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Fin de año y el comienzo del curso escolar suelen ser los momentos clave para hacer balance de los logros que hemos conseguido y para establecer nuevos propósitos. La verdad es que mi vida poco se parece a lo que de pequeño soñase.
Me hubiera chiflado comenzar mi andadura artística formando parte de una boy-band filogay, tipo Take That. Medidas coreografías con estudiados y favorecedores estilismos. Gus Van Sant apostaría por mí para interpretar a un taciturno pero enternecedor chapero en una cruda producción independiente que tras ser alavada en Sundance, me hace ser mererecor de una nominación al Oscar al mejor actor secundario.
Poco tarda la casa Givenchy en contratarme como imagen de su nueva fragancia para hombre. Grotesque. El spot televisivo, rodado en el Paris de la revolución francesa por Milos Forman, es el más costoso del año. En él, se ve como caracterizado de Napoleón y tras escapar de una sangrienta batalla en una campiña donde el humo de los cañones y las ballestas se confunde con la niebla del amanecer, recorro callejuelas infestadas de mendigos y peste bubónica. Me protejo del hedor con un impoluto pañuelo blanco. Entro en un palacete donde la alta burguesía celebra un libidinoso baile de máscaras. Tras zafarme del gentío consigo llegar a mi meta. Una pequeña habitación donde un par de inmaculados hermanos gemelos de apenas 16 años se dan un baño de agua caliente.
Como toda estrella española que triunfa fuera de nuestras fronteras, nunca olvido mis raíces. Así lo demuestran mi campechana visita a la academia de OT donde doy a la nueva generación de artistas consejos acerca de disfrutar a tope la experiencia y la importancia de ser humilde y agradecido. También protagonizo el spot navideño de Freixenet junto a Julianne Moore. Eso sí, mis críticas a la academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas es frontal y jamás acudo a una gala de los Goya por más docenas de nominaciones que reciban las pelis en las que participo. Corre el fundado rumor de que Almodóvar y yo nos odiamos.
Encasillado y con la imagen achicharrada por el escándalo surgido después de que un ex amante filtrase en Internet un video porno casero y tras ser detenido por fornicar con un desconocido en el servicio público de un parque, no consigo llevar a buen puerto ningún proyecto artístico y acepto gravar un álbum de versiones de canciones navideñas. Conozco mis horas más bajas y acabo ingresando en la clínica de desintoxicación Betty Ford.
Con el caché por los suelos, Aaron Spelling me ofrece protagonizar su nueva serie, que gira en torno a un dicharachero columnista gay de San Francisco y sus tres mejores y tan neuróticos amigos. “Sex and the city” se convierte en el fenómeno televisivo de la década. Sus 6 temporadas nos hacen ganar Emmys, Globos de oro y millones de dólares. Por encima de todo, me permiten desarrollar mi oculta vocación de hombre de letras como guionista; vocación que me lleva a escribir una resultona crónica semanal en un respetado diario estadounidense. Acabo mis días como exitoso aunque siempre cuestionado novelista y como padre de un muchachito ruso.
En toda mi dilatada carrera jamás me someto a cirugía estética, no me adscribo a ningún culto religioso ni formo parte de ninguna obra benéfica. A excepción de una humilde colaboración en el álbum mega-éxito de ventas que gravo junto al resto de iconos de la música norteamericana a favor del fin del hambre en Etiopía.
Escrito por Natxoman | 15:4h | 12 comentario(s)
Me paso todo el santo día escuchando música clásica. Sintonizo ”Clásicos populares” de RNE y tira millas. Es lo que más me permite permanecer en ese estado de concentración y levedad que debe caracterizar la madurez. En el coche. Mientras escribo. Al cocinar. Lo curioso es que no me estoy culturizando nada, pues la escucho al trolorón. Como la peña que se compra CDs de “Jazz Chill” y demás recopilatorios chunguis. No me quedo con los autores de las piezas, sus coetáneos ni con el número de la sinfonía. A veces comentan que Herbert von Karajan dirige la orquesta que interpreta tal o cual pieza que acaba de sonar y pienso: “¡Mira qué bonito suena! Y yo que me pensaba que tenía la misma credibilidad que Luis Cobos!” Lo que son los estigmas de hacerse mainstream. Lo mismo me da Richard Clayderman que Kenny G , pero no, amigos. No deben ser iguales “Los tres tenores” que Il Divo . Pero no me preguntes por qué.
Y eso que en BUP saqué sobresaliente en Música. Total para no recordar nada. Solo recuerdo que fue entonces cuando decidí que mi pieza de música clásica favorita era El Adagio de Albinoni. Ya podía estar tranquilo si algún día me hacía famoso y una revista de tendencias me pedía completar el típico cuestionario idiota. ¿Qué te pones para dormir? ¿Cuál es tu película favorita? ¿Qué te llevarías a una isla desierta?
Además de en música, en BUP obtuve 5 sobresalientes en una evaluación. Desde entonces todo ha ido cuesta abajo. Podría haber seguido la senda trazada por tal brillante despertar académico y hoy en día sería una eminencia. Pero la salida del armario se cruzó en mi camino. Comencé a descubrir mi tendencia a los tintes capilares y al discotequerismo de medio pelo. Y se jodió el invento. Por eso creo que salir del armario es como uno de esos juegos Mineranova. Nunca debe hacerse sin la supervisión de los padres.
Más que a la serenidad de la madurez, yo achaco mi recién adquirida afición a la música clásica a un empacho sonoro. Lo mismo me pasó en Oslo. Yo era un gran aficionado al R&B y a los arreglos hip hoperos megacomerciales. Hasta que tuve que realizar mi voluntariado en una casa juvenil cultural donde se enseñaba a chavales a bailar como Justin Timberlake y a producir sus propios temas plagiando a The Neptunes. Acabé hasta el gorro de actitudes negratas acompañadas de sus manidas bases musicales. Ahora debe de estar pasándome tres cuartos de lo mismo. De tanto quemar zapatilla bailando remezclas de Benny Benassi el cuerpo me pide algo más tranquilo, ma non tropo.
Escrito por Natxoman | 10:43h | 6 comentario(s)
La historia interminable. La más común de las secuencias: Compras navideñas. Amigas y Natxoman. Café. ¿Qué tal te va la vida? Muy bien. ¿Y en el curro que tal? Fatal. ¿Y eso? Es que hay una tía en la oficina que…
El perro será el mejor amigo del hombre, pero ¿Quién es el mejor amigo de la mujer? Lo que he sacado en claro durante esta semana de “Confessions on the Megastore” es que su compañera de trabajo NO. Tres de cada cinco amigas mias afirman sentirse subyugadas por alguna otra mujer de su oficina.
Las palabras clave usadas por las víctimas de este mobbing tan hormonal para describir su comportamiento malrollero son dos: Envidia y competitividad. La tipa desea ser TU, para luego ser MAS y MEJOR que tú. Mientras tu no ves el momento de llegar a casa para descalzarte, darte un baño, actualizar tu fotolog o follarte a tu novio, ella dedica el trayecto de metro a rumiar planes para dejar de sentirse ELLA, MENOS y PEOR.
Lo realmente alienígena me parece que este tipo de señoritas siempre hace de sus funciones laborales el campo de batalla de sus neuras. Así, tienden a volcarse sobremanera en el curro. Yo alucino. Son de las que pierden horas de sueño por ser empleado del mes y ganar ese tipo de incentivos de pacotilla que se inventan los directivos. O de las que asisten a clases de bailes de salón todo el año para luego chulear en la cena de gala de la convención de turno.
Las tengo muy caladas desde muy niño. En mi clase había una pájara similar: Idoia. Rubia, pija y conservadora. Una aplicada estudiante de blanca piel y voz nasal. Un día nos juntamos para hacer los deberes de mate, un buen puñado de cortas operaciones. Al terminar cada ejercicio comparábamos los resultados. Ella ocultaba su cuaderno con el brazo y siempre acababa sorprendentemente más tarde que yo. Mosqueado, aparté su brazo para descubrir que ella me hacía esperar para ir con una ventaja de un par de operaciones sobre mí. ¿Qué satisfacción puede obtener una persona de un comportamiento así? Menuda pavisosa…
Yo es que no me veo implicándome tanto en mi trabajo ni por esas. Por eso soy profesor de clases particulares. Sin jefes, ni Idoias, ni convenciones y todo en B. Lo malo es que llega navidad y no tienes ni paga extra ni nada. Pero ¿Quién quiere aguinaldo teniendo de madre a La Txiki? La tía me ha hecho una cesta de navidad mazo de delicatessen por ser según sus palabras “un tiradillo sin contrato laboral”. Y prospero año nuevo.
Escrito por Natxoman | 20:37h | 11 comentario(s)
¡Como se pasan los creativos publicitarios! Y no hablo del ora preciso, ora desmedido Risto Mejide . Hablo de la campaña publicitaria más en boga de la temporada. La XXL de Burgen King.
Los debates cutresalchicheros de mesa camilla de programa magazín diurno, y por ende todos los telediarios, suelen echar mano fácilmente del asunto del peso. Este asunto podría ubicarse en un continuo. Un extremo lo protagoniza la XXL como estandarte de la obesidad y la bulimia. En el extremo opuesto estarían las modelos de Cibeles haciendo la cuenta de la lechera (desnatada) para sacar su índice de masa corporal. Yo no me llevo mucho las manos a la cabeza porque el Ministerio de Sanidad haya solicitado a Burger King la retirada de la campaña alegando que incumple los compromisos adquiridos con la Agencia de Seguridad Alimentaria (AESA) de no incentivar el consumo de raciones gigantes. Reconozco que han conseguido hábilmente ganar la batalla del mito de que este tipo de comidas no sacian a medio plazo. Pero a mi lo que me flipa es el rollo fálico. Cada loco con su tema.
“Sí es del rey, es grande”. Ahora parece que sí eres un come pollas o un pichacorta, comer fast food puede salvarte del frustrante atolladero en el que estás inmerso. Vicente Verdú plantea en su magnífico ensayo El estilo del mundo: La vida en el capitalismo de ficción que la sociedad de consumo está regida por esta mutada y pérfida forma de capitalismo. Según el autor, por encima de las propiedades del producto, priman los estilos de vida o ideas ficticias relacionadas al mismo. “Si usas esto, follas más”, “Si usas esto, tienes derecho a sentirte mejor persona (solidaridad y ecología)” o “si usas esto, tienes derecho a no madurar nunca” son algunos de sus manidos ganchos.
¿Y ahora qué nos quiere vender Burger King con su campaña “Come como un hombre”? El orgullo de género. Ahora es nuestro turno, queridos amigos. Ahora nosotros también lo valemos (L´Oreal Dixit). Podemos estar orgullosos de ser hombres. Pero al contrario que las mujeres, que mediante la ovulación digievolucionan y adquieren capacidades sensoriales extremas que les permiten levitar y escribir sinfonías en el aire, nosotros volvemos a las cavernas. Ser hombre para Burger King es ser un ñu tendente al comportamiento gregario, a la expresión desmedida de fuerza bruta, a las chanzas ignorantes y a la sobrealimentación. Come y folla cuando quiere y chitón. Unga, Unga. En plan Dani Rubio . "La secretaria federal de Igualdad ha reclamado que se retire el nuevo anuncio. Ni que decir tiene que empatizo mucho más con el reclamo del rabo enorme.
¿Y si de postre nos tomamos un Actimel? Según las dos mujeres cuyos testimonios falsos protagonizan la campaña del producto, ese aguachirri de yogurt aporta protección y energía; A mitad de camino entre la vacuna del sida y un gramo de farlopa. Capitalismo de ficción, como digo: El no creer.
Escrito por Natxoman | 11:47h | 8 comentario(s)