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viernes, 27 de octubre de 2006

No somos nada

Rey, Reina y Su Santidad Miguel Delibes
Rey, Reina y Su Santidad Miguel Delibes

Esta suele ser la frase más manida y socorrida que usamos cuando un amigo se va, y no siempre algo se muere en el alma. En los últimos días me he sorprendido balbuceando topicazo de tal calibre para mis propios adentros.

Ver al pobre Michael J. Fox, aquejado por el mal de Parkinson, defender entre convulsiones corporales la investigación con células madre y abogar por la candidatura demócrata en las próximas elecciones norteamericanas me deja con la boca abierta. Aunque yo creo que es un condicionamiento vicario, esa forma de aprendizaje que tiene lugar mediante la observación de una persona que realiza una conducta. Porque no me digas, la carrera cinematográfica del pobre Michael podría resumirse básicamente en haber puesto cara de susto. Cierro los ojos y sólo le recuerdo ojiplático. En Teen Wolf se llevaba las garras a la cabeza porque le crecían colmillos y le sobresalía el vello a raudales por la cazadora de jugador de béisbol. En la trilogía de “Regreso al futuro” era supercomprensible, con los mega jet lags en cadena que tuvo que sufrir de tanto tira y afloja con la máquina del tiempo. Así las cosas, la perra vida le ha castigado con una enfermedad neurodegenerativa que le presenta tembloroso y estremecido.

Claros antecedentes de este “mandacojonismo” son los últimos años de Superman sobre ruedas, o el fallecimiento de John Wayne. La rumorología atribuye la muerte de “el duque” a un cáncer producido por sobrexposición a radiación en los desiertos donde rodó tantos Westerns, exteriores donde el ejercito estadounidense realizaba pruebas nucleares. ¿Pudo el mito de América, ejemplo de buen patriota, morir por la política de defensa del país que le idolatraba?

Pero lo que realmente me ha llegado al corazón ha sido ver a un Miguel Delibes tan desmejorado. Lloré, pues es mi ídolo literario. Claro que también lloré viendo despedirse a Encarna de sus compañeros de Operación Triunfo. Recientemente el rey concedió el premio Vocento a los valores humanos al escritor vallisoletano. Los monarcas acudieron a entregárselo a su propia casa debido a su visiblemente desmejorado estado. Probe Miguel. Me da mazo de pena. Uno de los pocos genios de la literatura castellana que nos quedan vivos se nos muere.

¿Estás tanteando la posibilidad de procesar admiración a algún maestro de las letras y no sabes a quién? Te daré dos consejos prácticos, querida amiga. Por un lado, elige uno que escriba en tu lengua materna, así gozarás de ración extra de placer al leer los localismos y vulgarismos que hacen persona a la voz de un personaje. Por otro lado, elige a un autor hiper-fructífero. Cuando me entra la frustración intelectual tras abandonar a medio leer dos o más libros zurullo, yo siempre acudo a alguna de las incontables novelas de Miguel Delibes, el gran antídoto contra la mediocridad literaria. Sí la calidad y la cantidad van armoniosamente de la mano, ¿Qué más se puede pedir?

Escrito por Natxoman | 17:44h | 16 comentario(s)
miercoles, 25 de octubre de 2006

Natxoboy

Natxoboy con orejas de Mickey y pantaca cachuli
Natxoboy con orejas de Mickey y pantaca cachuli

Yo creo que este instinto paterno que me está aflorando desde hace un tiempo y del que hasta la mismísima Lourdes Madow ha dejado de dudar, comienza a ser omnipresente. La semana pasada dejé caer mis huesos en un autobús Getxo-Bilbao. Cansado, apoyé la cabeza en el cristal; debo de tener los huesos parietales con una ergonomía fuera de lo común, pues en contra del sentir general, me siento comodísimo apoyando el cráneo contra el vidrio. Me resulta un curioso placer de base termo-dinámica. El fresquito de la ventana unido al tracatrá del bus. He aquí donde viene la parte de la ensoñación filial, pues recordé en ese instante que apoyar la cabeza en la ventana es una costumbre que adquirí de chiquitín. Marchando una de abuelito cebolleta.

No estaré abriendo la caja de Pandora precisamente si confirmo que como bien intuyes, de crío era “bastante” tirando a “muy” repelente. En casa de mi abuela Aca, mi afición favorita era pasar horas fregando una enorme pila de mármol. Rasca que te rasca con una escobilla y polvos Vim Clorex. Dándole palique non stop a mi santa abuela. Loro total. Era un especimen bastante peculiar también en el zoo de mi colegio: Frecuentaba la compañía de amiguitas, no jugaba al fútbol y hacía cuadernos de vacaciones Santillana por voluntad propia. Durante poco más de un año, sufrí un tic nervioso en un ojo. El mismo año en el que Madonna publicó “Like a prayer”, para ser exactos.

Esa especialita infancia habrá sido un caldo de cultivo perfecto para tu marcado desprecio social posterior, pensarás. Pues te equivocas. Ya de pequeño despreciaba a la mayoría de la gente. Al menos a todos los de mi autobús. ¡Menuda tropa de garrulos! El resto de niños se me antojaban una panda de mocosos sudados y con las uñas negras. Mientras yo dedicaba el trayecto a la introspección con mi cabecita contra el cristal y mi mochila pulcramente apoyada sobre las piernecitas cruzadas, ellos perdían el tiempo con dos monumentales patochadas.

Por un lado, jugaban a “la ley del autobus”, cuyo mecanismo es de una simplicidad neandertal. Consistía en dar un hostión en la mano que osase apoyarse en cualquier respaldo del hipervigilado autobús. ¿Qué clase de ley era esa? ¿Cuál era el delito y por qué esa condena?. Pero si algo revolucionaba al personal era “el fantasma de la luz” o, lo que es lo mismo, el reflejo de un destello de luz solar reflejado en el techo del bus mediante un reloj o lente de gafa. Arrancaba auténticas muestras de excitación y asombro con sus fugaces apariciones. “¿No ven que es un puto reflejo de mierda?” Pensaba. A mi la imaginación no me daba para tanto. Yo la invertía en fantasear que era Raffaella Carrá o Mayra Gomez Kemp.

¿Y donde queda el rollo paterno-filial en todo este remembering? Pues en llegar a pensar en mi propia infancia en tercera persona en vez de en primera. En verme de niño con ojos de padre. Me gustaría montar en el coche de Michael J Fox y regresar al pasado, encontrarme con mini-Natxoman, darle un fuerte abrazo y decirle: ¡Aupa tú, chavalote!

Escrito por Natxoman | 0:59h | 9 comentario(s)
viernes, 13 de octubre de 2006

Buenas noticias

pequeños placeres del hombre medio
pequeños placeres del hombre medio

Hemos hecho las paces. He dejado de ignorarle o mirarle con desdén de reojo en las incontables ocasiones en las que me topo con a diario. Aunque nuestra relación nunca vaya a recuperar su origen romántico e idealista, siempre disfrutaré de su compañía. Sí, he vuelto a leer el periódico.

Mi madre aborrece su olor, pero a mí me engatusa. Cuando era un adolescente me peleaba arduamente con él para poder descifrar sus secretos. Siglas de organismos cuyas actividades ignoraba, enraizados conflictos cuyo origen no comprendía. Leer el periódico consumía todo el tiempo y energía de las siestas veraniegas.

Con el tiempo perdí la virginidad periodística y me convertí en un cínico. ¿Soy lo peor sí me la suda realmente? Los primeros años de la veintena fueron años de lectura entre líneas en busca de gatos encerrados, manipulaciones editoriales de imperios de la comunicación. Me acomodé al tópico escéptico de saber cuan mal va todo sin que nadie mueva un dedo. Durante unos años, tomé la determinación de no malgastar mi tiempo con esos panfletuchos famélicos de realidad y verdad llamados periódicos.

Hasta que durante 12 largos meses fui a vacunarme contra la soledad y la morriña a Oslo, donde el periódico y yo vivimos nuestros capítulos más emotivos. Sin compañía, en una ciudad cubierta de nieve y hielo y comunicándome en inglés las 24. Lost in translation. Adquirí una preciosa y austeriana costumbre: Cada domingo iba a la concurridísima Estación Central de Ferrocarril a las cuatro de la tarde, hora en la EL PAIS llegaba al Kiosco de la estación. Por unas 800 pesetas compraba el periódico con su suplemento dominical y, tras sentarme en uno de los escasos asientos libres, lo hojeada entre triste e ilusionado. Fue así donde descubrí, por ejemplo, que el Príncipe Felipe se había prometido con la presentadora esa de la tele.

Lo que siempre leía en primer lugar era el artículo de Elvira Lindo. Su humor tan campechano y tangible y su feminidad marujil me tenían engatusado. Ella emplea toda una serie de términos y vulgarismos que yo llevaba meses sin utilizar, y a través de sus artículos sentía más cerca la voz de un montón de dicharacheras amigas que echaba de menos. Así se lo comuniqué a la redacción de EL PAIS en una carta que les envié junto a todos mis datos personales. Cual fue mi sorpresa cuando recibí un email de apoyo y agradecimiento de la propia Elvira Lindo deseándome todo lo mejor en mi aventura noruega. “Yo de mientras seguiré calentándole con el papel de periódico” rezaba su texto.

Así que de vez en cuando reincido. David bien sabe que hay pocos placeres tan gratificantes como ser el primero en leer el periódico con una enorme taza de café. Y David de esto sabe un rato.

Escrito por Natxoman | 20:15h | 13 comentario(s)
martes, 3 de octubre de 2006

Capítulo 1: La Asertividad

Dibu: Andresín
Dibu: Andresín

La asertividad podría definirse como aquella conducta que nos permite expresar oposición y afecto adecuadamente (sin ansiedad) de acuerdo a nuestros intereses, respetando el derecho de los otros. Mandar a tomar por saco a alguien, pararle los pies al típico amigo plasta que quiere movilizar a una peña de 15 personas a otro bar a la voz de YA… La vida está repleta de situaciones trampa que ponen en tela de juicio nuestra capacidad asertiva. La persona no-asertiva tenderá a poner cara de cuerno quemado, a morderse la lengua, a amargarse la fiesta y a poner a caldo al pesado en cuestión a sus espaldas. Mala cosa, pues así nadie sale ganando. La persona no-asertiva prefiere creerse el mito de “tengamos la fiesta en paz”, pero desconoce que en lugar de paz, se trata de una maltrecha tregua.

¿Quieres descubrir cuan asertivo eres? Si alguna vez te han soltado la fatídica frase de “¿Cuál es tu puto problema?”, “¿Qué mosca te ha picado?”o“¿Qué tripa se te ha roto?”, tienes problemas de asertividad. En vez de expresar tu opinión verbalmente, lo estás haciendo con la conducta, con caretos y rezumando energía negativa. Créeme, no molas nada.

Yo he concebido dos sencillas técnicas para hacer frente a tal traba. Por un lado está la terapia “ni lo se, ni me importa”. La posología es bien sencilla. Una vez a la semana has de encontrar en alguna conversación el momento de pronunciar la frase “ni lo se, ni me importa”. Intenta que no te embargue la ansiedad y salgas huyendo. En su lugar, sonríe u ofrécete a pagar una copa. (Técnica “dientes, dientes, que eso es lo que les jode”).

Sí te parece una manera demasiado confrontativa de currarte la asertividad, tranquilo; hay un plan B. La técnica “All-bran”. Una vez a la semana, debes exponerte a expresar una sensación física inexcusable, de la que no eres responsable, con lo que te evitas posibles reproches de tus interlocutores. En medio de una conversación, vas y, ni corto ni perezoso, afirmas: “¡Ay, me estoy cagando!”. Así se desarrolla tu bravía comunicacional y el tronío asertivo. Suerte, que la fuerza te acompañe y al toro. Ahora no puedes dejar que ninguna vieja se te cuele en la cola del super, no me jodas.

Escrito por Natxoman | 12:7h | 9 comentario(s)