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jueves, 14 de octubre de 2010

Balance

Yo es que no me veo
Yo es que no me veo

Siempre he tenido un poco de tirria a las personas que afirman que el yoga les ha cambiado la vida. No puedo evitar ver cierto patrón de conducta coincidente en todas ellas. Una profunda insatisfacción personal derivada de su egocentrismo exacerbado, una búsqueda de refugio en la práctica de una disciplina tan ensimismante. Lo veo como apagar el incendio con gasolina. A nadie le da la venada de alistarse en una ONG, vaya. Pues bueno. Ahora voy yo y me convierto en una de esas personas deplorables. ¡Y es que el yoga me ha cambiado la vida!

No de un modo radical. Mi implicación no es distinta a la del resto de materias de mi vida. Superflua e hipersensible a la frustración. Aun así, estoy encantado. Es todo lo que una mente amiga del estereotipo puede prever que sea. Un remanso de paz, un oasis en el desierto, un reencuentro con uno mismo, un punto y aparte. Me sienta divinamente, vaya. Claro que, alumno recién iniciado con enraizadas neuras como soy, me veo incapaz de no traer a la clase ciertos conflictos propios de la voraz sociedad de consumo occidental. Sí, amigas. Me estoy refiriendo a la moda. Yo es que siempre practico deporte de riguroso negro. Bañador, gorro, chanclas, playeras, calcetines (por supuesto). Todo al negro, homogéneo e indiscutible. La monitora, en cambio, viste de blanco. Un blanco etéreo y armónico que a mí me parece una horterada. A mi modo de ver, el blanco es de choni o de luchador de capoeira buenrollero. No me veo de blanco.

Recientemente me encontraba adoptando la postura sanadora conocida como “La gran torsión”, que cualquiera la consideraría de lo menos sanadora, cuando al girar el cuello unos cuantos grados más de lo que aconseja la Organización Mundial de la Salud, vi que el resto de la clase a mi espalda también vestía de blanco. Se me pusieron los chakras como locos de sólo pensar que les estaba jodiendo la vida. Bien es sabido que la gente es muy dada a asociar propiedades sensoriales a cromatismos varios. Lo mismo estoy cometiendo un sacrilegio, pensé. Lo mismo soy una fuente inagotable de energía negativa. Me sentía como un melanoma maligno por haber elegido un atuendo favorecedor. Además, la ropa de los níveos alumnos es de lo más orgánica. Algodón, hilo, o lino. Este último tejido me aterra. Yo voy con mallas de lycra y camisetas de derivados del petróleo no retornable. ¡Con lo que les molarán las gemas, los elementos de la naturaleza y los materiales nobles!

Puede que no sea más que el delirio de un ególatra. El tema es que me siento como el punto negro en medio de la porcioncita blanca del ying. ¿O es del yang? Whatever...

Escrito por Natxoman | 22:30h | 3 comentario(s)
jueves, 27 de mayo de 2010

La pájara

insert coin para estar contento
insert coin para estar contento

Mi abuela tiene la pájara, que es como en mi familia se conocen a los episodios depresivos. Mucho me temo que corren el riesgo de cronificarse. ¿Cuánto tiempo lleva así? Plagiando un gag de Woody Allen diría: “Veamos. ¿Qué día es hoy? ¿Jueves? Entonces...20 años.” Osea que más que episodios esporádicos, lo suyo es el pack DVD edición especial de las cinco temporadas de la serie. Su hija, mi madre, tiene a bien ayudarla de un curioso modo. Regañándola. Desconozco si su táctica es inútil o estratégicamente visionaria, pero a día de hoy no ha propiciado mejoras significativas.

La gran tragedia de mi abuela es que nació sin un órgano vital; ese intangible músculo que irriga satisfacción a los actos de nuestras vidas. Ella a (sobre)vivido sumergida en una especie de daltonismo emocional, siendo incapaz de percibir tonalidades de autorrealización en los pequeños actos del día a día.

Por ejemplo, una insustancialidad cotidiana que a mí me encanta es contar monedas. Volcar la hucha de la calderilla con estrépito y regocijo. Como buen amigo de los rituales obsesivos, guardo en una bolsa los envoltorios cilíndricos del banco en los que hay que plastificarlas para poder ser ingresadas en cuenta. Al concluir el metódico embalaje, sumo el importe total con una calculadora, 300€, por ejemplo, y me alegro al autoconvencerme de ser 300€ más pudiente; cosa absurda, al ser dinero que ya tenía previamente.

Un paso más allá en este Tio Gilitismo que me canta consiste en ingresar billetes en un cajero automático, pequeño gran placer reservado a los económicamente sumergidos trabajadores carentes de nómina. Me pirra. La cosa del tecleo de claves e importes, los sobres cerrados con los recibos impresos... Me retrotrae al espionaje de la guerra fría. Tiendo a mirar a izquierda y derecha, como si estuviese llevando a cabo una importante operación, delictiva pero excitante.

Otra fuente de placer, más doméstica y menos capitalista, es poner lavadoras. Cuando veo lleno el cubo de la ropa sucia, no puedo evitar soltar un leve gemido de júbilo. ¿No es genial separar las prendas, depositar el jabón, el suavizante y elegir el programa adecuado? Es a lo que debe de referirse mi padre con esa monserga de la dicha de ver el trabajo realizado. Pero que el optimismo no os lleve a engaño. El gozo de hacer la colada trae consigo un sacrificio directamente proporcional. Colgar la colada. ¡O inclusa plancharla! Y es que la vida está minada de este tipo de pequeñas cabronadas, como bien sabe mi abuela.

Escrito por Natxoman | 9:36h | 4 comentario(s)
jueves, 4 de febrero de 2010

Desenlace

El cordón umbilical de mi Ama es mucho más gratificante
El cordón umbilical de mi Ama es mucho más gratificante

Andaba yo recientemente cambiando los cordones de unas playeras nuevas por otros de un color más chutón, cuando tuve uno de esos flashbacks que sufrimos las personas que codificamos experiencias vitales de un modo tan cinematográfico. Recordé dos episodios de mi infancia y adolescencia en los que los cordones jugaron un importante papel psíquico. En ambos casos brillaba la amenaza de una inseguridad a la que, pensé, tirándome el moco metafórico, parecía estar inexorablemente amarrado mediante los cordones. Me explico.

Siempre fuí el ojito derecho de mi madre, que me sobreprotegió con la mejor de sus intenciones, por lo que no podía evitar hacer gala de cierta inutilidad lejos del calor de sus faldas. Ejemplo de ello es lo tarde que aprendí a atarme los zapatos. El indisoluble tándem que hacíamos prefería, equivocadamente, adaptarse al conflicto en vez de superarlo. En consecuencia, siempre usaba calzado con velcro. Una mañana, asistí a clase de gimnasia con unas playeras que había heredado de mi hermano mayor. Deduzco que estarían como nuevas, conociendo la afición que tiene Iván al deporte. No se si haciendo la carretilla o trepando por las espalderas, el nudo de una playera acabó por desatarse. Aunque ya era más que mayorcito para apañármelas, tuve que pedir a una amiga (siempre la edípica figura femenina al rescate) que me lo anudase. Me sentí pequeño, ridículo y estúpido.

De adolescente floreció esta semilla de sentimiento de inferioridad. En plena vorágine del grunge noventero, rodeado de toda la cantera de skaters, Djs y demás peña guay de Getxo, estaba yo, que no sabía cómo “no atarme” los cordones de las playerotas como ellos. Me refiero a ese modo de anudar detrás de la legüeta, pudiendo calzar y descalzarse sin necesidad de deshacer el nudo. Yo era un pijo repipi que se ataba el calzado bien fuerte al tobillo con lazada doble. Ni dejarme el pelo largo, ni vestirme con desgastados pantalones de pana y pellizas de segunda mano, ni demás alardes camaleónicos pudieron sofocar las ascuas de este aire de caballerete del que hoy en día tanto me enorgullezco.

Escrito por Natxoman | 21:4h | 7 comentario(s)
sábado, 23 de enero de 2010

Embarazoso

Jo, Nube, tía, ¿Nos quedamos embarazadas?
Jo, Nube, tía, ¿Nos quedamos embarazadas?

El pasado domingo 17 Tele5 completó la emisión de “El pacto”, serie que presenta los conflictos a los que se enfrentan 7 amiguitas adolescentes que deciden quedarse embarazadas simultáneamente. Esta ficción, dirigida por Fernando Colomo, está inspirada en hechos reales. Hace dos años, 17 estudiantes de secundaria de 16 años pactaron quedarse embarazadas en Massachussets.

Su innegable corte sensacionalista ha seducido al público general. El desenlace fue seguido por más de cuatro millones de espectadores, entre los que se encontraban los sectores más conservadores de la nación, que tras ver el primer capítulo no tardaron en exigir a la cadena privada la retirada del espacio, aduciendo que denigraba la figura y la autoridad de los progenitores, siendo un deleznable ejemplo moral.

Cada uno barre para su casa. Tele5 orquesta una rentable campaña de publicidad. El conservadurismo se reitera en su corte dogmático y en la estrechez de sus miras. En medio del fuego cruzado, el espectador. O yo, que me pongo enfermo. La emisión de esta historia en tiempos en los que tan en boca de todos está la aprobación del anteproyecto de ley del aborto es, sin duda, aventurada. Osadía que se desinfla hasta la estafa con su desenlace. Una vez expuestos los insustanciales motivos por los que se produce este particular baby-boom y, en parte, solucionados los conflictos que lo causaron, las menores siguen adelante con el despropósito, a excepción de una de ellas, cuyo embarazo entrañaba un serio riesgo para su salud. O lo que es lo mismo. Tele5 jugó a levantar ampollas para captar la atención masiva de la audiencia, pero no se atrevió a mostrar a una adolescente interrumpiendo su embarazo, haciendo la cama al bienpensante y casposo conservadurismo políticamente correcto. Amén.

Escrito por Natxoman | 14:36h | 5 comentario(s)
martes, 13 de octubre de 2009

¡Feliz, feliz en tu día!

Otro gallo me hubiera cantado
Otro gallo me hubiera cantado

En la fotografía de velados colores, lo que delata su ochentera procedencia, aparece un pálido muchacho de ojeras y pelo oscuro, con un chaleco de lana roja y una pajarita roja con lunares blancos que su encantadora madre ha confeccionado para él. El niño sonríe frente a su tarta de cumpleaños y exhibe, sin inseguridades de adulto, su única paleta.

Recuerdo con nostalgia, sentimiento tan reconfortante como deprimente, las fiestas que mi servicial madre preparaba. Ni el más descastado de los hijos habría podido evitar caer rendido en los tibios brazos del Edipismo ante los halagadores cuidados de La Txiki. Toda suerte de chucherías sobre la mesa. La más paciente y cálida sonrisa para todos los diminutos e inquietos invitados que invadían su casa. Los últimos años incluso preparábamos durante días versiones domésticas de populares concursos televisivos como “La ruleta de la fortuna”, con paneles de cartulina y una mesa camilla como ruleta. Ganara quien ganara, todos los invitados sin excepción recibían un pequeño obsequio y una vez más proclamaban mi fiesta como la mejor.

Pero todo aquel colorín ocultaba una gris realidad que yo no compartía con nadie. En el colegio tan sólo me relacionaba con niñas. Los chicos eran individuos desconocidos e insultantes por los que me sentía dolorosamente inseguro, amenazado pero atraído. Al acercarse la fecha de mi cumple, debía elaborar una lista de invitados de un máximo de doce personas y por más que lo desease, temía presentarme en casa con doce niñas. No quería disgustar a mi madre. Temía que ello evidenciase mi homosexualidad y la avergonzase. Decidí invitar a tantos niños como niñas, con el subsiguiente problema. Debía descartar amigas no tan íntimas para invitar a chicos a los que no me unía ningún lazo de afecto. Ellos, aunque extrañados, aceptaban la invitación por no perderse tal esperado acontecimiento, aunque nunca sirvió para que tuviera una relación más cercana con ninguno.

A mis 31 años pienso: “¡Qué asco!” Me asquea que un enano de diez años piense en otra cosa que no sea pasárselo en grande el día de su cumple. Me encantaría poder hacer algo para evitar que eso pase, pero se que las silenciosas luchas intra-psíquicas de los niños son castillos mucho más infranqueables de lo que los adultos nos creemos.

Escrito por Natxoman | 12:24h | 6 comentario(s)
domingo, 20 de septiembre de 2009

TV Tips

¡Mira ahora, mira ahora, mira,mira, mira ahora!
¡Mira ahora, mira ahora, mira,mira, mira ahora!

Cinco conceptos básicos para entender la nueva forma de hacer televisión:

Después del boom de la tele-realidad, el medio se ha visto plagado de dos corrientes. Por un lado, El NEOREALISMO CATÓDICO busca un testimonio social mediante la renovación de las formas realistas. Claros ejemplos son "Callejeros" y su tropel de hijos bastardos: "Vidas anónimas","Españoles por el mundo" etc. Por otro lado, estarían los NON-REALITY SHOWS, unos programas híbridos e incoherentes, con la aparente espontaneidad de los realities y la previsión y dirección de las ensayadas obras teatrales. “La gran duda de Tila Tequila“, “Next” o “Room Raiders” tienen este formato, donde los participantes fingen buscar espontáneamente una cita mediante escritas, ensayadas y editadas intervenciones. En España, el patético "De buena ley" se enmarcaría en este subgénero.

La DRAMATIZACION es, por tanto, el principal recurso estilístico. Los reportajes de investigación con cámara oculta también se valen de ella. Muchas veces, sus anónimos protagonistas improvisan sus furtivas declaraciones, haciendo creer al espectador ser testigo privilegiado de un plato precocinado a su antojo. Silencio, se rueda.

La ORQUESTACIÓN está detrás de la gran mayoría de conflictos en los programas del corazón. Colaboradores de distintos programas, aunque asalariados de la misma cadena o productora, simulan tener amargos enfrentamientos que serán cuidadosamente dosificados para su infinito aprovechamiento.El fuego de su rentable animadversión será alimentado mediante orquestadas llamadas al teléfono de aludidos, visitas-featuring a sus respectivos espacios o video-declaraciones con amenazantes dedos índices y teatrales efectos de rayos y truenos.

El CEBO (el primo choni del elegante “en próximos capítulos”) se consagra como la zanahoria que hace galopar y cortar el viento a la jaca televidente. Con más que capciosos y hasta la saciedad repetidos avances, el espectador continua el lastimoso camino entre bloque y bloque, entre programa y programa. Esto es to, esto es to, esto es todo, amigos.

Escrito por Natxoman | 15:3h | 2 comentario(s)
miercoles, 5 de agosto de 2009

Improperio

Varón Dandy meets La Violetera
Varón Dandy meets La Violetera

Hay días en los que a uno no hay quién le tosa. Días en los que todos los astros se alinean en una conjunción astral única, que diría Leire Pajín, para realizar todos tus designios. Días en los que uno está rabiosamente satisfecho y decididamente seguro de sus opiniones. En mi caso, los primeros días de otoño suelen ser estos días. Son momentos de estrenar jerseys de ochos o cuello vuelto, aunque el sol se resista a dejar de calentar tímidamente las horas del mediodía.

El año pasado, me dirigía a mi trabajo una de estas mañanas. Con tiempo de sobra para regodearme en la auto-complacencia, aminoré la marcha. Cruzaba la Gran Via con americana y corbata informal, precedido por el sonido de mis zapatos impolutos contra el pavimento. Recién duchado, aunque algo somnoliento aun, era una enorme sonrisa andante. Un desconocido se interpuso súbitamente en mi camino. Era un mendigo con aspecto de extranjero. Rubio y con unos impactantes ojos azules, acentuados por la mugre que cubría su rostro. “¿Tienes un cigarro?” me preguntó. Como si una barrera lingüística nos separase o tal vez intuyendo que iba a mi puta bola, acompañó su frase del gesto de llevarse un imaginario pitillo a la boca, sostenido entre los dedos índice y corazón. ¡Y menudos dedos! Amarillentos y entumecidos; castigados por el tabaquismo y la falta de aseo. Con una amplia sonrisa (falsa) de dientes recién cepillados y encías recién enjuagadas, contesté: “Que va” y proseguí mi camino tras esquivar su presencia. La miseria de la realidad social es muy jodida de integrar en las delirantes fantasías de plenitud grandilocuente.

No había avanzado 10 metros cuando el mendigo volvió a mi lado. Inclinó la cabeza a modo reverencial e hizo una pregunta que podría herir las sensibilidades más suspicaces. “¿Tú sabes si Lorca era maricón?”. Me quedé de una pieza y no supe más que contestar “Por supuesto”. Era una triple afirmación. Por supuesto que lo sé, por supuesto que lo era y por supuesto que yo también lo soy. Este sibilino insulto, camuflado de pregunta de trivial, a mitad de camino entre el cultismo y el chascarrillo, me entusiasmó. Jamás había sido descalificado de un modo tan ladino, sarcástico y literario.

Lamenté profundamente no ser fumador habitual para premiar su ocurrencia con un paquete de trujas. Ahogando una carcajada, continué mi inquebrantable caminar por aquel día aun más redondo.

Escrito por Natxoman | 11:36h | 11 comentario(s)
viernes, 3 de julio de 2009

Nuts

Lo mismo te dicen
Lo mismo te dicen "te quiero" que "me cago".

Las once de una calurosa mañana veraniega en un vagón de metro. Una mujer de mediana edad toma asiento frente a mí. En un ademán apresurado, echa un vistazo a su imagen reflejada en el cristal de la ventana. Parece estar pasando lista a todos los elementos faciales necesarios para afrontar la jornada, como si temiese haber dejado alguno olvidado en casa: Flequillo, cejas, pendientes, lápiz de labios... Pero me doy cuenta de que evita mirar detenidamente a sus ojos. Huye de su propia mirada; lo más singular, llamativo e incluso alarmante de su persona. Tensa, cansada y vidriosa. Instintivamente, me viene a la mente una sentencia que repito en no pocas ocasiones. “Esta tía se medica”.

Suena mi teléfono móvil y el sonido parece despertarla de alguna hibernación dopaminérgica. Arrancada de su standby farmacológico y arrojada a la realidad, me brinda una mirada de molestia, generosa en desaprobación. Yo, que rara vez me amilano ante los desaires de una desconocida psicótica, mantengo la vista fija en ella, en clara declaración de desafío, mientras hablo por teléfono con mi madre. Al adentrarnos en un túnel, pierdo la señal. Marco la tecla de rellamada, pero ella pierde la paciencia. “No marques”, me dice. Yo no doy crédito. “¿Perdona?”, tengo a bien contestar. “Que no marques” insiste; y apostilla.“La maquina al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la maquina”. Acabáramos. “Una de dos”, pienso. “O su patología viene perlada de los clásicos argumentos filosóficos de tres al cuarto o esta mujer ha tenido una nefasta experiencia con el contrato de permanencia de su operador de telefonía móvil”.

Retomo la conversación telefónica. Ella comienza a respirar profunda y entrecortadamente con los ojos cerrados. Parece estar invocando a un espíritu ancestral que pueda dotarle de los poderes propios de un inhibidor de frecuencias. La sintomatología empieza a pasarse de castaño oscuro. Llegado a mi parada, cuelgo y me dispongo a abandonar el vagón. Al abrirse las puertas, la buena mujer se planta a mi lado y con una amplia sonrisa me pregunta qué salida debe tomar para acceder a cierta calle. Sus ojos derrochan buenas intenciones y amnesia a partes a iguales. Su capacidad de negación de nuestra reciente y manifiesta animadversión me deja flaseado. Tras mi indicación, se muestra muy agradecida. Subiendo las escaleras, noto que alguien tira de la pernera de mi pantalón para llamar mi atención. Bajo la vista y allí permanece ella: “El naranja” dice, señalando mi camiseta. “Es el color de la felicidad”. “Aha”, afirmo con estupor. Pienso en echar a correr, pero no precisamente para desvelar la superchería cromática que me había sido revelada. La gente, que está jamada.

Escrito por Natxoman | 12:48h | 67 comentario(s)
miercoles, 3 de junio de 2009

A mi juicio

¡Claro, claro! Lo que tu digas
¡Claro, claro! Lo que tu digas

Quien diga que los informes escolares sólo sirven para subyugar al alumnado y que son inútiles a la hora de aprender valiosas lecciones, miente. Este repentino clima estival, este olor a fin de curso me ha hecho recordar una anécdota infantil de considerable valor testimonial.

Una calurosa tarde de junio, mi padre me vino a recoger al colegio. Esa misma jornada me habían entregado las notas de la ultima evaluación. Al montar en el coche y tras un par de sudorosos besos, le mostré el informe a mi padre. Era poco frecuente que él viera las notas antes que mi madre. Ella era la que me esperaba invariablemente en casa con la merienda preparada y solía tener la primicia. Al caer la noche, mi padre llegaba a casa del trabajo y juntos escenificábamos el segundo pase del espectáculo titulado “Bien hecho, hijo".

Pero el azar quiso que esta ocasión fuera diferente. Mi padre detuvo el motor del coche y leyó con gesto grave y fingida atención. Yo siempre fui un alumno notable, en el sentido matemático de la palabra. Mis calificaciones raramente variaban del siete u ocho. Al ver que en un par de asignaturas tan sólo había obtenido un bien, carraspeó en señal de desaprobación y dijo: “Estos bienes no me gustan un pelo, Natxo. Eres un chico muy listo y deberías esforzarte más”. Una apreciación de lo más coherente, a primera vista. Pero la fingida solemnidad de su tono, cierta artificiosidad en su pedagogía hicieron que saltaras las alarmas en mi. Me descubrí dudando de su capacidad de decir cuantas asignaturas cursaba, si existían exámenes globales, repescas o si el curso se dividía en semestres, trimestres o cuatrimestres. A pesar de ello, una ancestral conciencia de su masculinidad, o un escurridizo sentimiento de culpa parecía empujarle a hacer ver que estaba al tanto de esta asunto paterno-filial.

Lo más llamativo del asunto no era mi precoz divagación interior, sino la elección de la expresión exterior con la que le respondí: “Tienes razón, aita. No volverá a pasar”. Desconozco si fue este el día en el que hice uso por vez primera del más adulto de los comportamientos, la falsedad; pero he de reconocer que me ha acompañado en innumerables ocasiones. Lo que sí sé a ciencia cierta es que gracias a experiencias como esta, comprendí una valiosísima lección: Nunca busques la aceptación de aquel cuyo criterio no te merezca la más mínima estima. Sonríe y dale la razón.

Escrito por Natxoman | 21:44h | 64 comentario(s)
lunes, 12 de enero de 2009

Relax

descoyúntamelo todo
descoyúntamelo todo

Tras un vuelo transoceánico, no hay nada más reconfortante que me recoja en el aeropuerto mi novio, de brazos abiertos, con una preciosa sonrisa como bienvenida, una pícara promesa en el brillo de los ojos y un plan sorpresa. Su objetivo, pasar las próximas 48 horas juntos en acogedoras suites y circuitos spa con motivo de su cumpleaños.

En primer lugar, nos sometimos plácidamente a toda una suerte de chorros, burbujas, surtidores y cascadas en canica picada. Éramos los únicos en el recinto y el borbor subacuático permitía un más que discreto chapoteo free-style. Después, unas prudentes muchachas nos acompañaron a nuestras respectivas cabinas. Mi servicial masajista tendió un objeto no identificado (plegado y envuelto) sobre mi camilla. “Póngaselo, por favor; yo vuelvo enseguida” dijo, antes de cerrar la puerta silenciosamente. Desenvolví aquello, hecho de celulosa y gomas elásticas. En un principio pensé que era un antifaz, pero su gran tamaño me hizo dudar. Tal vez se trataba de un gorro de ducha. Pero su caprichoso diseño no cubriría las orejas, ni los lados de la cabeza. Enseguida di con su utilidad anatómica real. Era una especie de taparrabos desechable. Tragué saliva. Imaginarme tendido en aquella garita, remojado como un pollo, con semejante descorazonador atuendo, encendió mi piloto luminoso de la vergüenza con insistencia alarmante.

Con las manos hábiles de la masajista sobre mis piernas, intenté sustituir la incomodidad que sentía por cierto remanso de paz en mí. Me concentré en inmaculada nieve cayendo lánguidamente, varas de junco, nenúfares bajo la escarcha. Lo conseguí, me evadí. Pero siempre que la masajista ascendía en su relajante trazo hasta la altura de mis nalgas, volvía en mí. “¿Serán mis glúteos sensibles de ser relajados también?” pensaba. Pero no lo fueron.

Una vez concluido el masaje, salimos ligeros como plumas de aquellos cubículos del relax. Nuestra media sonrisa expresaba todo el placer que aun cosquilleaba por nuestro cuerpo. Pero tal semblante se esfumó en el vestuario, al descubrir que los señores glúteos de Alex bien que fueron sensibles de ser relajados. Me salía humo por las orejas. ¡Menuda injusticia! Todo un torbellino de sentimientos encontrados se arremolinó en mi pulso adormecido. ¿Era mi masajista más remilgada que la fresca de la “manos largas” de su compañera? ¿O acaso la falta de tono muscular y mis cartucheras me convertían en un monstruo despreciable? Alex se reía de aquellas elucubraciones. Viendo cómo se vestía enérgicamente, concluí que yo tampoco dejaría pasar la oportunidad de toquetear sus robustas, kilométricas e irresistibles piernas hasta donde hiciera falta. Resulta tan satisfactorio cuando, con sólo mirarle de reojillo, me convierte en un viejo verde.

Escrito por Natxoman | 23:58h | 62 comentario(s)