mimoloco

buscar
archivo
<< 2008 >>
ENE FEB MAR ABR
MAY JUN JUL AGO
SEP OCT NOV DIC
agosto
Imagen en el calendario
L M X J V S D
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31
mimolocos
Mimoloco: mi vida, y la vuestra
mimolocos: Natxomanía
mimolocos: Davit
mimolocos: Vandalica
mimolocos: Anis
mimolocos: Blami
mimolocos: Kreatizides
Enlace a la versión RSS 2.0 de ésta página
Añadir a My Yahoo!
Desarrollado por oneLoad
Get Firefox!
 Bitacoras.com
 
sábado, 5 de julio de 2008

Fíate tú

Desayuno con farsantes
Desayuno con farsantes

La treintena me ha vuelto una persona sumamente desconfiada y ha aumentado mi necesidad de denunciar y preveniros de algunas personas. Por ejemplo, un admirador de Audrey Hepburn puede resultar un tipo de lo más fiable. Pero si al visitar su vivienda, descubres que decora sus estancias con reproducciones baratas y horteras de su imagen, inventa una rápida excusa y escapa de ahí pitando. Directo al top 10 de la lista negra. Por pura profilaxis. Esa persona guarda ciertas semejanzas con los maltratadores de los telediarios. “La amaba tanto, que le propiné una paliza mortal”, dirían éstos. Pues bien. Alguien que, conmovido por la inmaculada belleza de Audrey, no duda en profanar su memoria al saciar su sed de lirismo comprando cuadrículas multicolores con su rostro en bazares chinos, tarde o temprano, te la juega. Mi psicoanalista me confronta al decir que yo admiro a Madonna y forro mi casa de su merchandising. Intento explicarle que no son casos análogos, pues Madonna es la Gran Sacerdotisa de la Mercadotecnia, el McMenú del Pop. Mi psicoanalista sonríe con inútiles esfuerzos por maquillar su falta de convencimiento. Juraría que no le parece una idea tan descabellada, pero desearía que fuera suya. Por cierto, no os fiéis de todo lo que dice un psicoanalista.

Y de un peluquero menos. El ministerio de educación debería homologar una titulación superior de “Traducción e Interpretación de la interacción peluquero-cliente”. Tras explicarle a un estilista el corte que deseas lucir, éste expresa un convencido “de acuerdo”, pero en realidad quiere decir “no tengo ni idea de cómo lograrlo, pero veamos qué es lo que sale”. Yo acudo a una cadena de peluquería super-baratilla. Adoro pagar menos por las cosas, casi tanto como pagar más. La encargada perpetuamente intenta aumentar la cuenta vendiéndome un champú anti-caída. Yo siempre sonrío, convencido de no comprarlo. Otra de mis grandes aficiones es la de decir NO. No me fío un pelo. Ella intenta condimentar sus supercherías capilares con estudiados eufemismos técnicos; Nutrientes, aportes revitalizantes... Medio pitonisa, medio dermatóloga.

Pero sin duda, la peor calaña en la que uno puede depositar su confianza es aquel ser que denuncia en los demás los defectos y vicios que posee él mismo. Por ejemplo; Yo. No escatiméis en recelo y miradas por el rabilla del ojo conmigo. Si de algo disfruto, a parte de decir no y de pagar menos, es de criticar los devastadores efectos de la globalización. Recientemente una persona muy querida me preguntó: “¿Tú sólo escuchas música cantada en inglés?”. Descubrí con asombro que así era. Nada de localismos, ni aires del mundo. Ni boleros, ni fados, ni tarantelas. Todo a base de phrasal verbs. Soy un fiasco. Esta persona muy querida, que me expone frente a un espejo para plantarme cara a mi mismo, es de la clase de personas que merecen toda mi confianza, y por ende, mi gratitud.

Escrito por Natxoman | 16:56h | 4 comentario(s)
miercoles, 18 de junio de 2008

Empleo demandan

ni mezclado, ni agitado
ni mezclado, ni agitado

Aunque los recientes diluvios parecen anunciar lo contrario, llega el verano y con él, todos sus conocidos efectos colaterales: El aumento de la transpiración social en transportes inter-urbanos o la tendencia a la socialización indiscriminada, por ejemplo. Aumentan las temperaturas; se reducen las faldas y pantalones. El índice de idiotización televisiva, de marcada tendencia inflacionista, parece amenazar con más de un jueves negro. Con los críos en la playa haciendo caso omiso a los fundamentales cuadernillos de vacaciones Santillana, yo me quedo sin curro. Así que un Julio más, me veo ante un incierto futuro estival, teñido del color sepia de las hojas de ofertas de empleo periodísticas.

Suspiro y enciendo el televisor, el gran analgésico global. Emiten “Al pié de la letra”, espacio musical donde los concursantes deben entonar las entradillas y estribillos de temas populares. Entre el presentador con voz de galán caduco, bailarinas minifalderas, coristas derivados de OT y demás estrepitosa mano de obra, llama mi atención una pareja de trompeta y saxofón que durante todo el programa, y cada día, fingen tocar sus instrumentos de un modo desaforado y jovial, con la barba de ciertos días y el nudo de la pajarita deshecho. Como imbuidos por el espíritu de una gala pregrabada de nochevieja, parece que después de haber cerrado todos los afters de la periferia, hubieran acabado en el mismísimo Cotton Club. ¿Podría desempeñar yo tal puesto de trabajo? Tal vez con un esfuerzo titánico pudiera darle esquinazo a mi archi-conocido miedo escénico. No así como a la vergüenza de verme en la pantalla amiga haciendo el canelo de esa guisa.

Algo más tarde emiten mi programa placebo favorito: “Tú sí que vales”, concurso de talentos a grosso modo. Uno de los concursantes era todo un as en lo suyo. Lamentablemente, lo suyo era una de las cosas más horteras que en este mundo existen. El propio aspirante lo denominó eufemísticamente como “coctelería acrobática”. ¡Hacer malabares y filigranas con las botellas, vaya! No puedo con esta disciplina. Hasta la mismísima Grace Kelly parecería una choni coctelera en ristre. Jamás me podría dedicar a ello con la entrega necesaria para mantener mi puesto de trabajo.. Pero hay gente para todo. Incluso hay quien hace chiri-vueltas y triple tirabuzón con la masa de la pizza.

El gran acierto de “Tú sí que vales” consiste en poner de manifiesto que el talento, la gracia y el tronío son más competencia del jurado, compuesto por los Reyes Magos del saber hacer televisivo: Angel LLacer, el Melchor de la expresividad y la resolución. Noemí Galera, el Gaspar de la asertividad y el fino hijoputismo. Y por último, Los Morancos, carismáticos Baltasares de la casta Made in Spain. En eso me veo más. De jurado. Mordisqueando bolígrafos con gesto de desaprobación. Sentando cátedra. Alimentando artificialmente las ilusiones de la juventud del pelotazo para que acabe por recaer todo el peso de mis impunes veredictos sobre ella. No cruzas la pasarela.

Escrito por Natxoman | 13:31h | 7 comentario(s)
lunes, 2 de junio de 2008

Desconcierto

Corre, corre, que te pillo
Corre, corre, que te pillo

El pasado sábado 24 de Mayo asistí a una divertida e impecablemente organizada fiesta celebrada con motivo del irrisorio visionado de Eurovisión. El dress-code imponía amablemente a los invitados acudir a la cita con un atuendo que recordase a alguno de los protagonistas de la dilatada historia festivalera. Repasando el variopinto santoral de representantes españoles, un anecdótico capítulo de mi infancia emergió a la superficie de las oscuras aguas del olvido. El escenario, de tronío y pandereta, era la plaza de toros de Santoña. Sus protagonistas formaban una dicharachera formación musical. La Década Prodigiosa canta “Made in Spain”. Fue el primer concierto al que asistí y creo que tal vez por ello no soy hombre de directos. Soy más de estudio. De imposibles remezclas, featurings y productores estrella con su personal marchamo globalizado. Además, detesto estar de píe. Aguardo la cola del banco apoltronado en un asiento, no te digo más. Y en la cola del super me dan ganas de meterme dentro del carro.

Y ha sido así desde los 11 años. Tomé el asiento indicado en mi entrada. Fui solo. Mis padres aguardaban en el coche a la salida. Me dieron algunas pesetas para comprar una Fanta. Al volver a mi localidad, tropecé y se me derramó. Una madre a mi lado sentada, enternecida ante mi torpe y solitaria independencia, me compró un nuevo refresco. Agradecí el solidario gesto, sorprendido. Dio comienzo el espectáculo. La bienintencionada mujer volvió a dirigirme la palabra. Quería animarme a dejar mi privilegiada visión en la grada y bajar al mogollón del albero, donde la energía y la celebración eran mucho más intensas. “¿En qué está pensando esta señora?” me pregunté. “¿Acaso no ve que sólo soy un niño de 11 años sin compañía adulta? ¿Cómo me ve capaz de analizar las pegadizas coreografías rodeado de sudorosos botarates?”. Arrepentido de haber entablado contacto con ella, le sonreí fríamente mientras negaba con la cabeza, como cuando pasas de echar calderilla en la caja de puros de un acordeonista callejero rumano.

Y es que “La Decada Prodigiosa” merecía toda mi atención. Me chiflaban. No veía que eran poco más que una orquesta de verbena de pueblo fusilando éxitos populares a golpe de middle con arreglos cuatropeseteros. Para mí eran lo más. Dos chicos y dos chicas bailando al más puro estilo animador de resort turístico mediterráneo. Tenía todas sus cintas. La de “Lo mejor de los 60”, la de”Lo mejor de los 70” y la de “Lo mejor de los 80”. Los años 90 estaban a la vuelta de la esquina. Caí en la cuenta angustiosamente. ¿Qué futuro les deparaba? Tras un apuradísimo “Lo mejor de los 80 volumen 2” poco más se supo. En un vano intento de reciclaje musical y tras varios cambios en la plantilla (rollo Destiny´s child) volvieron bajo el agorero nombre de “La DecaDance”. Les salió el jueguecito de palabras por la culata. Fue la estocada final. 0 points.

Escrito por Natxoman | 13:9h | 4 comentario(s)
sábado, 10 de mayo de 2008

Friss Friss

Venga y venga de pulverizar
Venga y venga de pulverizar

Lo que son las cosas. Las dos últimas veces que Madonna ha publicado un álbum, voy yo y me mudo de casa. Recuerdo perfectamente cómo martiricé a mis tres nuevos compañeros (heteros) de piso mientras amueblaba y adecentaba, al ritmo del “Confessios on a dancefloor”, el que ha sido mi dormitorio los últimos 3 años. Una vez más, he sentido la llamada de la reinvención camaleónica. No es que me vaya a injertar un bollo suizo de Zuricalday en cada pómulo como ha hecho ella. No. He decidido emprender mi aventura en solitario. Así que aquí me encuentro, en mi flamante y accesible nuevo pisazo, escribiendo en un salón sin amueblar al ritmo de “Hard candy”, el nuevo disco de Madonna.

Voy en busca de la libertad, y la soledad es una variable dependiente en el éxito de mi proyecto. La soledad conlleva grandes ventajas, además de las asociadas al nudismo doméstico indiscriminado y la intensidad de las onomatopeyas en los encuentros sexuales. Ahora tengo la total libertad de usar una serie de artículos del hogar de la que antes no gozaba. Son lo que yo denomino "productos eyaculadores".

Siempre he querido tener mi propia casa para plantar en el enchufe del salón uno de esos ambientadores eléctricos que perfuman tu hogar con la regularidad deseada. Desconozco si en la balanza de la neurosis, la ilusión capitalista que me inspira este producto va a ganar la batalla por mucho tiempo a la hipocondría de pensar en las alteraciones cardio-respiratorias derivadas de una continua inhalación de sustancias químicas. Otro producto eyaculador que me fascina es el de la pastillita de gel aferrada al retrete que, con cada descarga de la cisterna, tiñe el agua de un color hiper-artificial ¿Permitiré que cumpla su cometido o lo retiraré en un arranque de conciencia ecológica? Voy a pedir a los Reyes Magos un lavaplatos para poder consumir los nuevos y revolucionarios ambientadores eyaculadores de limón que hacen de cada lavado una fiesta cítrica sin parangón.

Mi entusiasmo por los productos eyaculadores se desvanece con los líquidos desatascadores que compras, desprecintas y viertes por el desagüe sin ningún aliciente asociado. Yo soy más de negar lo que acaece en las cloacas y submundos de la sociedad del bienestar. Todos esos afluentes de putrefacción que discurren justo por debajo de la avenida perfectamente pavimentada que separa mi casa del más cercano Carrefour.

Escrito por Natxoman | 13:44h | 6 comentario(s)
viernes, 11 de abril de 2008

Sota, Caballo y Rey

Mi abuela en su kilométrico pasillo
Mi abuela en su kilométrico pasillo

A pesar de que cualquiera que haya compartido mantel conmigo pueda dar buena cuenta de que tengo un apetito voraz, de crío no comía nada. Sí. Era el clásico hijo pequeño pegado a las faldas de ama con serios problemas de adaptación a otros hábitos alimenticios. Esencialmente me alimentaba a base de croquetas, patatas fritas, pechuga de pollo y todo tipo de dulces no derivados de la fruta. Lo que mi abuela denominaba Sota, Caballo y Rey. Ahora entiendo el papel fundamental que mi abuela cumplió en la consolidación de mi personalidad. Cuando iba a pasar algunos días con ella, siempre respetaba mi menú con la firmeza de una entrenadora china de gimnasia rítmica. Jamás puso un pero, ni cuestionó mis gustos. También guardaba con celo una muñeca Barbie con docenas de retales de sus labores para que pudiera jugar a ser el Enfant Terrible de la moda de Mattel. Mi abuela me ofreció un cálido oasis de seguridad donde uno estaba tranquilo y contento de ser quien era.

Mi madre, La Txiki, se moría de la preocupación. Mi hermano Iván había sido un niño bien comido, rubio platino y fastuosamente guapo. A pesar de mi hipercalórica dieta, yo era más rollo “heroin-chic”, . Moreno, pálido y escuálido. La caída de los dientes de leche aumentó el efecto vampírico. Miss Transilvania. Alarmada e impotente, mi madre decidió consultar con una pediatra. Me realizó un completo estudio, incluyendo una prueba que yo consideraba a todas luces innecesaria. Con unos hipoalergénicos guantes de látex, me desnudó e intentó retirarme la piel del prepucio. La patada que recibió la buena mujer en pleno seno derecho le debió de hacer cuestionar su vocación doctoral durante unos cuantos días. Volví a casa ultrajado pero arrepentido por mi violento comportamiento. Frente al espejo del baño, alcé el puño cerrado y tirándome el moco Hollywoodiense, juré: A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a rebelarme si alguien amaga con tocarme el miembro.

Una de las manías alimenticias que persisten sólidamente a día de hoy es la de no masticar nada de carne en forma de polla. Salchichas y embutidos. Me resisto a hincarle el diente a nada fálico. Es como respirar debajo del agua. Tal vez sea porque al más puro estilo de la Electra Freudiana, no pueda evitar pensar en mi propia castración. Rebuscando en mi infancia para dar con el episodio traumático original, recuerdo que una compañera de clase trajo una revista porno. Señalando el miembro rojizo y morcillón de uno de los modelos, sentenció: Es como las salchichas que ponen en el comedor todos los jueves. Desde entonces, nada de salchichas. Y a Dios pongo por testigo nuevamente.

Os lo tengo dicho. La versatilidad y la flexibilidad son la clave de la felicidad. De un tiempo a esta parte vengo poniendo en práctica esta afirmación. Por X circunstancias (sabrosas) de la vida, estoy aprendiendo que nuestras manías son directamente proporcionales a nuestra testarudez. Por ejemplo, a pocos días de cumplir 30 años, he bajado la guardia y he empezado a comer tomate. Buen chico.

Escrito por Natxoman | 10:34h | 8 comentario(s)
lunes, 24 de marzo de 2008

Narciso online

¿Activo, pasivo o versatil?
¿Activo, pasivo o versatil?

Todo en esta vida no se puede. He llegado a la conclusión de que si todavía no he dado la campanada en este mundo en alguna de las áreas artísticas con las que coqueteo, es porque la cabeza no me da más de si. El espacio libre al desarrollo de ambiciones en el disco duro de mi cerebro se ha agotado, y todo por un archivo descomunal en el que almaceno y proceso toda una ingente cantidad de información absurda. Datos inútiles acerca de ceremonias de los Oscar, Festivales de Eurovisión, concursantes de reality-shows y demás bazofia que pudiese engullir a través del embudo televisivo.

Para asegurar el rendimiento de nuestra memoria resulta de lo más útil confiarle todos nuestros secretos y vericuetos a una persona de máxima confianza. Este es el caso de mi inmejorable amiga Mirakle, el pen-drive de mi corazón. Ella fue la que hace unos días me recordó una anécdota que por su contenido picantillo y su tinte agridulce resulta tan 100% Natxoman, que no puedo más que compartirla con vosotros.

Se trata de la clásica historia de amor imposible (revisited). Me hallaba yo enfrascado en el ligoteo online. Coincidí en un chat con un muchacho cuya descripción física parecía encajar bastante con mis gustos. Además parecía un tipo simpático. Nos retiramos a una más confiada conversación en el messenger. Con ánimo de ponerle cara (entre otras cosas) a mi interlocutor, le pedí una foto. Afirmó no tener ningún problema y me envió una. Al abrir el archivo, quedé estupefacto. Su mirada, su nariz, ese rictus de simpatía con cierto toque de soberbia me resultaron más que familiares. Era, a fin de cuentas, YO. Me estremecí en la silla como Nicole Kidman lo hiciera en "Los otros" al descubrir que era un espíritu. ¿Había muerto y a través de un nudo espacio-temporal tipo Matrix estaba ligando conmigo mismo? Valiente caradura, el muchacho.¡Había llegado a su poder una de mis fotos y tras usurpar mi identidad visual estaba puteando en el chat!

Esta anécdota, que guarda ciertas similitudes con la experiencia que tuvo Narciso al ver su propia imagen reflejada en la superficie del agua, conlleva su moraleja: Al loro con Internet. Que se lo digan al pobre Angel , uno de los concursantes más característicos de “Fama ¡A bailar!”, de quien circula un video en el que el apuesto muchacho se hace una manola vía cam. Visto lo visto, espero nunca dar la campanada. Hay demasiado material comprometido mío como para arruinar (¿o encumbrar?) la carrera más prometedora.

Escrito por Natxoman | 13:20h | 6 comentario(s)
lunes, 10 de marzo de 2008

Tocacojones

¿Cual era mi código PIN? ¿Y el PUK?
¿Cual era mi código PIN? ¿Y el PUK?

A mi Gran Hermano Ivan le da mal rollo Kylie Minogue. Opina que está de la chaveta y que sufre una histeria sexual, siempre abogando por parecer sexualmente atractiva. Aunque parezca que con esta afirmación Ivan tan sólo olvida una de las reglas básicas del Pop, léase “el cachondismo”, no le falta razón. De un modo más o menos patológico, todos queremos proyectar cierta imagen de nosotros mismos mediante la que producir un sentimiento en los demás. Algunos desean ser admirados por su cultura; otros disfrutan siendo temidos por su inteligencia. La mayoría arde en deseos de resultar sexualmente irresistible. Pero hay un grupúsculo de freaks cuyo modus operandi se escurre por el colador de mi comprensión. Son aquellos que sufren de “trastorno tocacojones”.

Los tocacojones son aquellos seres que disfrutan molestando. Por lo tanto, sus síntomas se presentan en presencia de nutridos grupos de gente. Para ellos, las cenas de Navidad o de empresa son el buffet libre de la murga. Son aquellas personas que, aparentemente heridas de un sentimiento de vacío cuando en una reunión social impera cierta armonía, optan por ponerse manos a la obra y rellenarlo de mal rollo a tutiplén. Los chafarderos comentarios sexistas o políticos suelen ser sus buques insignia. No nos confundamos. No son polémicos contertulios. Se la pela el diálogo. Sólo quieren ver la tensión en tu rostro. A mayor turbación, más potente es su erección.

Al calor del licor y las luces de neón, algunas personas optan por abandonarse al baile; otras, por magrearse en servicios con desconocidos. Ellos construyen, mientras que el tocacojones destruye. Hacen de la noche su reino del terror. Su comunicación no verbal es inconfundible. Invaden tu espacio físico. Te comen la oreja. Te echan su pestilente aliento. Te zarandean y obligan a bailar a su descompasado y nada favorecedor ritmo. Con un único objetivo; agotar tu paciencia y obligarte a imponerte. En vano. Mordiste el anzuelo. Entonces, abren la veda de la descalificación. ¿De qué vas? ¡Qué borde! ¡Vas de guay! Cierta parte creativa hemos de reconocer en ellos. Cuando no les creías capaces de ser más plastas, se reinventan a sí mismos y te dan la brasa por partida doble. El no creer.

¿Qué triquiñuela psicológica subyace en su ofensivo comportamiento? Yo creo que son personas con una incalculable capacidad de sentir desprecio por los demás y por sí mismos. Deben considerarse personas realmente odiosas y remueven Roma con Santiago para que estemos totalmente de acuerdo con ellos. Si es así, me gustaría ahorrarles un montón de hostias en callejones o copas arrojadas sobre su cabeza. Podéis descansar tranquilos. Tenéis toda la razón. No os aguanto.

Escrito por Natxoman | 12:25h | 7 comentario(s)
domingo, 24 de febrero de 2008

LLora que llora

LLorar no está al alcance de todos
LLorar no está al alcance de todos

Menuda rabia da cuando tu cuerpo aborta la misión en mitad de un estornudo. La misma rabia tenía yo hace un par de semanas. Andaba de bajón. Me conozco perfectamente. Necesitaba ponerme a llorar; cerrar el ciclo del dolor. Aunque de desequilibrados esté el mundo lleno, el ser humano posee un mecanismo autorregulador mediante el cual el organismo mantiene cierta homeostasis o equilibrio. Igual que el kettle donde hiervo el agua para mis infusiones, que se desconecta al alcanzar cierto número de grados. Si no se saltasen los plomos de nuestros hogares, el exceso de energía podría resultar letal. Después de la tormenta emocional llega la calma. Es decir, si no rompía a llorar, no iba a conseguir levantar el vuelo e iba a arrastrar esa melancolía toda la jornada. Ni hablar del peluquín, me dije.

Misión: llorar. Mi primera baza no fue pensar en ningún niño del tercer mundo rebuscando en un inmenso vertedero. Pensé en los discursos de aceptación de las ganadoras del Oscar. Puedo estar impertérrito fingiendo escuchar las calamidades de algún amigo, evacuando por el oído derecho las palabras que se van colando por el oído izquierdo. Pero con los discursos de agradecimiento soy todo empatía. Siento la misma ilusión que ellas sienten. Al oír su nombre escrito en el sobre. Al subir la escalinata con el vestidazo. Al dedicárselo a sus padres allí presentes. Yo pienso en el orgullo de mi madre, la Txiki, al verme ganar un Oscar y se me saltan las lágrimas. Generalmente. Esta vez no dio resultado.

Me pasé al lado oscuro. Al parricidio. ¿Y si muriese mi madre? Edipismos aparte, mi madre es la mujer más fantástica del mundo. Su ausencia sería dolorosamente insoportable. Dolor. Dolor. Nada. Ni una gota brotaba de mí. Recurrí a algo más catastrófico. Algo que cambiase drásticamente el curso de los acontecimientos e hiciese mella en gran número de victimas inocentes. Pensé en mi muerte. Caput Natxoman. Imaginé mi funeral. La devastación en vuestros rostros. El lamento colectivo al escuchar a un coro de Gospel cantar “Like a prayer” de Madonna en la catedral; retransmitido en pantalla gigante para los desafortunados que no consiguieron un asiento, apelotonados a las puertas del santuario. Ni por esas.

Mi ánimo estaba echando un pulso a mi férrea voluntad por llorar. ¿Con que esas tenemos, eh? Me puse un chándal y me calcé, seguro de asestar el golpe letal, directo a la boca del estómago. Me fui a Burger King. Sólo. A las cinco y media de la tarde. No hay nada más auto-punitivo que un almuerzo anómalo a una hora irregular, mal vestido y sin compañía. Me saqué unas fotos con el temporizador para ser más consciente de la patética estampa. Fue en vano. Tiré la toalla. De camino a casa me entró un ataque de risa recapitulando las soplapolleces que pensé e hice. Fue un día fantástico.

Escrito por Natxoman | 19:40h | 8 comentario(s)
miercoles, 20 de febrero de 2008

Prendas delicadas

Lo que me faltaba
Lo que me faltaba

Aunque soy un hombre de lo más obsesivo, que lleva a cabo toda clase de rituales con nada flexibles liturgias personales, nunca he dado gran importancia a las supercherías populares. Los gatos negros me producen la misma indiferencia que los blancos. Jamás pisaría un escenario vestido de amarillo, ni de ningún otro color, por la simple razón de que sufro de un agudo miedo escénico. Ni doces más unos, ni saleros derramados. Eso sí; tengo la más firme convicción, apoyada en mi absurda experiencia empírica, de que hay ciertas prendas asociadas al buen o mal sino.

La maldición del calcetín mojado es todo un clásico. No hace referencia al fenónemo poltergeist que Andy Warhol definió en su magistral libro “mi filosofía de la A a la B y de la B a la A”, según el cual impepinablemente en cada colada pierdes un calcetín que queda desparejado. Me refiero a todas aquellas (malditas) veces en las que arropado y estúpidamente confiado por el calor de tu hogar, entras en la cocina o en el baño con tus piececitos cubiertos únicamente por tus más domésticos calcetines. Entonces, irremediablemente, pisas la única junta de baldosas que aún no se ha secado. Tu calcetín absorbe todo el agua con la avidez de un nómada tuareg, catapultándote al exilio de la comodidad casera. ¡Maldición! Esa es la palabra que te exorciza de la mini-putada diaria.

Yo no gano para disgustos, ni para bañadores. Mucho menos para los disgustos que me chupo cada vez que me olvido el speedo en las duchas de la piscina. Recientemente subastaron un bañador que Nicole Kidman se olvidó en Suecia en 2002 durante el rodaje de Dogville por unos 1.700 euros para la compra de nueve vacas indias. No se si con tan sacros propósitos, pero debe de haber media docena de fetichistas frotándose las manos y aguardando a que me convierta en una celebrity para vender mis negros farda-huevos. Yo es que me quito la ropa y pierdo la noción del tiempo y el espacio. Es la única explicación que encuentro a mi despiste polideportivo.

La otra agridulce cara de la moneda la forman mis leotardos de la suerte. Hasta en 3 ocasiones he salido en especialmente frías noches de invierno dispuesto a darlo todo y no precisamente a cambio de nada. Es matemático. Siempre pillo. En la borágine del calentón no resulta tan patético despojar a un hombre atractivo de unos leotardos de colegiala carmelita. Verle calzándoselos tras acabar la faena es otra cosa. Dicen que una sólida autoestima no abdica ante el qué dirán y vive con la esperanza de ser querida tal como es. Si les gusto, no me juzgarán por verme en páteticos leotardos, pensé. Ninguno de ellos me pidió matrimonio. Mala suerte.

Escrito por Natxoman | 23:35h | 2 comentario(s)
jueves, 14 de febrero de 2008

Red road movie

Retrato robot de Andoni
Retrato robot de Andoni

Lejos quedan los bucólicos paseos en bici al ritmo de melodías silbadas por chavales en jornadas calurosas de verano azul. Lejos quedan los placenteros gemidos de Millán de Martes y trece disfrazado de monja al mando de una bici sin sillín. Nadie se acuerda de las hazañas de Perico Delgado, las 5 victorias en el Tour de Francia de Indurain o el cáncer de testículo de Amstrong. Ni siquiera el buen ejemplo de los bici-polis ha cundido en nuestra sociedad. Somos la nueva tribu urbana a estigmatizar. Por nuestra bicicleta nos reconoceréis.

La sociedad avanza en ciertas materias pero se estanca o retrocede en otras. Personajes como Boris Izaguirre o Jesús Vazquez han influido en la visibilidad del homosexual patrio. Deduzco que por ello últimamente me increpan más en la calle por andar en bici que por ser maricón. Parafraseando a Alaska: La gente me señala, me apunta con el dedo, susurra a mis espaldas y a mí me importa un bledo. La animadversión que existe en Bilbao hacia el ciclista es alucinante. Los inmigrantes no son los únicos que debieran suscribir un contrato de respeto por las normas y costumbres. Todos, los de aquí y los de allá, caminan despreocupadamente por el bidegorri. No parecen ser sensibles a las luces de mi dinamo. Cierto es que alguno pide disculpas, pero la mayoría hace gala de toda la escala de mecanismos de defensa dirigidos a la no-aceptación de su irresponsabilidad directa. Me han gritado que vaya más despacio, que avise con el timbre, que mire por donde voy. Una anciana llegó a decirme que ella prefería andar por el bidegorri porque le resultaba más blandito. Me han amenazo y han injuriado a mis parientes más cercanos. Hacemos ejercicio y nos desplazamos resueltamente sin contaminar. Por todo ello, nos detestan.

Visto lo visto, ahora atajo a capricho por aceras o en dirección contraria. Lo hago por amor a Bilbao. Una ciudad no es realmente una metrópolis cosmopolita hasta que sus habitantes no se rigen por el más fiero de los individualismos. Si me increpan, me cabreo y tengo comprobado que cabrearme me aporta un plus de masculinidad que resulta de lo más atractivo. Como el tigre al oír el crujir de los cereales, despierta al Andoni que hay en mí. Andoni es el alter-ego heterosexual vasco que llevamos dentro todo gay o mujer heterosexual. El Mr Hyde de Natxoman. Suele apoderarse de mí también al volante, cuando algún pulpo borracho intenta sobrepasarse con alguna de mis niñas o cuando una vieja intenta colarse en la caja del super. Se me hincha la vena y soy capaz de crear polinomios de insultos tipo: “¡Cojones, mecagüen la hostia puta ya!”.

Escrito por Natxoman | 16:42h | 4 comentario(s)