras de intentarlo. Ella va a piñon fijo. Recientemente estaba yo dándole un poco de palique mientras veíamos la tele y ni corta ni perezosa, me interrumpe y dice: "Este anuncio es la pera. Primero decían que el "Cillit Bang" sirve para todo y te evita comprar toda una serie de productos y luego sacan el "Cillit Bang desatascatuberias"; no me digas". A mí estos alardes de hiperconciencia del medio me dejan de una pieza.

Pero realmente se llevó la palma hace unas semanas cuando vino a comer a casa. Mientras mi madre, la Txiki, tan hiperprotectora como siempre, le aconsejaba sesudamente cómo vivir mejor su vida, ella se dedicaba a comer, callar y prestar atención prioritaria al televisor. Tan solo abrió la boca para sentenciar que el anuncio de "Vaginesil" estaba mal hecho. Para subrayar las calmantes y liberadoras propiedades de esta crema, los creativos han diseñado una representación en animación infográfica, en la que aparece un triángulo rojo como símbolo de una escocida y subyugante vagina. Sobre ella aparece un tubo de crema que, tras aplicar un poco de producto de izquierda a derecha, hace que el triangulo recobre su redentor y agradecido tono rosita original. Pues mi abuela concluye: "Este anuncio esta mal hecho. La raja va de arriba abajo, no de izquierda a derecha. El tubo debería poner la crema en vertical. Hace falta ser tonto...". De una pieza, como digo.

Es en tales momentos de lucidez cuando me imagino a mi abuela contratada por una potente empresa de publicidad. Sentada al final de una eterna mesa de reuniones, rodeada de convencidos hombres de negocios, con el bolso sobre las rodillas, sin quitarse el abrigo de piel y sin llegar al suelo con los pies. Sin decir esta boca es mía, hasta que llega el momento de echar por tierra las mejores propuestas de los primeros de su promoción. Como Tom Hanks en "Big", pero rollo anciana. En vez de "Big", sería "Old".

Escrito por Natxoman | 21:33h | 10 comentario(s)